Encontrar una casa para Pollito: el desalojo que movilizó a los vecinos de Serapio Rendón

Arnoldo Pérez tiene 79 años y llevaba tres viviendo en una camioneta en la colonia San Rafael cuando la alcaldía Cuauhtémoc le quitó sus pertenencias y lo dejó en la calle sin alternativa de vivienda

Arnoldo Pérez en el puesto de revistas de su amigo Héctor Ángel Márquez, el 14 de junio.
Arnoldo Pérez en el puesto de revistas de su amigo Héctor Ángel Márquez, el 14 de junio.Alejandra Rajal

Oyó los golpes y corrió la cortinita del vidrio de la camioneta. Vio dos patrullas y una grúa de la delegación Cuauhtémoc, de Ciudad de México. “Ahí está, está ahí adentro”, dijeron, “bájese, bájese”, apuraron. Se puso los pantalones que estaban doblados para no arrugarse, el cubrebocas, los zapatos, no le dio tiempo a los calcetines, y salió del vehículo. “Nos vamos a llevar su camioneta, nos la reportaron como abandonada”, advirtieron. A Arnoldo Pérez, de 79 años, le empezó a entrar el nerviosismo: “Pero no lo está, yo la cuido”. Pidió unos minutos para que llegara el dueño del auto. “Espérenme tantito”. Mientras, bajó algunas cosas: una mesa doblada, dos bancos. Pero los agentes cerraron el pestillo. Dentro se quedó su celular nuevo, la licuadora, la plancha para la ropa y la ropa, la radio vieja y grande. “Oigan no sean así, respétenme que soy una persona de la tercera edad, a dónde me mandan, no sean así, por favor”, insistió y no sirvió. Un miércoles de mediados de mayo, con una pandemia y sin alternativa de domicilio, Arnoldo Pérez, conocido como Pollito, se vio en la calle.

Han pasado varias semanas y este hombre flaco y erguido camina por Serapio Rendón, en la colonia San Rafael, saludando a cada paso, conoce al portero y al taquero. Describe los hoteles de una y otra banqueta. Todos tienen nombres de ciudades españolas, cuenta. Y habla del fútbol, que le da muy buenos ratos, y de que le encanta el Barcelona y el Madrid, pero que él le va al América, siempre. Anda rápido y se detiene poco. En un momento señala una camioneta desvencijada, con marcas de óxido y lluvia, cubierta por una lona roja. “Ese era mi dormitorio”, dice y sigue caminando por la calle en la que vivió los últimos tres años.

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El 19 de mayo, tras una denuncia ciudadana, los agentes de la delegación Cuauhtémoc, entonces dirigida por Néstor Núñez, acudieron a Serapio Rendón 113 a llevarse una camioneta reportada como abandonada. Dentro Arnoldo Pérez escuchaba la radio. Pudo ser Encuentro con tu ángel, En tu camino o Radio María. No lo recuerda bien. “Me gustan los pasajes de la Biblia y eso estaba escuchando cuando había mucha algarabía afuera”. Trató de contar a los policías que él no era el dueño de la camioneta, pero que este, que estaba comprando despensas en el mercado de La Merced, venía ya de camino para explicarles. Dice que le hicieron a un lado. Acudieron los vecinos y a gritos preguntaron a dónde se llevaban la camioneta.

El Pollito recuerda esa mañana hablando despacito, subiéndose el cubrebocas que se baja a cada rato. La tela le tapa un bigote poblado y una nariz aguileña; le enmarca unos ojos muy claros. Mira fijamente y pide perdón las pocas veces que pierde el pie del relato. Dice que cuando le desalojaron tuvo miles de ideas. “¿Qué voy a hacer? Qué vergüenza con mi hijo, va a pensar que me corrieron. ¿Qué voy a hacer con mis cosas?”. Algunas se las dijo a los agentes que le dejaron sin casa: “Ustedes vienen por la camioneta, pero no por las cosas, esas cosas son mías, luego se las roban. Estamos en plenas votaciones, yo tengo ahí mis documentos, con qué voy a votar, y mire cómo estoy, sin ropa, sin cobija, sin nada”.

Arnoldo Pérez, en la colonia San Rafael, el 14 de junio del 2021.
Arnoldo Pérez, en la colonia San Rafael, el 14 de junio del 2021.Alejandra Rajal

Arnoldo Pérez terminó viviendo en esa camioneta varada después de conducirla durante años. Cuando el dueño dejó de pagar el permiso de circulación, empezó a utilizarla como un puesto fijo en el que vender comida preparada. El Pollito la lavaba y la vigilaba. Recibía como pago 100 pesos a la semana, unos cinco dólares, y una comida al día. Dormía en la parte delantera, donde guardaba sus cosas. En los negocios u hoteles de alrededor le permitían ir al baño y asearse. Cada mañana se planchaba los pantalones y las camisas y salía a esperar sonriente a los clientes. La cena se la preparaba con una parrilla y un tanque de gas. “Para economizar”, cuenta. Arnoldo Pérez trabajó desde que se quedó huérfano con 11 años. Fue reponedor y velador en una gasolinera, fue chófer y mudancero. Pero no cuenta con ahorros ni propiedades. “No me titulé de nada, y pues el poco dinero que uno gana aquí o allá no llega para comprarse un cuartito o un apartamento”, dice. Recibe 1.200 pesos al mes (50 dólares) de ayuda del Gobierno. Él se la calcula en días: tiene 45 pesos para gastar cada jornada.

Lo que pasó después del desalojo tiene nombre de red vecinal. “Una señora de por aquí, que es licenciada, me palmeó el hombro, me vio tan afligido que me dijo ‘si quiere llorar, llore, para que se desahogue’. Sí lloré”, dice sentado en una cafetería a pocos metros de allí. Fueron los vecinos quienes pusieron dinero para encontrarle una habitación, los que se informaron del corralón en el que estaba la camioneta, le acompañaron y hablaron con los agentes para que pudiera entrar a por sus cosas. “No se llevaron nada, estaba todo”, cuenta feliz. Fueron los vecinos quienes le prestaron las maletas para guardar sus pertenencias, quienes le pagaron comidas y cenas, quienes evitaron con cobijas que pasara frío por las noches.

Una vez recuperó todo, el Pollito se fue al sur, a vivir a casa de su hijo. Todavía está adaptándose, porque dice que allí todos andan siempre con la computadora y le falta con quien platicar. Pero está feliz de ver a sus nietos crecer. Dos o tres veces a la semana agarra un pesero y dos líneas de metrobús y vuelve a Serapio Rendón. Aquí viven su hermano y sus sobrinas, aquí trabaja su amigo Héctor Ángel Márquez, a quien conoce desde que el kioskero tenía 18 años. “Vengo con mucho amor, porque yo conocí esta colonia, esta cuadra, desde el 82, ya lo siento como parte de mi vida”, cuenta y recuerda cómo le salvaron sus vecinos de esta calle a la que todavía denomina “su guarida”.

La camioneta en la que Arnoldo Pérez vivió durante tres años en la calle Serapio Rendón.
La camioneta en la que Arnoldo Pérez vivió durante tres años en la calle Serapio Rendón. Alejandra Rajal

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Beatriz Guillén

Redactora de EL PAÍS en México. Trabaja en la mesa digital y suele cubrir temas sociales. Antes estaba en la sección de Materia, especializada en temas de Tecnología. Es graduada en Periodismo por la Universidad de Valencia y Máster de Periodismo en EL PAÍS. Vive en Ciudad de México.

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