Crianza
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Ser el mejor ejemplo, no amenazar, tener paciencia y otros trucos infalibles para acabar con las peleas entre hermanos

Que los niños discutan no significa que no se quieran, tengan un mal vínculo afectivo o nunca vayan a llevarse bien. Adultos y menores deben aprender a desdramatizar estas situaciones cuando se produzcan

Dos padres estresados porque sus hijos no paran de pelearse.
Dos padres estresados porque sus hijos no paran de pelearse.getty

Si hay una cosa que a las familias les pone muy nerviosas es que sus hijos no paren de pelearse entre ellos, que constantemente estén buscando motivos para molestarse. Cualquier motivo es bueno para iniciar una discusión: elegir la serie que quieren ver, querer siempre el juguete que tiene el otro o decidir a quién le toca recoger la mesa después de cenar. Recuerdo que cuando mis hijos eran pequeños discutían por todo y a todas horas y eso me hacía perder en muchas ocasiones la paciencia con ellos. Su rivalidad les llevaba a reñir por cosas insignificantes, como ser los primeros en salir del coche o por la cantidad de agua que tenían sus vasos.

La falta de rutinas, el aburrimiento o el cansancio facilitan que aparezcan estos encontronazos entre hermanos. Pequeñas rencillas que llenan los hogares de mal humor, crean un ambiente crispado y hacen a padres y madres estar todo el día mediando entre ellos.

El primer paso para conseguir que estos conflictos vayan desapareciendo en casa es saber que estas conductas son totalmente normales, naturales y necesarias en el desarrollo de los niños. Que son parte imprescindible del proceso socializador y se producen por muchos motivos diferentes: por la necesidad de delimitar el espacio, llamar la atención del adulto, sentir celos, mostrar preferencias o por la falta de habilidades para gestionar correctamente emociones como la frustración, la rabia o el enfado.

Estas peleas favorecen el crecimiento personal, social y emocional de los menores. Desarrollan las competencias lingüísticas, de liderazgo y negociación. Potencian la autonomía y el autocontrol y, a través de ellas, los más pequeños aprenden a dialogar, ceder, pedir disculpas, analizar situaciones y tomar decisiones.

Las familias, a menudo, muestran dificultades para acompañar estas desavenencias desde la calma y la neutralidad y, de forma inconsciente, provocan discusiones entre sus hijos, haciéndoles competir entre ellos, comparándoles a la hora de hacer una tarea o de obtener resultados académicos o reprimiendo o corrigiendo únicamente al hermano más mayor otorgándole una responsabilidad para la que aún no está preparado.

Los hermanos no se pueden llevar bien siempre, es imposible, pero sí que deben intentar tener una buena relación. Dicen que quien tiene un hermano tiene un tesoro, así que se debe procurar conseguir que desde pequeños puedan convertirse en grandes confidentes, en los mejores compañeros de viaje, compartiendo experiencias y ayudándose siempre que lo necesiten. Que ahora se pelen no significa que no se quieran, tengan un mal vínculo afectivo o no vayan a llevarse bien nunca.

Los padres (e hijos) deben aprender a desdramatizar estas situaciones cuando se produzcan, intervenir en ellas solo cuando sea imprescindible y evitar favoritismos que hagan aumentar la rivalidad entre ellos. Cuando los progenitores intervienen para arbitrar en sus rencillas suelen decantar la balanza a favor de uno y, consecuentemente, en contra del otro de forma inconsciente.

Es evidente que no se puede permitir que se falten el respecto, se peguen o se traten mal, pero, cuando ellos discutan, hay que dejarles tiempo para que intenten solucionar sus desavenencias de forma autónoma, ofreciéndoles espacios para que lo puedan hacer.

¿Cómo ayudarles a gestionar correctamente sus conflictos?

  1. Explicándoles que los conflictos entre ellos no deben solucionarse con gritos, insultos o violencia física. Para conseguirlo, los padres deben convertirse en el mejor ejemplo que puedan tener a la hora de solucionar sus propios problemas con otras personas.
  2. Ante un conflicto, los adultos deben observar la situación sin intervenir, manteniendo la calma para poder contagiarles toda la tranquilidad y conseguir así que baje la intensidad del enfrentamiento. Si se les grita, amenaza o se les reprocha cosas únicamente empeorará la situación.
  3. Los progenitores deben intentar ser totalmente objetivos ante la disputa, dándoles la oportunidad a cada uno de los implicados de poder explicar qué ha pasado y qué motivo les ha llevado al extremo de pelearse. Se debe abandonar el papel de juez y ser siempre equitativos, con cariño y atención hacia ellos, evitando compararlos o etiquetarlos.
  4. Después de analizar la situación, se les animará a que sean ellos los encargados de buscar soluciones al conflicto, llegando a acuerdos que satisfagan las necesidades por ambos lados. Mostrar confianza en ellos hará que se sientan comprendidos y fortalecerá su responsabilidad.
  5. Una vez hayan solucionado la pelea, lo mejor es animarles a pensar y razonar sobre cómo pueden evitar que vuelva a pasar el mismo conflicto en el futuro. Ayudarles a prevenir estas situaciones reducirá la mayoría de conflictos que se dan en la convivencia.

Ante una pelea entre hermanos, los niños necesitan sentir que se les escucha desde la empatía, ofreciéndoles tiempo y paciencia. Sin convertirse en magistrados buscando culpables, validando sus emociones desde el cariño y el respeto y ayudándoles a encontrar la mejor solución. Enseñándoles a mostrar sus opiniones, deseos y sentimientos sin ofender a nadie. Como decía el psicoanalista estadounidense M. Esther Harding: “El conflicto es el comienzo de la conciencia”.

*Sonia López es maestra, psicopedagoga y divulgadora educativa. Madre de dos adolescentes.

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