La doble barrera de los inmigrantes con discapacidad

Las personas que padecen algún tipo de diversidad funcional sufren más precariedad y se enfrentan a un acceso más limitado a los recursos sociales

Un trabajador migrante con discapacidad sensorial durante su jornada laboral en Madrid en 2020.
Un trabajador migrante con discapacidad sensorial durante su jornada laboral en Madrid en 2020.Eduardo Parra / Europa Press (Europa Press via Getty Images)

No toda la población inmigrante es vulnerable por igual. Para aquellos que presentan algún tipo de discapacidad, además de hacer frente a las barreras que se les presentan por proceder de otro país, con una cultura diferente y un idioma incomprensible, deben cargar con un peso que les hace doblemente difícil la adaptación sociolaboral. A menudo se ven obligados a desempeñar los oficios menos cualificados y más rutinarios. A los extranjeros con diversidad funcional les son encomendados trabajos relacionados con la limpieza, la jardinería o la producción en serie. El sociólogo Eduardo Díaz Velázquez, uno de los autores del único proyecto de investigación sobre este grupo de extranjeros en España, comenta que se produce “una sectorización en empleos más precarios y más peligrosos”.

Youssef Jlabane (Taza, Marruecos, 40 años) llegó a España hace dos décadas con un contrato de trabajo en el sector de la construcción. Tenía 20 años y estuvo cuatro trabajando en la obra, hasta que llegó al mundo de la hostelería, en el que ejerció de ayudante, cocinero y jefe de cocina. Todo se truncó cuando empezó a desarrollar episodios de crisis nerviosas que desembocaron en una discapacidad del 38% que le dejó tres meses sin trabajar: “Había mucha carga y no teníamos un horario. Con el tiempo, mi salud no me permitió seguir adelante con esa actividad”. Fue entonces cuando acudió al Grupo Osga, una entidad dedicada a la inserción sociolaboral de las personas en su situación, y le ayudaron a encontrar un empleo apto para su salud. Obtuvo así un puesto como limpiador de residencias de mayores.

Pese a la pasión por la cocina que nació en Jlabane, nunca ha podido volver a trabajar en nada relacionado con ese sector como consecuencia de su discapacidad. Su caso supone un inesperado choque con la realidad, ya que desarrollar una diversidad funcional después de llegar a España contribuye a desajustar las expectativas iniciales de estos inmigrantes. Para Díaz Velázquez, esto les obliga “a replantearse del todo su proyecto de vida”, ya que se ven en una situación totalmente diferente, sin la posibilidad de acceder a determinados trabajos y sin conocer los servicios en los que se pueden apoyar para sobrellevar su nueva vida. Sin embargo, Juabane agradece que desde el Grupo Osga “estén en todo” y que le hayan apoyado tanto en lo profesional como en lo personal. Aunque ya no puede disfrutar del trabajo detrás de los fogones, sí puede dedicar tiempo a una de sus actividades favoritas: la pintura.

A diferencia de Jlabane, Sokhna Diagne (Kaolack, Senegal, 40 años) ya padecía dolencias cardiacas antes de emigrar. De hecho, viajó desde su país a Italia para recibir el tratamiento médico adecuado y posteriormente llegó a España, donde se sometió a un trasplante de corazón. Gracias al sistema público sanitario, a Diagne le pudieron tratar gratuitamente con un equipamiento médico al que no habría podido acceder en su país. Actualmente, también dispone de un aparato para medir sus niveles de glucosa con regularidad.

Pese a que lleva 15 años buscando empleo en Madrid, no ha conseguido un trabajo. “Me encantaría cuidar a los niños, ayudar en la cocina o trabajar en la peluquería. Antes recibía la prestación por incapacidad de unos 330 euros, pero ahora ya no. No tengo ninguna ayuda”, cuenta Diagne. Considera que no la contratan por las secuelas de su enfermedad, ya que asegura que nunca ha sufrido un episodio de discriminación por su procedencia.

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El sociólogo Díaz Velázquez apunta que es habitual que los extranjeros con capacidades especiales queden en un limbo a la hora de recibir ayudas. “Hay poca relación entre las entidades que prestan asistencia social porque, cuando llega el caso de una persona inmigrante con discapacidad que necesita recursos específicos, surge el problema de a dónde la mandamos”, plantea.

Diagne acudió a la Asociación Karibu, dedicada a la inserción sociolaboral de los migrantes subsaharianos en la capital, para que la ayudaran a redactar un currículum. Aunque todavía no ha participado en ninguno de los cursos formativos de la entidad, sí está interesada en aprender informática para acceder a un empleo que no le cause estragos en su salud. Su principal dificultad no proviene de la minusvalía, sino que se basa en la falta de formación, ya que tuvo que abandonar su país antes de terminar los estudios y tampoco ha podido completarlos en el extranjero. “Ahora es tarde, tengo 40 años, pero me gustaría acabarlos”, agrega Diagne.

La directora de Karibu, Nicole Ndongala, asegura que, de los migrantes africanos que llegan a su asociación, alrededor del 4% padecen algún tipo de discapacidad. Sin embargo, este es un dato difícil de cuantificar, dado que muchos de los recién llegados no disponen de ningún documento que acredite si tienen capacidades especiales e incluso llegan a ocultarlas para que no les perjudique a la hora de buscar trabajo.

Aunque existan entidades como Osga o Karibu que facilitan la inserción de los más vulnerables, no todos los migrantes con discapacidad acuden a este tipo de asociaciones. En esos casos los obstáculos que encuentran estas personas para su integración se multiplican, ya que no cuentan con un acompañamiento y una red de cuidados, salvo que tengan familiares o conocidos en España. El sociólogo Díaz Velázquez destaca que también “se le suman las barreras idiomáticas, las culturales y los prejuicios que existen en los propios profesionales que dificultan mucho el acceso a los recursos”.

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