Discurso íntegro de Joe Biden en su toma de posesión como presidente de Estados Unidos

El demócrata ha llamado a los ciudadanos a la “unidad” y a “empezar de nuevo”

Joe Biden, durante su toma de posesión, este miércoles en el Capitolio. En vídeo, su discurso completo.FOTO: PATRICK SEMANSKY / AFP | VÍDEO: EPV

Joe Biden (Scranton, Pensilvania, 78 años) se ha convertido este miércoles en el 46º presidente de Estados Unidos al jurar el cargo cerca del mediodía con la mano sobre la misma Biblia con la que se juramentó como senador hace medio siglo, en una ceremonia deslucida por la pandemia y las fuertes medidas de seguridad.

En su discurso, de 25 minutos, el demócrata ha llamado a los ciudadanos a la “unidad” y a “empezar de nuevo”. “Tenemos mucho que hacer en este invierno de peligro y de posibilidades. Mucho que reparar, mucho que restaurar, mucho que curar y construir. Y mucho que ganar”, ha dicho.

A continuación reproducimos su discurso íntegro:

“Señor Roberts, presidente del Tribunal Supremo, señora Harris, vicepresidenta, señora Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes, señor Schumer, jefe de la mayoría del Senado, señor McConnell, jefe de la minoría republicana, señor Pence, vicepresidente, distinguidos invitados, y compatriotas estadounidenses:

Hoy es el día de Estados Unidos. Hoy es el día de la democracia. Un día de historia y esperanza, de renacimiento y resolución. A través de tribulaciones que quedarán en los anales, Estados Unidos ha sido puesto a prueba una vez más, y Estados Unidos ha estado a la altura del desafío. Hoy celebramos la victoria no de un candidato, sino de una causa: la causa de la democracia. La voluntad del pueblo ha sido escuchada y la voluntad del pueblo ha sido acatada. Una vez más hemos aprendido que la democracia es preciosa, que la democracia es frágil. Y en esta hora, amigos míos, la democracia ha prevalecido. Por eso, ahora, en este suelo sagrado en el que hace apenas unos días la violencia intentó sacudir los cimientos mismos del Capitolio, comparecemos unidos ante Dios como una sola nación, indivisibles, para llevar a cabo el traspaso pacífico de poder tal como hemos hecho a lo largo de más de dos siglos.

Mientras dirigimos la vista hacia delante de esa manera estadounidense tan nuestra, incansable, audaz, optimista, y ponemos la mirada en la nación que sabemos que podemos y debemos ser, doy las gracias a mis predecesores de ambos partidos. Les doy las gracias de todo corazón. Y reconozco la capacidad de resistencia de nuestra Constitución y la fortaleza de nuestro país, al igual que el presidente Carter, con quien hablé ayer noche, que no puede estar hoy aquí con nosotros, pero al que rendimos homenaje por una vida de servicio.

Acabo de prestar el juramento sagrado que todos estos patriotas prestaron, un juramento pronunciado por primera vez por George Washington. Pero la historia de Estados Unidos no depende de uno de nosotros ni de algunos de nosotros, sino de todos nosotros. De nosotros, el pueblo que persigue una unión más perfecta. Esta es una gran nación, somos buenas personas. Y a través de los siglos, contra viento y marea, en la paz y en la guerra, hemos llegado hasta aquí. Sin embargo, todavía nos queda mucho camino que recorrer.

Seguiremos adelante con celeridad y urgencia porque tenemos mucho que hacer en este invierno de peligros y posibilidades. Mucho que reparar, mucho que restaurar, mucho que sanar, mucho que construir y mucho que ganar. Pocos periodos en la historia de nuestro país han sido tan desafiantes o difíciles como este en el que nos encontramos ahora. Un virus de los que solo aparecen de siglo en siglo acecha sigiloso al país, y en un año se ha cobrado tantas vidas como las que se perdieron en toda la Segunda Guerra Mundial.

