Día del Padre
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Día del padre: es el momento de repensar nuestras paternidades

La clave está en la implicación que intentamos ejercer hoy algunos hombres y que nos lleva a padecer esa ambivalencia que hasta ahora era propia de las madres, que eran las que lidiaban a diario con la parte menos amable de la crianza

Un padre viaje en un avión con su hija.
Un padre viaje en un avión con su hija.Unsplash

“Tío, no sabes la que me lio el otro día Carles. Está en plena etapa de rabietas, se pilló un rebote porque no le daba otra galleta y de la propia rabieta se atragantó con la que estaba comiendo y casi se me ahoga. Acabamos los dos llorando”, me contaba el otro día por teléfono uno de mis mejores amigos, Campi, mientras yo, como cada tarde de lunes a viernes, hacía horas extra de parque con mis hijos. A mí, que ya tengo dos hijos, algo más mayores que el suyo, de ocho y cinco años, no me costó imaginar la escena que mi mujer y yo -juntos y en solitario- hemos vivido mil y una veces desde que en 2013 nació nuestra primera hija. Carles, a sus poco más de dos años, chillando y llorando como uno no imagina que pueda hacerlo un niño de esa edad, incontrolable, inconsolable. “La furia del bebé gigante de El viaje de Chihiro, así de impostergable, es su reclamo. Si la dejas llorar, empieza un terremoto mayor, que te destruye la paciencia, la autoestima, de pronto sos un psicópata insensible, lleno de furia, un padre no apto para la paternidad, de esos que dejan al bebé en el auto para meterse a apostar en el casino”, escribía Pedro Mairal en uno de los textos que componen Maniobras de evasión (Libros del Asteroide).

Mi amigo, por su parte, desesperado. Con prisa porque tenía que llegar a dejarlo en la Escuela Infantil, con prisa porque hoy en día parece que siempre vamos con prisa. Pensando en esos gritos de su hijo, colándose en casa de cada uno de sus vecinos. Primero a un paso de convertirse en ese psicópata insensible del que habla Mairal. Luego asustado con el atragantamiento. Llorando de miedo. Llorando también por pura desesperación. “Sé de lo que me hablas, porque no sabes la de veces y la de días que he acabado llorando desde que soy padre”. Algo así debí responderle yo en una conversación que, siguiendo los mismos derroteros, se extendió durante 15 o 20 minutos.

Unos días más tarde le consulté a mi amigo una duda que llevaba días dando vueltas en mi cabeza: “¿Tú te imaginas a tu padre (o al mío) llamando a un amigo (como tú me llamaste a mí el otro día) y contándole aquello de la rabieta de Carles, el atragantamiento y cómo acabasteis llorando los dos? ¿Y al amigo de tu padre, como yo el otro día, confesándole que eso de llorar en la crianza de sus hijos le ha pasado un porrón de veces?”. Su respuesta, vía WhatsApp, no se hizo esperar: “Claro que no. Es más, dudo que mi padre se llegase a quedar solo conmigo cuando yo tenía dos años. Pero te digo más, nosotros mismos hace 10 o 15 años tampoco nos hubiéramos llamado ni contado esto. Ni esto ni muchas otras cosas. Piensa que hemos pasado horas y horas hablando y entre los amigos nunca hemos llegado a contarnos si en casa teníamos algún problema, si yo con Patri o vosotros con cualquiera de vuestras parejas o exparejas estábamos bien o teníamos algún problema. Los tíos no nos enteramos de los problemas de los amigos porque no solemos hablarlos. Nos enteramos ya cuando se han solucionado o cuando vemos al otro hundido en la mierda”.

