Columna
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Las mascarillas y las máscaras

Al cubrirnos la cara en una base diaria, pactamos, también como en el teatro, una otredad

Un jardinero con mascarilla trabaja junto a un mural, en Ciudad de México.
Un jardinero con mascarilla trabaja junto a un mural, en Ciudad de México.PEDRO PARDO (AFP)

Soy más bien tímida. A veces cuando miro fotos en Instagram me siento aún más tímida o me siento mal por no estar haciendo algo que quiero hacer y alguien ahí está haciendo y no sé cómo habría cruzado la adolescencia, cuando era más tímida, entre las selfies y las imágenes en las que parece que siempre hay alguien más deportista, más feliz o alguien comiendo algo más rico que lo que estoy comiendo o alguien que hace algo que sueño hacer. Al inicio de la cuarentena, cuando empecé a usar mascarilla, una de las primeras veces salí a la calle con lentes oscuros, que la pasaron empañándose y desempañándose con mi respiración, me acordé de esa timidez adolescente, y sentí cierta seguridad en el saberme cubierta detrás de la mascarilla y los lentes, como si me ocultaran. Como si la mascarilla fuera una fantasía adolescente, selfies invertidas, un escondite. Con los meses que hemos pasado usando mascarilla, parece que más que una forma de ocultarse son una forma de mostrarse. Algunas cosas han cambiado con el hábito de usar mascarilla, como la forma de nombrarlas, al principio les decía cubrebocas o tapabocas, pero visualmente no parece que la palabra sea suficiente porque no incluye la nariz. Hace poco en un puesto en la calle vi unas mascarillas que tenían impresas distintos tipos de máscaras icónicas, como una de Darth Vader y otra del Santo, y quedó aún más clara la relación que hay entre las máscaras y las mascarillas. Con el uso cotidiano, y la cantidad de interacciones que hacemos con mascarilla, su significado se va complejizando.

Hay muchos tipos de máscaras, pero las más pragmáticas quizás sean las máscaras utilitarias. Las que se usan en los deportes, por ejemplo, como en el béisbol o en el esgrima para cubrir las caras de los deportistas, para protegerlos de las bolas o los floretes. También están las que son parte del quehacer laboral, como las máscaras que se usan en la apicultura para recolectar la miel en las colmenas de las abejas o las de los soldadores con una ventanita rectangular, ambas velando totalmente las caras de los trabajadores, como los uniformes que también velan sus cuerpos para protegerlos de las chispas o de las abejas, de pronto tan parecidas chispas y las abejas en una imagen. También hay otras formas y otros motivos para velar los rostros, como los velos blancos en los atuendos de novia en las tradicionales bodas católicas que velan la cara de las mujeres para ser descubiertos por el esposo al momento del matrimonio, y es interesante que simbólicamente, o mejor dicho, patriarcalmente, sea el hombre quien descubre a la mujer y no sea ella quien lo haga, en todo caso, es parte de un rito. Desde la religión se velan los rostros de las mujeres, como los distintos velos en la religión islámica para cubrir el pelo como el hiyab, o como la burka que vela el rostro y el cuerpo de las mujeres. Una máscara barata y fácil de conseguir son las medias de nylon, como lo hemos visto en algunas películas, que sirve para borrar la personalidad de un asaltante, para distorsionar su imagen. Todas estas son máscaras de uso en la vida diaria.

Y está la ficción. Está el teatro. Están las máscaras en el teatro y su larguísima historia. Y, a propósito de las máscaras en el teatro, es interesante lo que escribe el director de escena Luis de Tavira: “La máscara fundó el poder del teatro para representar a todos. El actor se enmascara para desenmascarar a la sociedad, su máscara no es un ocultamiento, es una lupa.” Mientras que en la realidad las máscaras ocultan o protegen, en el teatro ocurre lo contrario, nos muestran. Antonin Artaud, que, por cierto, tiene un texto increíble sobre el teatro y la peste en el que hace varias analogías entre el teatro y algunas epidemias a lo largo de la historia, dice que la peste orilla a las personas a ser tal como son, pues derrumba las formas sociales, desdibuja la autoridad, no hay policía ni gobiernos, porque “se elimina la máscara” y eso nos hace visibles. Y pareciera esta es una ecuación que nos habla del significado de la mascarilla en la vida diaria y la relación que tiene con la máscara en la ficción.

Como en esta pandemia el uso de la mascarilla ha rebasado su uso utilitario, convirtiéndose en una prenda o en parte de la forma de vestir para salir a la calle, es interesante ver qué relación guarda con las máscaras en la vida real y las máscaras en la ficción. Increíble cómo cruza de un lugar a otro, cómo va y viene. Y también cómo su uso puede ser un gesto político, como en el caso de los presidentes de México y Estados Unidos, que se han presentado en actos públicos, deliberadamente sin usar mascarilla mientras que sus equipos aparecen portándola. El mensaje en sociedad de las mascarillas es “yo me protejo y protejo a los demás” y el acto de no traerla es el mensaje contrario, el desinterés por la salud de los demás en un contexto de pandemia. También pueden ser mensajes ecológicos, como las mascarillas lavables, o pueden ser mensajes directos de extrema cautela médica, como las mascarillas N95. También pueden ser mensajes de identidad, de pertenencia a grupos, como puede ser traer el logotipo del equipo de futbol para ser reconocido a distancia por otra persona que le va al mismo equipo. Pero si algo cruza de la ficción a las calles, de las máscaras a las mascarillas, es que son una lupa también. Nos muestran a los demás en afinidades de gusto, en afinidades políticas. Muestran la importancia que le da un funcionario público a la noción de proteger a su entorno y a los demás.

Al inicio de la cuarentena era muy difícil encontrar mascarillas. Pronto empezaron a salir videos en YouTube para hacer mascarillas caseras y pronto se empezaron a comercializar y juntos con ellas se fue haciendo popular el cubrir la gestualidad a la que estamos acostumbrados. Al cubrirnos la cara en una base diaria, pactamos, también como en el teatro, una otredad. Afuera de las estaciones de metro en la Ciudad de México se pueden comprar caretas con impresiones de celebridades, como nada más y nada menos que de Selena o Juan Gabriel, con unos pequeños círculos ventana para los ojos de quien las porta. Para niños y niñas hay caretas de Mickey Mouse o de Bob Esponja, como también hay mascarillas que traen patrones de los dibujos animados favoritos. En las calles también se pueden encontrar mascarillas de bordados de comunidades originarias, mascarillas con logotipos impresos de algunas de las marcas más conocidas o mascarillas con impresos de bocas y nariz de payaso, de besos o de sonrisas, quizás para evidenciar más ahora que nos vemos orillados a gesticular con las manos y con el cuerpo, como al salir al parque y a pasear un perro y no sabemos qué gestos hay detrás de las mascarillas. Cosa que también habla de lo extraño que es para todos usar mascarillas cotidianamente. Con la mitad de la cara cubierta, ahora usamos más el cuerpo para expresarnos y un gesto amable puede ser confuso. Tal vez a muchos nos ha pasado que no articulamos bien o que el volumen se amortigua por la mascarilla y esto nos obligan a exagerar, a veces a subir el tono de voz, y gritar “gracias” y cruza la intención de la gratitud con el grito. Una de las ventajas de usar mascarilla es que se puede cantar discretamente por las calles. Nos obligan a estar más conscientes de nuestra respiración, de nuestro aliento, de nuestra presencia y la de los demás, pues al tiempo que nos cubren también nos descubren, sobre todo, ante los demás.

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