En primera persona
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Cuando los hijos crecen: del síndrome del nido lleno al síndrome del nido vacío

Estas dos manifestaciones de conducta pueden afectar a las madres en dos situaciones contrarias: con la llegada de un bebé y cuando los mayores se van de casa

Una madre se despide de su hija en el aeropuerto.
Una madre se despide de su hija en el aeropuerto.Graham Oliver (Getty Images)

Durante mi primer embarazo, antes de que los móviles fueran casi nuestra principal fuente de consulta e información, leía bastantes revistas y libros sobre maternidad y bebés. Una de las cosas que me llamó la atención durante esas lecturas fue conocer sobre la existencia del síndrome del nido lleno. Ese síndrome, explicado brevemente, es aquel por el que las embarazadas sufren un súbito interés por preparar la habitación del bebé, decorarla, arreglar la casa o lavar la diminuta ropa.

Me resultó bastante chocante. Lo de ordenar, lavar, limpiar o volver a decorar no me parecía a mí algo que pudiera considerarse un síndrome. Más bien me parece algo lógico dadas las circunstancias. No sé si es que hay madres que de verdad lo sufren como una patología, o casi. A lo mejor es que no lo sufrí. O, por el contrario, es que vivo sumida en el síndrome del nido, porque siendo una persona ordenada y teniendo una familia numerosa me paso la vida limpiando, recogiendo, lavando, planchando e intentado que mi casa sea agradable y habitable.

Pero es que lo de ser ordenado está totalmente devaluado. En una sociedad donde la creatividad es una de las habilidades más valoradas, el desorden parece el mayor enemigo para desarrollarla. Si eres ordenado, corres el riesgo de que te consideren un obseso de la limpieza, un maniático o un exagerado. Salvo que seas Marie Kondo, porque en ese caso puedes hacer de tu defectillo todo un negocio.

A lo mejor, si en vez de considerar que las mujeres embarazadas tienen un problema cuando se ponen a limpiar a fondo las convirtiéramos en estrellas de Netflix, como la japonesa, ya no se consideraría un síndrome. Yo no sé vosotros, pero entre el síndrome de Diógenes, que sí me parece digno de tratamiento psicológico, y el del nido, me quedo con el segundo.

Pero es que hay que ser extranjero para triunfar. Lo de deshacerse de cosas que ya no usamos para sentirse feliz es algo que practico desde hace años, pero nunca se me había ocurrido escribir sobre ello. Clasificar y colgar la ropa me sale natural, entro en casa y lo primero que hago es colocar los zapatos de mis hijos. Voy a dejar la ropa planchada y me paso media hora recolocando todo el armario.

Decidí que no me iba a pasar la vida gritándoles por el desorden de sus habitaciones. Cuando tengo tiempo las ordeno yo y punto. Después se enfadan conmigo porque no encuentran sus cosas. Aunque realmente lo que no encuentran es lo que yo no he tocado. Ordenarles las habitaciones les da la excusa perfecta para acusarme de haberles perdido algo. Más tarde suelen reconocer, como en el chiste, que cuando no encuentran una cosa la tengo que buscar yo porque le impongo respeto y sale de donde está escondida.

Y llegó el síndrome del nido vacío...

La sorpresa ha llegado con los años al encontrarme con otro síndrome que tiene que ver con nidos. Ahora que dos de mis tres hijos se han ido a estudiar a la universidad, la gente me pregunta si tengo el síndrome del nido vacío. Un poco sí, no lo voy a negar. Pero, aunque me siento un poco mal, tengo que reconocer que el poder ordenar y hacer limpieza por fin de muchos trastos a los que les tenía ganas desde hace tiempo ha sido liberador.

Es muy triste solo oír el silencio en las habitaciones donde antes se escuchaba risas y música. Me debato entre la pena por ver las camas vacías y la tranquilidad que da saber que están hechas. Espero que no me odien por ello, yo los quiero como siempre y estoy deseando que llegue Navidad para que vuelvan a casa, como los turrones, y desordenen los cajones, dejen los zapatos tirados y me traigan la ropa con las manchas que no han podido sacar. Pero hay que reconocer que la carga de trabajo y de desorden ha bajado desde que no están. Posiblemente sea aún pronto, seguro que cuando acabe el verano, y los días sean cortos y fríos, me dará el bajón. Unas pocas semanas más y sabré si estaba realmente preparada para que volaran del nido.

*Eva Bailén es madre, ingeniera de Telecomunicaciones y profesora de Secundaria.

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