Se han perdido millones de empleos; cientos de miles de empresas han cerrado; un grito por la justicia racial que lleva gestándose casi 400 años nos conmueve. El sueño de la justicia para todos no se seguirá aplazando. Un grito de supervivencia nos llega del propio planeta, un grito que ya no puede ser más desesperado ni más claro. Y ahora, un aumento del extremismo político, la supremacía blanca, el terrorismo interno al que debemos enfrentarnos y al que derrotaremos.

Superar estos desafíos, restaurar el alma y asegurar el futuro de Estados Unidos exige mucho más que palabras. Exige lo más esquivo de todo en una democracia: unidad. Unidad. En otro mes de enero en Washington, el día de Año Nuevo de 1863, Abraham Lincoln firmó la Declaración de Emancipación. Al apoyar la pluma en el documento, el presidente proclamó: “Si alguna vez mi nombre ha de pasar a la historia, será por este acto, y en él está toda mi alma”.

Hoy, en este día de enero, toda mi alma está en ello. Toda mi alma está en unir a Estados Unidos, a nuestro pueblo, a nuestra nación. Y pido a todos y cada uno de los estadounidenses que se sumen a mí en esta causa. Que nos unamos para luchar contra los enemigos que nos esperan: la ira, el resentimiento, el odio, el extremismo, el desorden, la violencia, la enfermedad, el desempleo y la desesperanza.

Con unidad podemos hacer grandes cosas, cosas importantes. Podemos enmendar los errores, podemos dar buenos empleos a la gente, enseñar a nuestros hijos en colegios seguros. Podemos superar este virus mortal, recompensar el trabajo, reconstruir la clase media, asegurar la asistencia sanitaria para todos, garantizar la justicia racial y convertir de nuevo a Estados Unidos en la principal fuerza del bien en el mundo.

Sé que hablar de unidad puede sonar un poco ridículo hoy en día. Sé que las fuerzas que nos dividen son profundas y reales. Pero también sé que no son nuevas. Nuestra historia ha sido una lucha constante entre el ideal estadounidense de que todos hemos sido creados iguales, y la fea y dura realidad de que el racismo, el nativismo, el miedo y la demonización llevan mucho tiempo separándonos. La batalla es perenne y la victoria nunca está asegurada.

Durante la Guerra Civil, la Gran Depresión, la Guerra Mundial, el 11-S, en momentos de lucha, sacrificio y contratiempos, siempre han prevalecido los mejores de nosotros. En cada uno de estos momentos, suficientes de nosotros nos unimos para sacar a todos adelante. Y ahora podemos hacerlo. La historia, la fe y la razón nos enseñan el camino. El camino de la unidad.

Podemos vernos unos a otros no como adversarios, sino como vecinos. Podemos tratarnos unos a otros con dignidad y respeto. Podemos unir fuerzas, dejar de gritar y bajar la temperatura. Porque sin unidad no hay paz, solo amargura y furia; no hay progreso, solo ira agotadora. No hay nación, solo una situación de caos. Este es nuestro momento histórico de crisis y desafío. Y la unidad es el camino para avanzar. Y debemos enfrentarnos a este momento como los Estados Unidos de América.

Si lo hacemos, os garantizo que no fallaremos. Nunca, nunca, nunca hemos fracasado en Estados Unidos cuando hemos actuado juntos. Y por eso hoy, en este momento y lugar, empecemos de nuevo, todos nosotros. Empecemos a escucharnos unos a otros, a oírnos unos a otros, a vernos unos a otros, a respetarnos unos a otros. La política no tiene por qué ser un incendio voraz que destruye todo lo que encuentra en su camino. Cualquier disensión no tiene por qué ser causa de guerra total. Y debemos rechazar una cultura en la que se manipulan e incluso se fabrican los propios hechos.

Compatriotas estadounidenses, tenemos que ser diferentes. Estados Unidos tiene que ser mejor y yo creo que Estados Unidos es mejor. Mirad a vuestro alrededor. Estamos aquí, a la sombra de la cúpula del Capitolio que se completó en plena Guerra Civil, cuando la propia Unión pendía de un hilo. Lo superamos, resistimos.

