Biden tiende la mano a López Obrador: “Somos más fuertes cuando trabajamos juntos”

El presidente de EE UU responde al mandatario mexicano sobre su interés en fomentar programas sociales en Centroamérica “para disuadir a los posibles migrantes de que huyan de sus hogares”

Un hombre haitiano con su hija a hombros cruza el Río Bravo entre Del Río (Texas) y Ciudad Acuña (México), este 22 de septiembre de 2021.
Un hombre haitiano con su hija a hombros cruza el Río Bravo entre Del Río (Texas) y Ciudad Acuña (México), este 22 de septiembre de 2021.Teresa de Miguel

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha respondido a la carta que hace un mes envió su homólogo mexicano, Andrés Manuel López Obrador, sobre la urgencia de atajar juntos la migración irregular. Biden ha asegurado que entre las prioridades de su agenda, con el consiguiente presupuesto, se encuentra el fomento de los programas sociales para Centroamérica con el objetivo único de disuadirlos, evitar que “huyan de sus hogares”. En el mismo sentido se refería López Obrador en su primera misiva, enviada en plena crisis de miles de migrantes varados al norte y sur de las fronteras mexicanas, uno de los peores colapsos migratorios de la historia reciente. “Somos más fuertes cuando trabajamos juntos”, ha remarcado Biden.

Los dos mandatarios se han enfocado en acelerar los programas sociales destinados principalmente a El Salvador, Guatemala y Honduras, de donde son la mayoría de migrantes que desde hace décadas se juegan la vida atravesando México para cruzar al único destino con oportunidades de una vida mejor, Estados Unidos. Sobre este punto, López Obrador presumía unos de sus proyectos estrella aplicados en Chiapas, Jóvenes Construyendo el Futuro y Sembrando vida. Dos planes que consisten, el primero en dar trabajo a 30.000 jóvenes con un salario mínimo para su capacitación en diferentes oficios; y el segundo, en plantar 200.000 hectáreas de árboles frutales y maderables que dio trabajo, según la información oficial, a unos 80.000 campesinos con un salario para cultivar esas tierras. El presidente mexicano le pedía a Biden ayuda para llevar estos dos proyectos a los países centroamericanos.

Sobre este punto, Biden ha remarcado que su país ha destinado más de 600 millones de dólares “en asistencia internacional” al triángulo centroamericano. Y además, ha pedido otros 861 millones adicionales con el mismo propósito. “A través de una variedad de programas, estamos abordando la inseguridad económica, la desigualdad, la lucha contra la corrupción, la seguridad y la violencia de género en Centroamérica: desafíos que impulsan a las personas a tomar la difícil decisión de irse”, insiste el presidente estadounidense en su carta de respuesta.

Los dos mandatarios parecen ponerse de acuerdo en que de poco sirve la contención en las fronteras — “el innecesario muro fronterizo”, ha recalcado Biden— si no se insiste en resolver las causas en los países de origen. Si el hambre, la violencia y la falta de oportunidades brincan cualquier valla, cruzan cualquier río. “Su carta mencionó la necesidad de elevar las condiciones de vida de los más vulnerables en nuestra región: un objetivo que comparto profundamente”, comenta Biden.

López Obrador fue específico en un punto que Biden no ha aclarado. El presidente mexicano pedía directamente que se les otorgaran visas temporales de trabajo: “El gran desafío que usted ha asumido con ejemplar responsabilidad de modernizar vías de comunicación, edificar escuelas, hospitales, centros deportivos, viviendas, y otras obras o servicios, requerirá de un gran ejército de trabajadores de la construcción y es probable que para conformarlo se necesite la mano de obra de los migrantes centroamericanos”, proponía López Obrador. Por su parte, Biden ha sido ambiguo: “Estamos trabajando para mejorar el procesamiento y para que identifique mejor a las personas que tienen solicitudes legítimas de asilo y otras formas de protección, mientras desechamos rápidamente a las que no lo tienen”.

Pese a las promesas y pactos de ambos presidentes, la realidad es que disuadir a miles de migrantes no solo centroamericanos, sino también haitianos, cubanos, venezolanos, de quedarse en sus países de origen resulta algo utópico. La realidad es que pese a los exabruptos del expresidente Donald Trump contra los migrantes, incluidos mexicanos, a la construcción del temido muro, la política de Biden a casi un año de su mandato no ha supuesto un giro en la estrategia migratoria. Todo lo contrario.

No se han revertido medidas perversas para los solicitantes de refugio, pues sigue vigente el acuerdo pactado con México que obliga a muchos de ellos a esperar su solicitud de un tribunal de Estados Unidos del otro lado de la frontera, sin importar la nacionalidad. El famoso Quédate en México (Remain in Mexico) se suma también al incremento notable de las detenciones, más de 1.245.000, un 172% más que en 2020 y un 27% más que en 2019, cuando gobernaba con mano de hierro Trump, según las cifras oficiales.

Las imágenes de mediados de septiembre del colapso de la frontera con Estados Unidos por miles de haitianos tratando de cruzar el río Grande —que colinda con Texas— y la dura represión de la patrulla fronteriza estadounidense, exhibieron de nuevo las grietas de una política migratoria que en la práctica busca contener y perseguir a quienes huyen de la miseria. México ha cumplido todos los mandatos de su vecino del norte desde que gobernaba Trump y se ha convertido en un gigantesco muro para frenar la creciente oleada de miles de ellos, asumiendo tanto en sus municipios del norte, como en los del sur —que suponen la entrada— una crisis humanitaria sin precedentes.

Unas localidades como Tapachula (Chiapas) o Ciudad Acuña (Coahuila) rebasadas por miles de migrantes varados, sin otra misión que pedir el refugio en México y esperar una resolución que se puede alargar hasta un año. Las autoridades encargadas de los trámites, como la Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado, con menos presupuesto con relación a la crecida de la demanda, trabajan a marchas forzadas para regularizar a más de 100.000 extranjeros que calculan que este año cruzarán el país. Y mientras tanto, estos municipios rurales del sur o dependientes de la manufactura estadounidense en el norte, observan cómo sus calles se han convertido en un campo de refugiados sin apenas ayuda internacional, sin lonas blancas ni más estrategia que el abandono.

La violencia en Centroamérica no ha cesado, después de años de acercamientos diplomáticos, antes con el Gobierno de Trump y ahora con el de Biden. Tampoco lo ha hecho el hambre y la miseria que han acarreado los desastres naturales, en Haití o en Honduras, y recientemente la crisis económica derivada de la pandemia. Cada año parece haber más motivos para huir.

Biden y López Obrador enfrentan uno de los mayores retos migratorios de la historia y se han comprometido a hacerlo unidos. La urgencia mencionada por el mandatario mexicano para cortar el problema de raíz está en consonancia con las prioridades de su homólogo estadounidense. Algo que no sucedía con Trump, una política diplomática frente a la migración asentada en amenazas y chantajes. “Nuestro pasado y presente están entrelazados, así como nuestro futuro. Sé que sobre esta sólida base de asociación podemos acercarnos a este desafío regional de una manera que se mantenga firme, con las esperanzas que cada uno tiene para nuestros países”, ha rematado Biden en su carta.


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Elena Reina

Elena Reina es redactora de la delegación de México de EL PAÍS desde 2014. En 2020 ganó el Premio Gabriel García Márquez de Periodismo por la cobertura de la crisis migratoria en la frontera sur. Se ha especializado en temas de narcotráfico, migración y violencia de género.

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