Cadena perpetua para el alemán que mató a un empleado de gasolinera por pedirle que usara mascarilla

El asesino se había radicalizado contra las restricciones de la pandemia y actuó con “motivación política”, según el tribunal

El condenado por el crimen de la gasolinera, este martes en la audiencia provincial de Bad Kreuznach (Alemania) antes de la lectura del veredicto.
El condenado por el crimen de la gasolinera, este martes en la audiencia provincial de Bad Kreuznach (Alemania) antes de la lectura del veredicto.THOMAS FREY (AFP)

El asesino de la gasolinera, como ha dado en llamarle la prensa alemana, ha sido condenado este martes a cadena perpetua. El hombre, identificado como Mario N., disparó y mató en septiembre de 2021 al empleado de una gasolinera que le exigió que usara mascarilla para permanecer en la tienda. El crimen, ocurrido unos días antes de las elecciones generales, conmocionó a Alemania y desencadenó un intenso debate sobre la radicalización de los negacionistas de la pandemia.

Un tribunal de Bad Kreuznach, en el Estado occidental de Renania Palatinado, ha condenado al autor, de 50 años, por asesinato y por tenencia ilegal de armas. Los jueces aseguran que actuó por “motivación política” y por su odio al sistema establecido: “El acusado estaba convencido de que tenía derecho a la resistencia y al asesinato”.

La reconstrucción de los hechos que hizo la Policía revisando las cámaras de seguridad de la gasolinera, junto con la confesión del acusado, no dejó lugar a dudas sobre la autoría. El crimen se produjo un sábado por la noche en el municipio de Idar-Oberstein. Mario N. llegó a la caja para pagar dos cajas de cerveza poco antes de las ocho de la tarde. No tenía mascarilla y se enzarzó en una discusión con el empleado, un estudiante de 20 años, Alexander W. que se negó a atenderle. Se marchó, pero la cámara del aparcamiento captó cómo levantaba el puño de forma amenazante.

Hora y media después, el hombre se presentó de nuevo frente a la caja, otra vez con la cerveza en la mano, aunque previamente había comprado varias latas en otro establecimiento. Esta vez llevaba mascarilla, pero se la había bajado, según relató la Policía de Trier en un comunicado. Tras otro breve intercambio de palabras, Mario N. sacó una pistola del bolsillo y disparó en la cabeza al estudiante, que murió en el acto. El arma era un regalo de su padre; él carecía de licencia.

El agresor huyó a pie con aparente tranquilidad. A la mañana siguiente fue a entregarse a una comisaría y quedó detenido. Dio acceso a su teléfono móvil y a su portátil, en los que la Policía encontró chats en los que quedaba clara su radicalización. En los primeros interrogatorios, el hombre reconoció que había actuado “por ira” tras la negativa del dependiente a venderle cerveza por no llevar mascarilla y que rechazaba las medidas de protección contra el coronavirus.

El caso es similar al de Walter Lübcke, el político de la CDU asesinado de un tiro en la cabeza en 2019 en su casa de Hesse, en el oeste del país. El asesino, que también fue condenado a cadena perpetua, es un neonazi que le eligió como víctima porque defendía la política migratoria de la entonces canciller y compañera de partido Angela Merkel. El crimen, el primero de un representante electo desde 1945, despertó el fantasma del terrorismo de extrema derecha en Alemania.

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El asesino de la mascarilla, como también le han llamado los medios, se había radicalizado a lo largo de los años hasta desarrollar un odio feroz “al gobierno y al sistema” y veía al empleado de la gasolinera no como una persona sino “como un representante simbólico del sistema”, ha destacado el juez que ha leído la sentencia.

Durante el juicio, el defensor de Mario N. trató de presentarle como una persona que actuó bajo los efectos del alcohol y que no era del todo consciente de sus actos. El tribunal ha desestimado esa línea de defensa al asegurar que la embriaguez no jugó ningún papel en el crimen, puesto que no presentaba ningún “déficit neurológico o motor” y era plenamente consciente de las consecuencias.

Las conversaciones privadas que encontraron los investigadores contribuyeron a determinar que sabía perfectamente lo que hacía. En un chat con su cuñado había escrito que estaba dispuesto a actuar “para dar ejemplo”. Meses antes del crimen le dijo: “Este año acabaré en la cárcel por homicidio o asesinato”. Tras el crimen, llegó a enviarle un vídeo en el que confiesa: “He disparado al gilipollas, lo he hecho”.

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Sobre la firma

Elena G. Sevillano

Es corresponsal de EL PAÍS en Alemania. Antes se ocupó de la información judicial y económica y formó parte del equipo de Investigación. Como especialista en sanidad, siguió la crisis del coronavirus y coescribió el libro Estado de Alarma (Península, 2020). Es licenciada en Traducción y en Periodismo por la UPF y máster de Periodismo UAM/El País.

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