Y aquí estamos, contemplando la gran Explanada, donde el doctor King habló de su sueño. Aquí estamos, donde hace 108 años, en otra sesión de investidura, miles de manifestantes intentaron bloquear a mujeres valientes que se manifestaban para reivindicar su derecho al voto. Y hoy celebramos el juramento de la primera mujer en la historia de Estados Unidos elegida para un cargo público nacional, la vicepresidenta Kamala Harris. No me digan que las cosas no pueden cambiar.

Y aquí estamos, separados por el río Potomac del Cementerio Nacional de Arlington, donde los héroes que llevaron la devoción hasta sus últimas consecuencias descansan en la paz eterna.

Y aquí estamos, solo unos días después de que una turba descontrolada pensara que podía usar la violencia para silenciar la voluntad del pueblo, para frenar el funcionamiento de nuestra democracia, y para echarnos de este lugar sagrado. Eso no sucedió, y nunca sucederá. Ni hoy, ni mañana, ni nunca.

A todos aquellos que apoyasteis nuestra campaña, me siento abrumado por la fe que depositasteis en nosotros. A los que no nos apoyasteis, permitidme que os diga esto. Escuchad lo que tengo que decir a medida que avanzamos. Conoced mi persona y mi corazón.

Si seguís sin estar de acuerdo, que así sea. Eso es la democracia. Eso es Estados Unidos. El derecho a disentir pacíficamente dentro de las barreras protectoras de nuestra democracia es quizá la mayor fortaleza de nuestra nación. Pero escuchadme con claridad: el desacuerdo no debe conducir a la desunión. Y os prometo esto: seré presidente de todos los estadounidenses. Lucharé con la misma fuerza por los que no me apoyaron como por los que sí lo hicieron.

Hace muchos siglos, San Agustín, un santo de mi iglesia, escribió que un pueblo es una multitud definida por los objetos comunes de su amor. ¿Cuáles son los objetos comunes que amamos y que nos definen como estadounidenses? Creo que lo sé: oportunidad, seguridad, libertad, dignidad, respeto, honor y, sí, la verdad.

Las últimas semanas y meses nos han enseñado una lección dolorosa. Hay verdad y hay mentiras. Mentiras contadas por motivos de poder y provecho. Y cada uno de nosotros tiene el deber y la responsabilidad como ciudadanos, como estadounidenses, y especialmente como líderes -líderes que se han comprometido a honrar nuestra Constitución y a proteger nuestra nación- de defender la verdad y derrotar las mentiras.

Entiendo que muchos estadounidenses vean el futuro con miedo e inquietud. Entiendo que estén preocupados por su trabajo, por cuidar a su familia, por lo que vendrá a continuación. Lo comprendo. Pero la respuesta no es encerrarse en uno mismo, no es replegarse para formar facciones enfrentadas, no es desconfiar de los que no se parecen a ti, de los que no rinden culto como tú, de los que no reciben las noticas de la misma fuente que tú.

Tenemos que poner fin a esta guerra civil que enfrenta al rojo con el azul, a lo rural con lo urbano, a los conservadores con los liberales. Podemos hacerlo si abrimos nuestras almas en vez de endurecer nuestros corazones, si mostramos un poco de tolerancia y humildad, si estamos dispuestos a ponernos en el lugar de otra persona solo por un momento.

Porque lo que tiene la vida es que no sabes qué te deparará el destino. Hay días en que necesitamos que nos echen una mano. Y otros días en los que nos piden que la echemos nosotros. Así es como tenemos que ser unos con otros. Y si somos así, nuestro país será más fuerte y más próspero, y estará más preparado para el futuro.

Compatriotas estadounidenses, en el trabajo que nos espera por delante vamos a necesitarnos el uno al otro. Necesitaremos toda nuestra fuerza para superar este oscuro invierno. Vamos a entrar en el que podría ser el periodo más oscuro y mortal de este virus. Debemos dejar a un lado la política y enfrentarnos por fin a esta pandemia como una nación. Y os prometo que, como dice la Biblia, “El llanto puede durar toda la noche, pero a la mañana vendrá el grito de alegría”. Superaremos esto, juntos.

