Crianza
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Hemos ‘colonizado’ la infancia y necesitamos recuperar el territorio erosionado por el adultocentrismo

No consideramos a bebés, niños, niñas y adolescentes sujetos protagonistas de sus propias vidas, negamos sus expresiones, ninguneamos sus quejas y les hacemos crecer sobre las expectativas de quienes les cuidan o tutelan. Su juego, su enfado, su curiosidad y sus llantos son expresiones de resistencia

Una niña se aburre con sus padres en un bar.
Una niña se aburre con sus padres en un bar.Getty

Una colonización pasa por ir suplantando los elementos propios de un grupo por los significados y significantes del amo, por ir instaurando un nuevo marco desde el que entender y actuar sobre una realidad que, en la medida que se coloniza, se explica de acuerdo al pensamiento y a la cosmovisión hegemónica. El modelo actual basado en el individualismo, que margina los cuidados y desestima la interdependencia entre las personas, no da cabida a poder comprender a los niños y a las niñas desde su propia idiosincrasia, ni a respetar sus procesos de crecimiento, autonomía y emancipación.

El adultocentrismo (o mejor, adultocracia, porque hay un poder que ejercen personas e instituciones con autoritarismo y violencia) hace de agente colonizador que imposibilita integrar la realidad de la niñez en una sociedad que, obviamente, también les pertenece. Como adultos tenemos un ego y un orgullo que nos parece digno de exportar. Nos sentimos legitimados para imponer nuestro sistema de representaciones allá donde estemos. Una dinámica de autoafirmación que nos niega la posibilidad de dialogar con lo que acontece.

En el caso de las infancias, la colonización deja poca alternativa: negamos sus propias expresiones, no consideramos a bebés, niños, niñas y adolescentes sujetos protagonistas de sus propias vidas, ninguneamos sus quejas y les hacemos crecer sobre la base de las expectativas de quienes les cuidan o tutelan. Diseñamos con poder y mentalidad adulta los contextos en los que se van a socializar, de la familia heteronormativa al sistema educativo, pasando por la arquitectura de las ciudades y el diseño de los parques o de los paritorios. Forzamos que tengan que lidiar con unas artificialidades adultas a las que damos consideración de verdades universales: que si el empleo, la separación de lo productivo y lo reproductivo, el antagonismo de aprendizaje y juego o la confusión del tiempo libre con el tiempo liberado para lo extraescolar. Todo un marco de representaciones que configuran la realidad al margen de lo que se siente y de lo que pasa. Un espectáculo disociado de la vida que se pone al servicio del consumo, donde el papel de las infancias es absolutamente secundario respecto a la trama, pero consustancial para asentar el orden y la organización social vigente.

Tenemos a las criaturas instrumentalizadas como objetos que podemos utilizar en los debates de la escolarización, de la conciliación o de los percentiles de crecimiento, pero sin verlas, sin respetar sus necesidades (ni sus derechos), viviendo nuestra vida adulta en una fantasía de autosuficiencia separados de ellos y ellas. Hemos fabricado un muro con nuestra propaganda, con las representaciones y los trofeos de la hegemonía adulta, que nos impide entrar en relación, habitar situaciones comunes y entrenar una socialización alternativa.

Ni siquiera en los casos de más daño, con vulneración de cuerpos, de vidas y de futuros, somos capaces de actuar dejando de lado las lógicas propias de quien manda: protegemos encerrando, seguimos desahuciando familias y no queremos organizar la economía para aportar recursos directos a la crianza y al amparo. Promovemos un trabajo social que pretende educar la miseria con cursos y contraprestaciones, dando muy poco a cambio —asimilar la pobreza a la infancia siempre ha sido una buena idea para justificar la dependencia y el paternalismo en la intervención social—. Hay una pedagogía colonizadora, una “pedagogía de la crueldad”, como dice Amador Fernández-Savater, que se impone. Se diseña el modelo y es la vida la que se ha de adaptar luego al marco prefabricado.

En contextos totalitarios, la única manera de sobrevivir a una invasión es la asimilación, asumir la representación como algo propio para poder hacer posible un proyecto vital más allá del exterminio. Y la adultocracia se expresa en muchas situaciones de forma totalitaria: a las criaturas no les quedan muchas más opciones que hacer lo que se espera de ellas, tienen que hacer los deberes.

Así, la colonización de las infancias va poco a poco haciendo invivible el territorio de la niñez. La externalización de los cuidados se plasma como la única alternativa posible (la quieren vender también como deseable) y los niños y las niñas se conceptualizan como cargas familiares de las que hay librarse y colocar para no perder estatus.

La conquista de lo adulto va dejando tras de sí un desierto, un ecosistema devastado y contaminado con mil normas que lo hacen irrespirable. Pero no hay alternativa que no pase por poblar el territorio que nos empeñamos en desertificar. Obligar a las personas desde que son bebés a acomodarse al diseño adultocéntrico las condena a un crecimiento ansioso, a una precariedad afectiva. Les daña. Nos daña. No vale.

Por corresponsabilidad social hay que reivindicar y organizar la resistencia. Todas las colonizaciones han tenido oposición. Frente a los mapas que describen las conquistas —de colores homogéneos conforme se iban venciendo batallas y anexionando regiones— sabemos que en el territorio se pintaban otros muchos tonos y matices. Los colores del daño y del sufrimiento, pero también los del apoyo mutuo y los de las alternativas comunitarias de vida. Colores nunca incluidos en los libros de texto de los vencedores, pero que aún hoy podemos seguirles el rastro.

Cada vez tenemos mapas más complejos y perfectos, hasta podemos cultivar la fantasía (la distopía) de que las representaciones pueden sustituir a la realidad. El mapa adultocéntrico es también cada vez más completo y detallado. Parece que ya lo sabemos todo de la infancia, pero conforme más la recorremos siguiendo las cartografías más nos alejamos de ella. No se puede existir en un mapa. Hemos de salirnos para romper con la impostura y que niños y niñas puedan vernos y contar con nosotros sin mutilarse. Las criaturas pulsan por permanecer en el territorio ocupado, allí nos/las podemos encontrar. No se rinden, les va la vida en ello. Su juego, su enfado, su curiosidad y sus llantos son expresiones de resistencia con una potencialidad política que debiéramos abrazar mucho antes que ningunear o reprimir.

Necesitan aliados y aliadas, no mercenarios que les cuiden a sueldo. Necesitan presencia: personas que pongan su tiempo y su cuerpo en disponibilidad para entrar en relación.

La respuesta a la colonización es habitar la infancia y jugarnos otra vida juntas, con ternura, con gozo, con sorpresa y con responsabilidad, hacer hogar con los niños y niñas que fuimos para, sin olvidar ni traicionar, seguir creciendo colectivamente. Habitar es compatibilizar el hacer, el ser y el existir, es una concreción de la libertad y del cuidado que necesitamos más que nunca como sociedad.

Y así habrá esperanza. Sabremos que bajo el mapa colonizador que dibujan la pedagogía, la pediatría, las leyes educativas, los dibujos animados o las leches de fórmula sigue latiendo un territorio que, aun devastado y mutilado, se regenera rápido y con fuerza porque no hay nada más nutritivo que la relación humana y sus vínculos de confianza.

La relación honesta y empática con bebés, niños, niñas y adolescentes es capaz de frenar la erosión más violenta y hacer fértil el futuro y, aún más, un presente común que merece ser defendido y disfrutado.

Paco Herrero Azorín es papá y educador social. Experto en pedagogía del cuidado es autor de Paco Herrero Azorín blog.

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