Crianza

Siete estrategias que reducirán las peleas entre hermanos

Estas discusiones son una gran fuente de aprendizaje que facilita la práctica de la negociación, el autocontrol y la autonomía en la búsqueda de soluciones

Las disputas llevan asociadas unas vivencias que van a influir directamente en el desarrollo emocional y social del niño.
Las disputas llevan asociadas unas vivencias que van a influir directamente en el desarrollo emocional y social del niño.Allen Taylor

Por fin ha llegado el verano y con él las vacaciones. Por delante, se nos presentan unos meses para romper algunas rutinas, las prisas y las tareas. Atrás quedan para nuestros hijos las largas jornadas escolares, las extraescolares y las faenas por presentar. Ahora toca disfrutar de la playa o la montaña, de las actividades al aire libre, de la familia y los amigos. De los helados, las colchonetas y los parques de atracciones. Compartir mucho tiempo juntos en familia trae a menudo muchos conflictos entre hermanos. Pelear por un juguete, por la atención de papá o mamá o por el mejor sitio del sillón llena nuestros hogares de rencillas, gritos y malestar. Todos podemos recordar las veces que cuando éramos pequeños cualquier excusa era buena para iniciar una pelea con el pequeño o mayor y sentir siempre que el culpable era él. Como nos chinchábamos constantemente y nuestros padres estaban cansados de llamarnos la atención.

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Los hermanos son confidentes infalibles, compañeros de aventuras y apoyos incondicionales. Pero eso no quita que, en determinadas etapas, también haya rivalidad y muchas tensiones entre ellos. Los celos, la demanda de atención por parte de los adultos y el sentimiento de posesión son los motivos principales que provocan habitualmente las disputas. Las peleas entre ellos son normales, sanas y favorecen el crecimiento personal y emocional. Son una gran fuente de aprendizaje que facilita la práctica de la negociación, el autocontrol y la autonomía en la búsqueda de soluciones. Las disputas llevan asociadas unas vivencias que van a influir directamente en el desarrollo emocional y social del niño. Es una forma de aprender a comunicar, negociar y ejercitar habilidades tan importantes como la escucha activa, la tolerancia a la frustración y la empatía. En el conflicto siempre hay crecimiento, sin él no podríamos evolucionar, desarrollarnos plenamente, conocernos y entender a los demás.

Nuestros hijos, a través de las discusiones, comparten y ceden, exponen puntos de vista y analizan cómo reacciona su interlocutor. Aprenden a tener en cuenta los sentimientos del otro y los efectos de su comportamiento sobre él. A conocer los límites de la fuerza y la resistencia, a saber pedir disculpas desde el corazón y a aceptar el error. Los conflictos entre hermanos son muy comunes en los hogares y más cuando hay mucho tiempo libre y de convivencia, no siempre “el roce hace el cariño”. La dificultad de modular correctamente las emociones, el control de la impulsividad y la poca tolerancia a la frustración hace que la convivencia entre hermanos, en ocasiones, se haga muy complicada.

Las peleas entre hermanos es una de las preocupaciones más comunes entre las familias. Es muy normal que las disputas, en temporadas casi constantes, nos consuman la paciencia y creen un ambiente hostil en casa. Pero debemos entender que nuestros hijos necesitan que les enseñemos a llegar a acuerdos sin llegar a las manos, los gritos o los insultos. Que les eduquemos en valores tan importantes como el respeto, la generosidad y la bondad. Que les ayudemos en la gestión de emociones hará mucho más fácil que nuestros hijos sepan encontrar mejores desenlaces a sus riñas.

¿Cómo podemos ayudar a nuestros hijos a que no se peleen en tantas ocasiones?

  1. Aceptar que las peleas entre hermanos son normales y necesarias para el desarrollo y el aprendizaje. Nuestra actitud de calma ante ellas determinará la forma en la que nuestros hijos solucionarán las riñas.
  2. No hacer comparaciones entre hermanos y ser equitativos con nuestro cariño. Deberemos evitar siempre las etiquetas que coartan, las interrogaciones o la búsqueda de culpables. Los ratos especiales con cada hijo y las reuniones familiares ayudarán a conseguir que el hogar no sea un terreno tan fértil para las refriegas.
  3. Crear en casa un ambiente familiar positivo donde se hable sin gritos y reproches, evitando que los niños vean discusiones entre sus progenitores. Deberemos convertirnos en el mejor modelo de resolución de conflictos que puedan tener.
  4. Intentar intervenir lo mínimo en los conflictos para evitar favoritismos. Cuando intervenimos en una pelea, habitualmente, lo único que conseguimos es aumentar la rivalidad entre nuestros hijos e incentivar los celos entre ellos. Solo intervendremos en una pelea si la seguridad está en riesgo: si hay agresión física, si se están insultando con palabras feas o se están diciendo cosas que hieran sus sentimientos.
  5. Ante el conflicto, el adulto debe mostrarse objetivo y no mediar (siempre que no se rebasen límites). Esto evitará que alcemos la voz, que caigamos en la tentación de defender al que consideramos más débil o que le exijamos solo la responsabilidad al mayor.
  6. Acompañar y validar las emociones que sienten nuestros hijos ante los conflictos: la ira, la tristeza, la rabia o los celos.
  7. Utilizar el “método consciente”. El objetivo del método es encontrar una solución al problema y no el encontrar culpables. La técnica nos permitirá exponer los motivos de la disputa, aprender a tener en cuentas los argumentos y los sentimientos del otro y los efectos que tiene nuestro comportamiento sobre él. El método consciente consiste en que cada hermano expone su punto de vista ante el conflicto y el adulto ayuda a sintonizar las emociones expresando en todo momento la confianza en la habilidad para solucionarlo. En el siguiente paso, ambos exponen sugerencias para solucionar el problema. Si vemos que les resulta difícil, podemos ayudarles a buscar posibles alternativas y, por último, ambos eligen un desenlace que satisfaga a todos y de esa manera se da por finalizado el conflicto.

Deberemos confiar siempre en la capacidad que tienen nuestros hijos de llegar a un acuerdo de forma autónoma ante una pelea. Cada conflicto les empoderará, les ayudará a desarrollar el autoconocimiento y a identificar la familia como un sistema y una unidad. Como decía Cicerón “las discusiones fortalecen la agudeza”. Acompañémosles de forma correcta, neutra y sin juicios.

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