El mundo nos está mirando hoy. Este es mi mensaje para aquellos más allá de nuestras fronteras: Estados Unidos ha sido puesto a prueba y ha salido de ello reforzado. Repararemos nuestras alianzas, y nos relacionaremos con el mundo otra vez. No para enfrentarnos a los retos del pasado, sino a los del presente y a los del mañana. Y no solo predicaremos con el ejemplo de nuestro poder, sino con el poder de nuestro ejemplo. Seremos un socio fuerte y fiable para la paz, el progreso y la seguridad.

Hemos sufrido mucho en este país. Y en mi primer acto como presidente, me gustaría pediros que os unáis a mí en un momento de oración silenciosa para recordar a todos aquellos que perdimos el año pasado por culpa de la pandemia. A esos 400.000 compatriotas, madres y padres, maridos y mujeres, hijos e hijas, amigos, vecinos y compañeros de trabajo. Les honraremos convirtiéndonos en el pueblo y en la nación que podemos y debemos ser. Recemos en silencio por aquellos que perdieron la vida, por aquellos que se quedaron atrás y por nuestro país. Amén.

Son momentos de prueba. Nos enfrentamos a un ataque a la democracia y a la verdad, a un virus atroz, a un aumento de la desigualdad, al aguijón de un racismo sistémico, a una crisis climática y al papel de Estados Unidos en el mundo. Cualquiera de estas amenazas bastaría para ponernos en serios aprietos. Pero el hecho es que nos enfrentamos a todas ellas a la vez, lo que coloca a este país frente a la mayor de las responsabilidades. Ahora debemos dar un paso adelante. Todos nosotros.

Es momento de ser audaces porque hay mucho por hacer. Y una cosa es segura. Seremos juzgados, ustedes y yo, por cómo resolvemos la sucesión de crisis de nuestra era. ¿Estaremos a la altura? ¿Sabremos sobreponernos a esta hora tan difícil y extraña? ¿Cumpliremos nuestras obligaciones para entregar un mundo nuevo y mejor a nuestros hijos? Creo que debemos hacerlo y que lo haremos. Y cuando lo logremos, habremos escrito el siguiente gran capítulo de la historia de Estados Unidos.

Es una historia que trae ecos de una canción que significa mucho para mí, se llama “Himno de América”. Hay una estrofa que destaca, al menos para mí, y dice así: “El trabajo y las oraciones durante siglos nos han traído hasta hoy. ¿Qué será nuestro legado? ¿Qué dirán nuestros hijos? Haz que sepa en mi corazón cuando terminen mis días. América, América, te di lo mejor de mí”.

Sumemos nuestro trabajo y nuestras oraciones a la historia en marcha de nuestra nación. Si lo hacemos, el día que terminen nuestros días, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos dirán de nosotros: “Dieron lo mejor de sí, cumplieron su deber, sanaron una tierra rota”.

Compatriotas estadounidenses, cierro igual que comencé, con un juramento sagrado. Ante Dios y ante todos vosotros, os doy mi palabra. Siempre seré sincero con vosotros. Defenderé la Constitución, defenderé nuestra democracia. Defenderé a Estados Unidos y lo daré todo para serviros, pensando no en el poder, sino en las posibilidades, no en el interés personal sino en el bien público.

Y juntos escribiremos una historia estadounidense de esperanza, no de miedo. De unidad, no de división. De luz, no de oscuridad. Una historia estadounidense de decencia y dignidad, de amor y sanación, de grandeza y bondad. Que sea esta la historia que nos guíe. La historia que nos inspire. Y la historia que cuente a los tiempos venideros que respondimos a la llamada de la historia, que estuvimos a la altura del tiempo presente. Que la democracia y la esperanza, la verdad y la justicia, no murieron durante nuestra guardia, sino que prosperaron. Que nuestro Estados Unidos garantizó la libertad en su territorio y una vez más se erigió en faro del mundo. Es lo que debemos a quienes nos precedieron, a nosotros mismos, y a las generaciones que vendrán.

Así pues, con determinación y firmeza, abordaremos las tareas de nuestro tiempo. Sostenidos por la fe, impulsados por la convicción y dedicados los unos a los otros y al país que amamos con todo nuestro corazón. Que Dios bendiga a Estados Unidos y que Dios proteja a nuestras tropas”.

Gracias, Estados Unidos.

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