Un viaje desde África con los deseos cumplidos

Asfaw, Sillah y Boukat llevan más de 20 años en Madrid, tienen contrato indefinido y nacionalidad española

Negist Asfaw sonríe cerca de su trabajo, en el madrileño pueblo de Torrelodones, en julio de 2021.
Negist Asfaw sonríe cerca de su trabajo, en el madrileño pueblo de Torrelodones, en julio de 2021.EDP

Tenía 25 años cuando llegó a España en 1998. En la terminal del aeropuerto, Negist Asfaw (Adís Abeba, Etiopía) se encontró frente a unas escaleras mecánicas que le causaron verdadero pavor. Dos personas tuvieron que ayudarla a subir en ellas. Cuando llegó a la casa donde iba a trabajar de niñera, no quería deshacer la maleta. Solo ansiaba volver a su hogar. Fanta Sillah (Banjul, Gambia) llevaba entonces varios meses en España. Llegó con 22 años y embarazada de su primer hijo. Su marido había conseguido un empleo y decidieron emprender un largo viaje en busca de otro futuro. Mientras, Saida Boukat (Casablanca, Marruecos) se encontraba todavía en su país natal, aunque ya estaba pensando en emigrar. Tenía 20 años cuando llegó su visado. Tuvo que vencer el miedo y preparar todo para coger un avión. También empezó cuidando a una niña, y tampoco quería deshacer su equipaje. Ninguna hablaba español. El panorama es muy diferente dos décadas después. Asfaw, Sillah y Boukat han concluido con éxito sus rutas hacia la integración.

Las tres obtuvieron la nacionalidad española diez años después de llegar a Madrid, el período mínimo de residencia continuada que les exige la ley para adquirirla. Este tiempo se reduce a dos para los migrantes procedentes de Latinoamérica o Guinea Ecuatorial, entre otros. En España, residen 1.807.706 personas procedentes de África. En 2020, 37.195 inmigrantes obtuvieron la nacionalidad, la mayor cifra desde 2016. De ellos, un 40% fueron mujeres.

Asfaw ha pasado 23 años, casi la mitad de su vida, en España. Los últimos 14 ha trabajado con contrato indefinido en un hipermercado, donde también fue encargada durante cinco años. Desde que llegó, ha vivido en Torrelodones (Madrid). Parece conocer a todo el mundo y se siente orgullosa de ello. En el tiempo que toma un té, saluda a una decena de personas. “¡Hola, guapa! ¿Cómo estás?”, pregunta con alegría a cada conocida que pasa a su lado. Aprendió español en su día a día, al estar en contacto con compañeros y clientes.

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Mientras vivía en Etiopía, Asfaw, o Nikki como la llaman cariñosamente, consiguió un empleo a través de la embajada española en su país después de haber estudiado la carrera de Turismo. Con el tiempo, también logró que llegaran a Madrid con un contrato laboral dos de sus nueve hermanos. “El resto se quedó allí porque tienen un buen trabajo. Mi familia está muy bien, muy estable”, relata. Aunque en África no tenía una mala situación económica, su país todavía sufre problemas de desarrollo. Eso llevó a Asfaw a pensar en emigrar desde muy pequeña: “Siempre tenemos sueños”, admite.

Un caso similar es el de Sillah. Lleva 24 años en España y ha trabajado 14 en una residencia de mayores. Desde que llegó, ha vivido en el pueblo madrileño de La Cabrera, donde tanto ella como su familia están completamente integrados. Sus cuatro hijos han nacido en esa localidad y uno es concejal del Ayuntamiento del municipio. Pese a todo, extraña su tierra. Dejó atrás a su madre, sus hermanos y al resto de su gente. Sus primeros años no fueron fáciles. Estuvo limpiando casas de manera irregular: “Nunca me atreví a preguntar por un contrato. Tenía miedo de sacar el tema y que me echaran a la calle”. Con el tiempo, gracias a que su marido sí tenía un contrato laboral, consiguió regularizar su situación. En España, no pueden expulsar a uno de los cónyuges si su pareja tiene empleo y estabilidad.

Boukat se expresa con rapidez, como quien tiene muchas tareas pendientes y poco tiempo que perder. Trabaja como encargada en una empresa de limpieza y supervisa la labor de una veintena de personas. Asegura que nadie le ha regalado nada. Se muestra orgullosa y segura de sí misma por haber logrado llegar a donde está con esfuerzo y dedicación. Su primer empleo en España lo obtuvo hace más de 20 años como cuidadora de una niña. Sin embargo, antes de tener esa opción, los amigos de sus hermanos, en Italia, solo le ofrecían casarse con ella para que pudiera salir de Marruecos, en lugar de ayudarla a buscar una salida laboral. Esto la empujó a emigrar a Madrid. Ya no le queda nadie en su ciudad natal. Sus hermanos viven en Italia y sus padres ya han fallecido. “¡Cuando voy allí de vacaciones, me siento rara!”, confiesa.

La suerte juega un papel fundamental cuando se trata de migrar, como insiste Asfaw: “Vine con empleo y lo mantengo, pero muchos no han tenido esta fortuna”. Agradece haberse encontrado con personas que la han ayudado de forma desinteresada. Aun así, sabe que no todos los migrantes pueden decir lo mismo: “Mucha gente sí ha sufrido. Muchas amigas me cuentan cosas como que, cuando quieren hacer amistad, no confían en ellas. Racismo hay en algunos sitios. Todavía queda. Pero, gracias a Dios, yo no me siento de esa forma”. Sillah y Boukat, tampoco. Pese a todo, Boukat asegura que siempre ha tenido que hacer el doble de trabajo para conseguir aquello que le correspondía. Se muestra orgullosa por haber logrado llegar a donde está hoy.

Las tres coinciden en que la vida de los migrantes al llegar a Occidente se ve de forma idílica en sus lugares de origen: “Allí piensan que, cuando emigras a otra parte, ya tienes coche y casa, pero no es así. Hay que esforzarse mucho”, admite Asfaw. “Lo pintan todo bonito. No saben que si no tienen fuerza y valor desde el principio van a quedarse igual que en los lugares en los que nacieron”, añade Boukat. Sillah asegura que los medios de comunicación de su país no muestran la realidad. “Mucha gente viene engañada en busca de una vida mejor para su familia y acaban perdiendo a su hijo por el camino. Es muy duro”, lamenta.

Boukat se casó con un marroquí, también de nacionalidad española, y sus hijos han nacido en la Península. Afirma que su vida está en España y no se le pasa por la cabeza regresar a su ciudad natal. Asfaw no descarta el regreso a Etiopía, pero tampoco cree que pudiera acostumbrarse a estar en el país africano después de haber pasado casi la mitad de su vida en España. Por el contrario, Sillah confiesa que le gustaría volver a Gambia algún día: “Cuando me toque la lotería, volveré”, bromea. Todas tuvieron que renunciar a su nacionalidad para obtener la española. Aun así, no se arrepienten.

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