Cuando la vida se complica a los 18

Los jóvenes migrantes se enfrentan a trabas burocráticas, laborales y sociales tras abandonar la tutela del Estado

Omar Kordala mira por la ventana de su habitación en el piso tutelado donde vive en el barrio de Usera en Madrid, en julio de 2021.
Omar Kordala mira por la ventana de su habitación en el piso tutelado donde vive en el barrio de Usera en Madrid, en julio de 2021.EDP

El despertador suena una mañana más. Siempre a la misma hora. Las siete. Omar Kordala (Nador, Marruecos, 19 años) no perdona su cita diaria con la biblioteca. Acude al mismo centro, situado en pleno corazón del madrileño barrio de Usera, para prepararse segundo de bachillerato, a pesar de que el curso no empieza hasta septiembre. Concienzudo y aplicado, tiene claro cuáles son las metas que le motivaron a colarse en un barco con destino a España, cuando tenía 16 años. “No hemos venido para hacer tonterías, sino para estudiar, trabajar y tener un futuro”, explica. Su paso por las aulas lo combinará con un puesto de conserje. Los jóvenes extranjeros no acompañados se ven obligados a encontrar una salida laboral para poder seguir en España tras cumplir 18 años. Una edad de emancipación muy inferior a la media nacional, que se sitúa alrededor de los 29, según el Consejo de la Juventud de España. Además, los chicos migrantes se enfrentan a trabas burocráticas, vivir en la calle, falta de empleo o prejuicios sociales en su camino hacia la vida adulta.

Los requisitos de regularización, impuestos por la ley de Extranjería, suponen un escollo para los extutelados a la hora de obtener un empleo. Cuando salen de los centros de menores, la mayoría dispone solo de un permiso de residencia no lucrativa, que no les permite trabajar. Si quieren documentación para acceder al mercado laboral, tienen que conseguir un contrato a jornada completa (40 horas) de al menos un año y que cumpla con el salario mínimo interprofesional (14 pagas de 950 euros). El Gobierno ha adelantado que prepara un cambio legislativo, a través de un real decreto, para agilizar los procesos de inserción laboral que, según fuentes del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, se presentará en las próximas semanas en el Consejo de Ministros. Las entidades sociales llevaban tiempo denunciando que estas condiciones son excesivas y exigen flexibilizarlas.

El recorrido hacia la inclusión, en la mayoría de los casos, no pueden hacerlo solos. Kordala cuenta con el apoyo de la Asociación Murialdo, que gestiona un programa de inserción sociolaboral en el que se acompaña a chicos de entre 18 a 21 años. Esa entidad les proporciona alojamiento, les enseñan a gestionar un hogar, les preparan para conseguir un trabajo y, además, les asesoran en los trámites burocráticos. “Es una oportunidad que hay que aprovechar al máximo porque hay muchísima gente que está en la calle”, insiste el marroquí. La realidad es que no hay recursos para todos, a pesar de las ayudas de las comunidades autónomas. Ni siquiera se sabe cuántos extutelados inmigrantes hay con exactitud en España y cuántos de ellos están sin vivienda. El ministro de Migraciones, José Luis Escrivá, dijo en un tuit el pasado mayo que había 7.000 jóvenes en esta situación. Sin embargo, dos años antes, el Defensor del Pueblo denunció en un informe que hay “disparidad” entre los datos que recoge la policía y los que presentan las Administraciones autonómicas.

El presidente de Murialdo, Óscar Olmos, no puede confirmar cuánta gente se queda fuera del acceso a ayudas sociales, como alojamiento o recursos económicos, pero insiste en que “hay una gran necesidad” y demanda. Solo en la Comunidad de Madrid hay más de 100 plazas en espera para ir a pisos asistidos. Esta entidad ayuda actualmente a nueve chicos, repartidos en dos viviendas en Madrid. Siete son de nacionalidad marroquí, uno es maliense y otro senegalés. Murialdo es uno de los 69 entes que forman parte de la Federación de Entidades con Proyectos y Pisos Asistidos (FEPA). El director de esta organización, Jordi Salvia, asegura que durante 2020 atendieron a unos 2.700 inmigrantes. La mayoría son hombres y generalmente llegados de Marruecos o de países del centro y sur de África.

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Estos jóvenes, que viven en pisos de transición a la vida adulta, tienen también acceso a programas de inserción laboral, un aspecto fundamental para lograr la emancipación. Kordala y sus compañeros de la Asociación Murialdo son un ejemplo. Muchos han conseguido un contrato para regular su permiso de trabajo con proyectos como Tránsito, gestionado por la Comunidad de Madrid, o Incorpora Joven, de la Fundación La Caixa. Ambas iniciativas se dedican a enseñar pautas para la búsqueda de empleo y a encontrar y sensibilizar a potenciales empresas. Las compañías tienen que aceptar las exigencias que impone la ley de Extranjería y ser conscientes de que, a veces, el proceso de legalización es lento. La incorporación al puesto no es inmediata, puede que tengan que esperar de dos meses a un año.

La estigmatización de la sociedad también es otra barrera que tienen que superar en su proceso hacia la integración. La psiquiatra y vicepresidenta de Terapias sin Fronteras, Eglée Iciarte, critica que “se va creando el estereotipo de que un chico marroquí no acompañado es un potencial delincuente. Eso hace mucho daño porque la gente empieza a tenerles miedo, a rechazarlos y a no querer darles trabajo”. Los jóvenes extutelados tienen que enfrentarse, desde su llegada como menores, a estos prejuicios, que a menudo son alimentados por ideologías de ultraderecha. Esto se une a otros lastres psicológicos provocados antes, durante y después de su llegada en solitario a España. “Tienen duelo migratorio, frustración, trauma del viaje y luego está el choque cultural, como el idioma o los hábitos. Esto impide que puedan integrarse con normalidad”, añade Iciarte.

Superar todas estas barreras es un proceso paulatino y largo en el tiempo. Kordala se recuerda a sí mismo cada día, como si de un mantra se tratara, cuál es su sueño. “Quiero estudiar un grado superior de Energías Renovables y luego ir a la universidad”, confiesa con optimismo. A aquellos que juzguen su camino les pide, que antes, conozcan su realidad. A aquellos, que como él, hayan llegado solos a la Península y se sientan perdidos les anima a “seguir estudiando, que hagan algo que les guste para poder trabajar”. Él lleva tres años fuera de su hogar, lejos de sus padres y sus cinco hermanos, pero ni la soledad ni los obstáculos frenan lo realmente importante: “Vine a España a mejorar mi vida”.

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