Claudio Lomnitz: “El canibalismo es un instrumento terrorista y de competición entre cárteles”

El antropólogo lanza una reflexión sobre el auge de esta práctica en México como una forma de sellar lealtades dentro de los grupos criminales

Álvaro de León, integrante de los Narcosatánicos, es arrestado en Ciudad de México en mayo de 1989.
Álvaro de León, integrante de los Narcosatánicos, es arrestado en Ciudad de México en mayo de 1989.AP

Cuando el antropólogo Claudio Lomnitz (Santiago de Chile, 65 años) propuso el canibalismo como parte de su ciclo de conferencias en el prestigioso Colegio Nacional, el personal de la institución cultural y científica mexicana quedó descolocado. “Entendemos que estará hablando de manera metafórica, en un terreno simbólico”, quisieron asegurarse, con mucha educación. Pero el antropólogo iba en serio. Quería hablar de la ingestión de carne humana como un fenómeno antropológico que dice algo sobre las sombras del México contemporáneo. “Es realmente un suceso muy atroz, pero que no se entiende lo suficiente”, asegura en entrevista por videoconferencia con este diario.

El integrante del Colegio Nacional y profesor de la Universidad de Columbia (Estados Unidos) se ha propuesto hacer una reflexión sobre un “nuevo canibalismo” presente en el país desde los años ochenta y vinculado al narco. La práctica es, de acuerdo a Lomnitz, una manera de sellar un “pacto de lealtad” dentro de bandas del crimen organizado y de atemorizar a los enemigos. “El canibalismo se ha convertido en un instrumento terrorista y de competición entre los cárteles de la droga”, explica el antropólogo, que creció en Ciudad de México. Su tono tranquilo y erudito no flaquea ni siquiera cuando se adentra en los detalles más escabrosos. A la primera conferencia celebrada el martes le seguirán otras dos a lo largo de junio.

El punto de partida del autor de Idea de la muerte en México es el caso de los Narcosatánicos, que ocupó primeras planas en los años ochenta. Este grupo criminal, que operaba en Matamoros y Ciudad de México, sacrificó y descuartizó a decenas de personas. Con las partes mutiladas, llevaban a cabo rituales en los que se bebía un caldo que prometía invisibilidad ante las balas. Su líder, Adolfo Constanzo, era un brujo cubanoamericano vinculado al Cartel del Golfo que había aprendido de su madre el culto del Palo Mayombe.

En 1989, el grupo secuestró a un estudiante estadounidense, Mark Kilroy. La presión de Estados Unidos llevó a las autoridades mexicanas a estrechar el cerco. Durante un operativo antinarcóticos, la policía descubrió en un rancho 12 cuerpos enterrados en fosas, varios desollados, entre ellos el de Kilroy. En el complejo había, además, un adoratorio, un caldero ritual con sangre y sesos humanos quemados y un tambo [tonel] donde parecían haber hervido a algunas de las víctimas. Constanzo y su amante murieron unos meses más tarde en Ciudad de México en el transcurso de una balacera con la policía.

Los Narcosatánicos marcan un antes y un después en la práctica del canibalismo en México. Lomnitz distingue este caso de otros, como el de los sociópatas que actúan por su cuenta o el de los marinos a la deriva que se ven obligados a comer restos humanos. O el apetito del muralista Diego Rivera por este tipo de alimento como dieta saludable y reivindicativa del México prehispánico. Por el contrario, en los Narcosatánicos no había desesperación ni era una acción puramente individualista.

Para Lomnitz, este “nuevo canibalismo” buscaba sellar la complicidad y el silencio dentro de una red del crimen organizado. El dinero y la amenaza no eran suficientes para lograrlo; se necesitaba un elemento cultural o psicológico. “Los Narcosatánicos son otra cosa. Se trata de sacrificios humanos, pero al servicio de una organización criminal. No hay precedente hasta donde yo conozco en la historia de México”, señala. Con base en testimonios de narcos y cercanos de Constanzo, el antropólogo cree que el patrón y uno de los clientes del brujo era el paranoico jefe del Cartel del Golfo Juan García Ábrego.

El antropólogo Claudio Lomnitz, en una imagen sin fechar.
El antropólogo Claudio Lomnitz, en una imagen sin fechar. EDUCAL

El auge de la secta se da en un contexto particular, justo cuando los carteles mexicanos se alían con los colombianos para traficar cocaína hacia Estados Unidos. Veinte años antes del inicio de la guerra contra el narco, el Estado, debilitado e incapaz, ya se ve desbordado por el crimen organizado. “Es un Estado que se caracteriza por mucha centralización, mucho énfasis en la soberanía y muy poca capacidad para regular la economía ilícita y para utilizar la violencia para regularla. Ese repliegue de ciertas funciones clásicas del Estado deja la cancha abierta a estas organizaciones”, explica Lomnitz.

Los Narcosatánicos son los precursores, según este análisis, de una práctica que se ha extendido hasta la actualidad. En agosto de 2020, el Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) difundió un video en el que un sicario con capucha se come el corazón de un miembro de un cartel enemigo. “¡Los vamos a exterminar a todos!”, jalean otros narcos, según recogieron algunos medios. El CJNG, considerado el grupo criminal más poderoso del momento, acostumbra a hacer demostraciones públicas de fuerza, como desfiles con armamento de alto calibre, para intimidar a las autoridades o a sus adversarios.

Lomnitz ve en el video del CJNG una señal de que la práctica caníbal del narco ha evolucionado desde sus orígenes en los ochenta. “Mientras que los rituales de los Narcosatánicos eran altamente secretos, la evolución ha sido hacia el uso del canibalismo como instrumento terrorista. El video del CJNG es un acto público de intimidación de un grupo hacia otro. Son piezas que se empiezan a adoptar de manera competitiva entre carteles”, señala.

Sin embargo, el canibalismo va más allá de su utilidad terrorista y se adentra en lo metafísico. Detrás, hay también una “comulgación” en torno a una moral paralela, separada de la sociedad y del Estado, dice Lomnitz. “En estos lugares en donde están obligando a miembros a transgredir un aspecto muy básico de ciertas ideas de civismo para entrar, el sentido es que se está marcando un corte con la moralidad de la sociedad y del Estado”, afirma.

El sacrificio humano era, recuerda Lomnitz, un elemento importante del México prehispánico hasta que la misión “civilizadora” de los conquistadores cristianos lo desmontó. Con todo, descarta que este tipo de canibalismo tenga nada que ver con una vuelta a las raíces aztecas, sino con el auge del crimen organizado y la retirada del Estado. “Estoy seguro de que alguien va a decir que esto está relacionado con la genealogía azteca”, augura. Eso sí, la cercanía del Colegio Nacional con el Templo Mayor de los mexicas le ha provocado una cierta superstición, y bromea: “Espero que no se levanten los muertos hablando de sacrificios humanos”.

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Jon Martín Cullell

Es redactor de la delegación de EL PAÍS en México desde 2018. Escribe principalmente sobre economía, energía y medio ambiente. Es licenciado en Ciencias Políticas por Sciences-Po París y máster de Periodismo en la Escuela UAM- El PAÍS.

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