“Mamá, quiero un tatuaje”: cómo gestionar el primer signo de rebeldía en la adolescencia

Tras el deseo de lucir un dibujo en la piel de forma permanente hay una necesidad de diferenciarse y crear una identidad propia. Lo recomendable es hablarlo con el adolescente y aportarle toda la información posible sobre sus consecuencias

Una joven muestra su tatuaje en la nuca.
Una joven muestra su tatuaje en la nuca.Rosmarie Wirz (Getty Images)

“Me quiero hacer un tatuaje” puede convertirse en el mantra de algunos adolescentes, lo que a menudo plantea miedos en los padres con respecto a la salud dermatológica de sus hijos. ¿Qué hay tras la fascinación por dibujar su piel permanentemente o perforar su cuerpo con piercings? Normalmente, tienen una función social que suele conllevar un trasfondo de rebeldía, según explica Ana María Gómez, psicóloga especializada en población infanto-juvenil.

“Por una parte están los adolescentes que se quieren diferenciar del grupo, crear su propia identidad y ser únicos, para reafirmar su propia existencia y sentir que no siguen los cánones establecidos por los demás”, sostiene esta experta. Otro de los sentidos que los adolescentes dan al hecho de grabar con tinta su cuerpo es querer sentir que forman parte de “una especie de tribu, donde se les acepta o son populares, lo cual se potencia al tener ídolos que se tatúan y aparecen en las redes sociales, creándose, así, tendencias de moda”, añade Gómez. No obstante, y según sostiene, hay que tener en cuenta que la práctica de tatuarse ha estado presente en el mundo desde hace cerca de 4.000 años: “Y han adquirido distintos significados y aplicaciones, como para la protección, un indicador del estado evolutivo o social de la persona; de salud o de poder”.

Hay falta de consenso sobre la cuestión adictiva de los tatuajes. Por un lado, se afirma que “sí se trata de una adicción que no tiene que ver con la tinta o la perforación del cuerpo, sino con el dolor y las endorfinas que se liberan para contrarrestar el malestar, lo que produce una sensación parecida al consumo de drogas”, prosigue Gómez. Existe otra teoría que dice que lo que engancha a las personas a hacerse más tatuajes es el hecho de que haya algo en su vida que perdure para siempre y que no sea temporal, “como todo lo que encontramos en la sociedad actual”, matiza Gómez. “O bien que llene un vacío psíquico que muchos adolescentes no saben manejar”, argumenta. Por último, la experta incide en que también existen teorías que no hablan de una adicción, ya que la persona se toma su tiempo en saber qué poner en su piel, cómo hacerlo y dónde, por lo que no existe la característica de impulsividad típica en muchas adicciones.

Actitud de los padres cuando su hijo quiere un tatuaje

No existe una fórmula sobre qué respuesta dar a un hijo que quiere tatuar su piel. “Cada familia es única, tiene unos valores distintos y permite cosas que otras no. No obstante, los menores de edad no pueden acudir sin consentimiento a realizar ninguna de estas prácticas, pero cuando cumplen los 18 años, si quieren hacerlo, lo llevarán a cabo, aunque sea en un sitio ilegal, que pueda poner en riesgo su salud”, argumenta Gómez. Por ello, prosigue, lo recomendable es que los progenitores se sienten a hablarlo con él, a negociar y a aportarle toda la información posible al respecto.

La psicóloga recomienda trasladar al joven cuáles pueden ser las consecuencias negativas de estos procesos, como infecciones o alergias, así como proyectar en el tiempo los tatuajes, para que este comprenda que con su edad todavía no se ha dejado de crecer y que la piel se puede estirar, pudiendo estropear ese dibujo: “Además, hay que explicarles que si en un futuro los quiere eliminar tendrá que ser con láser, un método costoso, doloroso y que no siempre es eficaz, ya que puede dejar cicatrices. Por otro lado, hay que asesorarle para que si lo hace sea en manos de profesionales y en centros homologados, donde se garantice la salud”.

La opinión de los dermatólogos

Un tatuaje llevado a cabo de manera profesional no debería conllevar peligros importantes, pero no son prácticas exentas de riesgo. “En la consulta de dermatología vemos en numerosas ocasiones distintos tipos de reacciones adversas inmediatas, como la inflamación y el enrojecimiento de la zona, consecuencia de las múltiples infiltraciones requeridas para hacer un tatuaje, lo que se considera normal y tiende a durar entre una y tres semanas”, advierte María Calvo, jefa de Dermatología y Estética de Olympia Quirón Salud de Madrid.

Estos grabados en la piel pueden provocar reacciones a largo plazo como las “alérgicas e inflamatorias de contacto, producidas, sobre todo, por el mercurio presente en las tintas rojas. También son bastante frecuentes las infecciones bacterianas y existe riesgo de contraer hepatitis o Virus de Inmunodeficencia Humana (VIH), debido a la reutilización de material tras hacer un tatuaje a una persona infectada”, explica la dermatóloga. La experta advierte que los tatuajes temporales con henna son más seguros, pero si este producto se adultera con aditivos puede producir reacciones y provocar eccemas y alergia permanente a los tintes. En cuanto a las zonas del cuerpo que suelen tener más complicaciones, estas son las cartilaginosas, como la nariz y las orejas.

Los consejos básicos de los dermatólogos a la hora de hacerse un tatuaje son acudir siempre a lugares profesionales, que utilicen pigmentos con registro sanitario, estériles y con una identificación clara de su composición y fabricante. Una vez hecho, durante los 15 días posteriores, “hay que tener unas medidas de higiene adecuadas con un jabón antiséptico y una crema antibiótica y evitar la exposición de la zona al sol durante unas ocho semanas”, explica la médica.

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