Vecinos del cerro Chiquihuite: “Cayeron piedras esta misma semana y no hicieron nada”

Pobladores de la colonia Lázaro Cárdenas, en Tlalnepantla, denuncian deslaves previos a la fatal avalancha que aplastó varias casas este viernes

Rescatistas en la zona del deslave, este viernes.
Rescatistas en la zona del deslave, este viernes.EDGARD GARRIDO (Reuters)

No había quién calmara a Sara López este viernes cuando, ya de noche, un militar le dijo el nombre de una de las víctimas del deslave del cerro Chiquihuite: María Martínez. “¡Era amiga de la familia de toda la vida!”, sollozaba la mujer, que había dejado su casa en la tarde ante el peligro de nuevos derrumbes. “¿Es seguro que es ella?”, le preguntaba al militar, integrante del Equipo de Respuesta Inmediata a Emergencias o Desastres del Ejército (ERIED). El militar contestó que sí.

Acompañada de su hija, López, de 51 años, inició entonces una diatriba sobre la soledad de los vecinos del cerro, abandonados por las autoridades del Estado y de Tlalnepantla, su municipio, atendidos solo cuando la tragedia es real y definitiva. “Esta misma semana cayeron piedras. El martes fue. Llamamos, reportamos y no hicieron nada. Siempre es lo mismo”, protestaba la mujer frente al sargento del ERIED, que le daba la razón mientras apuraba un taquito de pollo con huevo, antes de volver al trabajo en el deslave.

Cientos de integrantes de otros tantos equipos de rescate -de Cruz Roja, de Protección Civil municipal y estatal, de la Policía, de los benditos y sísmicos Topos- hacían turnos en la falda del Chiquihuite, buscando supervivientes de la avalancha de tierra y piedras de la mañana. Pasada las 13.00 del viernes, toneladas de roca se desprendieron de la ladera del Chiquihuite, cayendo sobre las filas de casas más altas, aplastando varias viviendas y sus ocupantes. Hasta este sábado por la mañana, las autoridades cuentan al menos dos muertos y 10 desaparecidos.

Los equipos de rescate trabajaban a destajo. Mientras unos sacan piedras y auscultaban el desastre, los demás retomaban fuerzas. El Gobierno del Estado ha anunciado el desalojo de al menos 80 familias como medida de prevención. El municipio ha habilitado varios albergues para alojar a los vecinos. La tragedia cierra así una semana terrible en el centro del país, después de las inundaciones en Tula, en el Estado de Hidalgo, que dejaron 17 muertos en un hospital o la tromba de agua que mató a dos personas en Ecatepec.

Como suele ocurrir en tragedias así, el barrio se ha organizado deprisa. Locatarios de un mercado cercano instalaron un comedor de campaña el viernes en una caseta de latón junto al perímetro de la zona cero, repartiendo agua, café, tacos y refrescos. En este tipo de situación, cualquier gesto amable redunda en esperanza colectiva.

El viernes, la señora López y el militar hablaban junto al puesto de comida. La mujer decía que ella tenía sus papeles en regla y que la casa ha pertenecido a su familia desde hace 50 años. Otro señor se acercó y explicó que los deslaves, comunes en ese lado del cerro, no suelen denunciarse porque muchos vecinos, paracaidistas de otros lados, construyeron su casa sin permiso y temen que les echen.

Otros habitantes del Chiquihuite contaban igualmente historias de deslaves recientes. Juan Carlos Cortés, de 37 años, explicaba por ejemplo que 20 días atrás otra roca se había desprendido de la ladera. “Vinieron los policías, tomaron fotos y se fueron, pero no hicieron nada. Igual que Protección Civil”, dijo. El hombre añadió que “por suerte, la piedra cayó al costado de una casa”.

Arrinconados al silencio mediático, la experiencia previa de los vecinos con los deslaves figura en el centro de la tragedia. La idea de que un desprendimiento así era previsible, más después del sismo del martes, apunta a las autoridades locales y estatales. Pero también señala la incapacidad de un país para atender necesidades básicas de sus ciudadanos, como evitar su aplastamiento por piedras enormes.

Vista la cantidad de rocas caídas sobre las casas del cerro, resulta complicado pensar en un calendario de rescate. Aupadas sobre pendientes imposibles, la zona del desastre es inaccesible para camiones o excavadoras. Cuanto más altas figuran las calles también son más estrechas, hechas de escalones. El sargento del ERIED señalaba que estarían muchos días quitando piedras del espacio que alguna vez ocuparon un puñado de casas humildes.

Para Guillermo García, un muchacho de 15 años que asistía callado al movimiento de los equipos de rescate, la vida ha cambiado para siempre. A la hora del deslave estaba acabando de desayunar. Escuchó un ruido terrible, salió al patio y vio una catarata de piedras descargándose montaña abajo. Sus siete perros trataron de huir, pero uno quedó atrapado bajó una de las rocas, que destruyó la barda de la vivienda. Bloqueado, salió a la calle y se fue con su mamá a pedir ayuda. Copo, el perro, se quedó en la casa, esperando. Luego ya no le dejaron volver. Mientras la noche se instalaba en el cerro del Chiquihuite, el muchacho explicaba que Copo es blanco y gris, mediano, con el pelo corto. Solo quería volver a buscarlo.

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Sobre la firma

Pablo Ferri

Reportero en la oficina de Ciudad de México desde 2015. Cubre el área de interior, con atención a temas de violencia, seguridad, derechos humanos y justicia. También escribe de arqueología, antropología e historia. Ferri es autor de Narcoamérica (Tusquets, 2015) y La Tropa (Aguilar, 2019).

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