Crianza
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Niños que aprenden de sus errores: más resilientes, humildes y perseverantes

Vivimos en una sociedad extremadamente competitiva donde no hay lugar para los tropiezos, para los segundos puestos. Donde parece que se educa para tener que ganar siempre, para ser los mejores en todo aquello que se hace

Un niño da sus primeros pasos.
Un niño da sus primeros pasos.Getty Images/iStockphoto

Si algo recuerdo de mi infancia y adolescencia es la dificultad que tenía para aceptar que me había equivocado. Los tropiezos me ponían muy nerviosa, me hacían sentir mal por dentro y me costaba mucho aceptar mi parte de culpa. Nunca olvidaré lo roja que se me ponía la cara cuando algún maestro en clase o algún entrenador en la pista me corregía delante del resto de compañeros.

Fui una niña a la que le costó mucho pedir ayuda cuando lo necesitaba y mostré muchas dificultades para hacer frente a la frustración. Algunos de mis errores los intenté esconder por miedo a la reacción de la gente de mi alrededor que, curiosamente, jamás me reprochó ninguno de ellos.

Ahora que soy madre y docente me doy cuenta de que a muchos niños y jóvenes les pasa lo mismo que me pasaba a mí. Que asocian el error al fracaso y se avergüenzan de no hacer siempre bien las cosas. Que no tienen las estrategias necesarias para hacer frente correctamente al error y eso les llena de culpa, de ira o de vergüenza.

Vivimos en una sociedad muy competitiva donde no hay lugar para los tropiezos, para los segundos puestos. Donde parece que se educa para tener que ganar siempre, para ser los mejores en todo aquello que se hace. Donde se habla muy poco de las derrotas y se publicita el éxito a bombo y platillo. Un éxito idealizado y muy malentendido que se vende en las redes sociales.

Una de las enseñanzas más importantes que se debería regalar a los niños y jóvenes es aprender a perder útilmente. A aceptar el error de forma constructiva, a saber qué hacer con esos tropiezos que les hacen sentir vacíos o tristes. Esas derrotas que contaminan o complican los sueños y llenan de inestabilidad.

Que necesario es que desde bien pequeños les hablemos del valor del error en la vida, de la necesidad de aprender a encajar los golpes de forma empática, de que las equivocaciones son imprescindibles para poder progresar y desarrollarse plenamente. A saber que, a menudo, las dificultades acaban convirtiéndose en grandes maestros.

Ojalá fuésemos capaces de educar, ayudando a desarrollar la capacidad de reconocer y aceptar las equivocaciones con calma, para aprender de ellas de forma inteligente, para no sentir culpabilidad cuando no hemos sido capaces de conseguir lo que nos habíamos propuesto. A ver el fracaso como un revulsivo que ayuda a progresar, a aprender cosas nuevas, a mejorar y hacer las cosas de otra manera.

Un bebé gatea solo por el campo.
Un bebé gatea solo por el campo.Cavan Images

Una formación que enseñe también a celebrar, a saber disfrutar de las muchas cosas que hacen bien o las que se consiguen gracias al esfuerzo y la perseverancia. A saber valorar los pequeños triunfos, las veces que han sido capaces de volver a empezar de cero. Disfrutar del aquí y el ahora y de aquellas personas que suman y aportan cosas positivas.

Los niños y niñas que saben hacer frente al error son mucho más resilientes, perseverantes, humildes y felices. Son capaces de liderar proyectos y de ver la vida con mayor optimismo. Saben que a la derrota se le gana con mucha actitud, constancia y voluntad y son capaces de identificar sus defectos y virtudes, sus fortalezas y debilidades sin compararse con los demás.

¿Cómo ayudar a los niños a hacer frente al error?

  1. Hablar a los niños y jóvenes del error siempre en términos positivos, ayudándoles a verlo como una gran oportunidad para aprender, para buscar una mejor versión y seguir adelante con entusiasmo. La idea es mantener una actitud calmada y natural cuando se equivoquen, proponiéndoles metas razonables para que puedan sentirse orgullosos de todo aquello que consiguen.
  2. Los padres deberían ser el mejor ejemplo que puedan tener a la hora de asumir y gestionar sus propios errores. Siendo un modelo de perseverancia y valentía, explicándoles que las excusas o las postergas muchas veces no nos dejan avanzar, contándoles que los adultos también se equivocan a menudo.
  3. Darles siempre la oportunidad para fallar sin que tengan miedo de recibir críticas o etiquetas que tanto dañan su autoestima. Ayudémosles a buscar soluciones evitando la sobreprotección o la permisividad excesiva, a que desarrollen las estrategias necesarias para que tomen ellos la iniciativa y sean autónomos.
  4. Los padres deben acompañarlos con grandes dosis de cariño y comprensión, entendiendo el miedo o la frustración que les puede provocar hacer frente al error. Démosles la seguridad y el tiempo que necesitan para aprender repitiéndoles a diario que estamos a su lado sin condición.
  5. Valorar los intentos y no únicamente los progresos. Los padres y madres deberían ajustar sus expectativas hacia ellos correctamente, animémosles a que sean ellos los que se autocorrigen cuando alguna cosa no haya salido bien.

Jean Pierre Astolfi decía que “solo dejan de equivocarse lo que no hacen nada”. Animémosles a ser valientes, expliquémosles que después de la tormenta siempre llega la calma si tienes paciencia y trabajas para ello. Que una persona feliz no es aquella que no tiene problemas, sino la que ha sido capaz de superar los obstáculos que la vida le ha ido poniendo.

*Sonia López es maestra, psicopedagoga y divulgadora educativa. Madre de dos adolescentes.

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