Muere el artista plástico Vicente Rojo

El pintor, editor y figura de la gráfica mexicana moderna fallece a los 89 años en Ciudad de México

Vicente Rojo posa para una fotografía durante una entrevista en su estudio en Coyoacán en 2019.
Vicente Rojo posa para una fotografía durante una entrevista en su estudio en Coyoacán en 2019.Gladys Serrano

El artista Vicente Rojo ha fallecido por complicaciones cardiacas la tarde de este miércoles en Ciudad de México, según ha confirmado a este diario su pareja, la poeta Bárbara Jacobs. Rojo (Barcelona, 1932) fue uno de los pilares de la gráfica mexicana de la segunda mitad del siglo XX y uno de los creadores más fecundos de una generación de artistas que sometió a diversas disciplinas a un diálogo que dio forma a la plástica mexicana moderna. El artista había cumplido este lunes 89 años. En un homenaje reciente que le hizo el Gobierno mexicano, a través de su secretaría de Hacienda, el pintor abstracto y editor dijo: “Todo lo que he hecho ha sido ayudarme por la vida, ayudarme por mi vida, por mi manera de vivir. Supongo que ya a mi edad la muerte puede andar por ahí, pero no me preocupa”.

Vicente Rojo nació en Barcelona en 1932. Su padre, Francisco, miembro del Partido Socialista, inició el viaje en 1939 desde Burdeos rumbo al puerto de Veracruz en el barco Ipanema, un vapor que llevaba en su vientre a otros 994 refugiados españoles. El futuro artista era sobrino del general Vicente Rojo, último jefe del Estado Mayor del Ejército Republicano y quien organizó la defensa de Madrid frente a las tropas franquistas, y así fue bautizado. Con siete años en ese entonces, se quedó con su madre en la Ciudad Condal para reencontrarse con su padre en México una década después. “Lo conocí con 17 años, pero durante todo ese tiempo mi madre tuvo la habilidad de hacer que estuviera siempre presente en la casa. Mi madre nos hablaba de él, leíamos juntos las cartas censuradas que llegaban o yo le mandaba pequeños dibujos en la correspondencia”, contaba el artista en 2019 en una de sus últimas entrevistas con EL PAÍS. Rojo preparó aquel año una muestra sobre el viaje que inició la historia familiar en este continente. A su llegada, Vicente se reencontró con su padre, una unión que él calificó de “libertad luminosa”.

Rojo tenía 17 años cuando llegó a México. Sin tener demasiada idea del país que lo acogía, confesó a Elena Poniatowska que al llegar sintió que este era su lugar. Lo había conquistado la luz maravillosa y el suave trato de los mexicanos. Se instaló con su familia en la colonia Narvarte, una céntrica urbanización de clase media de Ciudad de México, que ya en aquellos años vivía un pujante boom económico. A Rojo le llamaba la atención la vida pública de los pintores. “Opinaban de todo: política, historia, educación, deportes”, confesó a la premio Cervantes.

Rojo buscó entre sus conocidos a alguien que le hiciera de maestro. Lo encontró en Miguel Prieto (1907-1956), quien lo introdujo en el diseño gráfico. Con los años, esta iba a ser una de las huellas definitivas de Rojo en la cultura mexicana gracias al estilo que imprimió en dos periódicos, La Jornada y Unomásuno, a los cuales les añadió un toque personalísimo y un fuerte rechazo a la publicidad. El fogueo en la gráfica periodística, sin embargo, lo hizo como asistente en el influyente suplemento de México en la cultura, dirigido por Fernando Benítez, uno de los principales intelectuales del país de la época. La industria editorial también cambió gracias a ERA, un sello que fundó en 1960 con sus amigos, los hermanos Neus, Jordi y Quico Espresate y José Azorín, todos ellos exiliados españoles como él.

La fuente de pirámides en la sede de la Cancillería mexicana, obra de Vicente Rojo.
La fuente de pirámides en la sede de la Cancillería mexicana, obra de Vicente Rojo. JEFF GREENBERG (GETTY IMAGES)

Su educación formal fueron seis años en La Esmeralda, la importante escuela de la plástica mexicana donde fueron maestros Diego Rivera, Frida Kahlo, José Chávez Morado, Raúl Anguiano y Agustín Lazo. Este último, uno de los padres del surrealismo en México, fue una de las primeras influencias locales para Rojo, quien solo permaneció seis meses en la academia. Siguió pintando por su cuenta hasta que en 1958 hizo su primera exposición en una galería independiente. Un año antes, en 1957, Rojo se casó con la editora y promotora cultural Alba Cama, quien fue su esposa hasta que falleció en 2003 tras una larga enfermedad. La hija de ambos, la matemática y escultora Alba Rojo Cama, falleció en agosto de 2016 a consecuencia de un cáncer. El año que enviudó, Rojo se hizo compañero de Jacobs, quien fue pareja de Tito Monterroso por tres décadas hasta su muerte.

Con los años sesenta llegó una época de rico intercambio. El artista comenzaba a encontrar su voz, que fue afinando después de trabar amistades con los pintores Alberto Gironella, Manuel Felguérez y Fernando García Ponce. Todos estos, protagonistas del movimiento de ruptura dentro de la plástica mexicana, que significó un corte con la pintura figurativa y una apuesta por la abstracción y el juego con las texturas y la geometría.

Cuauhtémoc Medina y Amanda de la Garza, curadores de Escrito/Pintado, la última gran retrospectiva de Rojo, montada en México en 2015, llamaron al artista un triple agente de la cultural local. “La sinergia de su contribución como diseñador gráfico, pintor y editor tuvo un peso en la vida cultural del país solo comparable a la de intelectuales públicos como Fernando Benítez, Octavio Paz, Jaime García Terrés, Carlos Monsiváis, Fernando Gamboa o José Emilio Pacheco”, escribieron los comisarios.

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Esa triple cualidad que rescatan los expertos puede ilustrarse con el caso de 1968. Rojo dedicó el año a tratar de sacar adelante dos colaboraciones con Octavio Paz, quien ese entonces era el embajador de México en la India. El artista se enteró de que el escritor ultimaba un ensayo, a pedido del MOMA de Nueva York y el Museo de Arte de Filadelfia, sobre Dados: 1. La Cascada, 2. El Gas de Alumbrado, obras de Marcel Duchamp. Vicente se ofreció en una carta a editar el texto. De aquel intercambio epistolar se originó el libro-maleta Marcel Duchamp o El castillo de la pureza (ERA, 1968), que se convirtió en una obra misma, con textos del vanguardista francés traducidos por Tomás Segovia y facsímiles metidos en una caja con una cubierta en forma de tablero de ajedrez. “Duchamp se va a poner muy contento”, escribió el Nobel mexicano por carta cuando tuvo el artefacto de Rojo en las manos.

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Sobre la firma

Luis Pablo Beauregard

Es uno de los corresponsales de EL PAÍS en EE UU, donde cubre migración, cambio climático, cultura y política. Antes se desempeñó como redactor jefe del diario en la redacción de Ciudad de México, de donde es originario. Estudió Comunicación en la Universidad Iberoamericana y el Máster de Periodismo de EL PAÍS. Vive en Los Ángeles, California.

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