Esa afirmación me obligó a revisar el pasado, a buscar conversaciones entre amigos en las que los sentimientos estuviesen sobre la mesa, en las que cualquiera de nosotros nos hubiésemos abierto en canal sin temor a juicios. A bote pronto conté dos o tres en toda mi vida. No más. Todas ellas cara a cara con un solo amigo. Nada de hacer públicos los sentimientos y los males en grupo. Tampoco, pienso ahora, había comentado con ellos en voz alta todos los dolores de cabeza, los sinsabores y las contradicciones de la paternidad. Sí, había comentado, por supuesto, los momentos buenos. Vídeos de mis hijos gateando, de sus primeros pasos, de sus primeras palabras, de sus cumpleaños. La vida en rosa. Supongo que, como ellos todavía no eran padres, creí que no me iban a entender. Que no iban a ser capaces de comprender cómo lo que se supone que es la experiencia más bonita de la vida, te puede hacer llorar de desesperación. Sobre ese tema me empecé a abrir más con algunos padres de compañeros de clase de mi hija mayor. Luego con Campi, cuando él, ya desde bien pronto, empezó a comprender que la paternidad estaba lejos de ser el camino de rosas que nos habíamos imaginado.

“¿Por qué piensas que estamos cambiando, que ahora somos más capaces de abrirnos? ¿Supones que ayuda en ese sentido ser padres?”, le pregunté de nuevo. “A mí, por lo menos sí, ser padre me ha vuelto más sentimental. Pero mucho, además. Y también imagino que tendrá algo que ver la edad. Al final, con 20 años, las conversaciones son más básicas, igual que los problemas”, respondió.

Eso, sin embargo, no explicaría el hecho de que estas conversaciones fuesen imposibles para la generación de nuestros progenitores. Al fin y al cabo, ellos también tenían entonces entre 30 y 40 años. También eran padres. Quizás, opino, la clave está en la implicación en esa paternidad, en la forma igualitaria en la que muchos intentamos ejercer hoy nuestro rol como padres y que nos ha llevado a padecer en nuestras propias carnes esa ambivalencia que hasta ahora era coto privado de las madres, que eran las que lidiaban a diario con las rabietas, con toda la parte menos amable que implica la logística que lleva asociada toda crianza. Ya lo escribía el filósofo italiano Luigi Zoja en El gesto de Héctor (Taurus): “Para ser padre no basta con saber qué es el padre: se necesita conocer al hijo y la relación con él”.

Explicaba Ritxar Bacete, escritor y especialista en género, masculinidades, feminismo, políticas de igualdad y paternidad positiva, en una entrevista concedida EL PAÍS que desde su punto de vista el confinamiento fue una oportunidad para repensar las paternidades. Pero no tanto desde la teoría, como se venía haciendo, sino desde su vertiente más práctica, desde los cuidados, desde la corresponsabilidad en las labores domésticas.

Aseguraba al respecto que, durante esos meses de confinamiento -y en todos los meses de mundo pandémico que vinieron después-, había empezado a establecer conversaciones “intensas y expresivas” sobre paternidad: “Todos llegan con la misma narrativa, con el estrés, con síntomas de aquello que Betty Friedan bautizó como el malestar de las mujeres. Una prueba de que algo está cambiando son esos malestares de los hombres, cómo empezamos a sentirnos mal porque no llegamos a todo, porque lo hacemos todo a medias. Como dice mi pareja: bienvenidos al mundo de la maternidad”, añadía confirmando en parte mi pseudo teoría sin aval científico. En esa misma entrevista, Bacete aseguraba que fantaseaba con la idea de que los padres seamos capaces de “abrir conversaciones poderosas con otros padres sobre temas de paternidad, diálogos honestos en los que hablemos sobre sentimientos, sobre las luces y sombras de la experiencia”.

Rememoro ahora la conversación con mi amigo, todos los mensajes de WhatsApp que le siguieron, y pienso que esa fantasía ya está llegando, ya empieza a ser una realidad. Y creo, también, como titulaba aquella entrevista con Bacete, que poder mostrarnos vulnerables, quitarnos la coraza y no tener miedo de llorar y de mostrar los sentimientos ante nuestros iguales “es uno de los elementos fundamentales de la apropiación de la paternidad por parte de los hombres”.

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