Hartazgo, estragos económicos y accidentes mortales: claves para entender las protestas en China

La decisión de Xi Jinping de continuar con la política de covid cero pesa cada vez más entre amplios sectores de la población, que ven cómo otros países han optado por convivir con el virus

Una persona sujeta una vela durante la protesta del domingo en Pekín. Foto: THOMAS PETER (REUTERS) | Vídeo: EPV

La batalla contra el coronavirus ha sido desde principios de 2020 la máxima prioridad del presidente chino, Xi Jinping. El gigante asiático es la única de las grandes economías del planeta que continúa aferrada a la política de covid cero, una estrategia que ha salvado millones de vidas y ha permitido que la nación más poblada del mundo haya registrado una cifra ínfima de contagios en comparación con otros países. No obstante, los estragos económicos cada vez pesan más entre la gente de a pie, y la paciencia tras dos años y medio de restricciones se ha agotado entre amplios sectores de la población, que han salido este fin de semana a demandar cambios políticos en las principales urbes. Tantos focos de manifestaciones en diferentes rincones del territorio chino es algo extremadamente inusual, que inevitablemente trae ecos de las movilizaciones estudiantiles de 1989, que desembocaron en la masacre de Tiananmen.

Muchos esperaban que tras la celebración en octubre del XX Congreso del Partido Comunista chino las autoridades relajarían las estrictas medidas sanitarias. Sin embargo, en su discurso de apertura de esa gran cita política quinquenal, Xi enfatizó la necesidad de continuar la lucha contra la covid-19 como hasta ahora: “Nos hemos adherido a la supremacía del pueblo y de la vida. Nos hemos adherido a la estrategia de covid cero y hemos logrado importantes resultados positivos en la prevención y el control general de la epidemia, así como en el desarrollo económico y social”. La baja tasa de vacunación de los ancianos (unos 267 millones de personas mayores de 60 años no han recibido la dosis de refuerzo) y las debilidades de su sistema de salud son las dos principales razones que China señala para apostar por los cierres y las pruebas PCR masivas a cada atisbo de rebrote.

Para más inri, el nombramiento de Li Qiang como número dos del partido, y probablemente próximo primer ministro, aumentó las dudas sobre la apertura. Li fue el artífice del draconiano confinamiento de Shanghái, que durante más de dos meses encerró a 25 millones de habitantes del corazón financiero del país, provocando un enorme descontento.

Además del hartazgo generalizado, una concatenación de sucesos ocurridos en los últimos 70 días —y con gran repercusión en redes— son clave para entender el estallido de las protestas de este fin de semana. El 18 de septiembre, 27 personas murieron al volcar un autobús que las trasladaba a un centro de cuarentena en Guizhou. Celvin Wong (nombre ficticio), publicista treintañero de Shanghái, establecía poco después para este periódico un paralelismo entre el vehículo siniestrado y su país: “Todos viajamos en ese autobús. Todos sabemos que el conductor se dirige al lugar equivocado, pero no podemos controlar el volante. No puedes bajar. Todos viajamos en un autobús llamado China”.

El 13 de octubre, dos días antes del inicio del Congreso del Partido, la policía detuvo en Pekín a un hombre que había colocado dos pancartas en un puente, en cuyos mensajes cargaba contra Xi y reivindicaba: “No queremos pruebas PCR, queremos comer; no queremos encierros, queremos ser libres”. Precisamente esta frase es una de las más repetidas en la congregación que tuvo lugar el domingo en el río Liangma, en la capital. El manifestante se encuentra en paradero desconocido desde entonces.

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A finales de octubre, cientos de trabajadores huyeron en masa de la fábrica de Foxconn en Zhengzhou por su descontento con la estricta cuarentena y las condiciones de vida durante un brote que se detectó dentro las instalaciones. En las peores embestidas del coronavirus, las fábricas chinas establecen un sistema de “circuito cerrado”, bajo el cual los empleados no pueden salir de la planta para evitar contagios. Esta semana estallaron en esa misma fábrica unas protestas salariales, que se fundieron con las de quienes criticaban que se estaba mezclando a los nuevos trabajadores contratados con algunos infectados con covid. Días antes, empleados migrantes de Guangzhou derribaban las vallas que los mantenían confinados en sus bloques y tumbaban puestos donde se realizan PCR, en una revuelta que duró apenas 20 minutos, pero que destapó la precaria situación que miles de personas están afrontando para ganarse el pan.

A este caldeado ambiente se suma la muerte de 10 personas el pasado día 24 en un incendio en Urumqi, capital de Xinjiang, una tragedia que, según una parte de la población, podría haberse evitado de no aplicar medidas sanitarias que mantenían el edificio semiconfinado. Un día más tarde, un funcionario público de la región cuestionó la “falta de conocimiento o habilidades de los residentes para ponerse a salvo”, comentarios que hicieron estallar las redes. Las imágenes de las manifestaciones del 25 por la noche en Urumqi parecen haber sido la chispa que muchos necesitaban para decidirse a salir a las calles.

La población, además, es consciente de que en otros países se ha optado por convivir con el virus, a pesar de que continúen los contagios. Que en noviembre el presidente Xi se reuniese con otros líderes en el extranjero (y sin mascarilla) en las cumbres del G-20 y el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico ha generado debate, así como lo está haciendo el Mundial de Qatar, donde se ha evidenciado que el resto del mundo ha vuelto prácticamente a la normalidad prepandémica.

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