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Columna
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Valiendo queso

Vaya inquietud la de vivir en un país donde el queso que uno almuerza no reúne las mínimas condiciones y el exjefe del Ejército es acusado de narcotráfico

Salvador Cifuentes, con sus escoltas, en septiembre de 2013.
Salvador Cifuentes, con sus escoltas, en septiembre de 2013.EL PAÍS

La que pasó fue una semana difícil para este país. En apenas unos días, los mexicanos vimos seriamente comprometidas a dos de nuestras más populares instituciones: los quesos y el Ejército. Ambas sufrieron golpes de los que les costará recuperarse. ¿A qué me refiero? Si usted pasó en criogenia las últimas horas y no lo sabe, se lo aclaro: el pasado miércoles, despertamos con la noticia de que la Secretaría de Economía había emitido un boletín en el que informaba que una serie de tradicionales marcas de queso no cumplían los requisitos de la norma oficial mexicana y su comercialización sería detenida. Aún no nos recuperábamos del susto cuando, el jueves, el Gobierno de Donald Trump (que, curiosamente, parece más interesado en investigar a nuestras pasadas administraciones que el propio Gobierno mexicano), detuvo en el aeropuerto de Los Ángeles al general Salvador Cienfuegos Zepeda, quién hasta hace dos años ocupaba el cargo de secretario de la Defensa Nacional. Se le acusa de colusión con el narcotráfico.

En las redes se desató la polémica. Nuestros más preclaros exégetas se aplicaron a reflexionar sobre si el golpe a los quesos y el porrazo a las fuerzas armadas nos beneficiarían o nos perjudicarían o todo lo contrario. Pudimos leer a gente que asegura que el Gobierno se anotó un golazo con la restricción a los lácteos fuera de norma (“¿Te has fijado que saben a plástico y se derriten igual que un envase de refresco si le acercas el encendedor?”) y también a otros que sostienen que el hecho de que el entorno del general Cienfuegos aún ocupe altos cargos en el Ejército, y que el Ejército sea la dependencia consentida del presidente (quien ya les entregó a los militares la seguridad pública, las aduanas y hasta los puso a fungir como constructores del neo-nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México) representa un revés considerable a su credibilidad.

La mejor prueba de que las instituciones resintieron estos golpes, y mucho, es que las marcas queseras se apresuraron a llenar las redes con explicaciones y mensaje optimistas (“Pronto volveremos a tu mesa”), mientras que los heraldos oficiosos de las redes corrían a presentar la detención de Cienfuegos como un nuevo éxito del Gobierno (pese a que el presidente dijo que, aunque hace quince días había sido informado de que existía una indagación contra el militar, “no había nada oficial”, y para cuando en la Cancillería se enteraron de lo que estaba pasando, el General ya estaba bajo arresto). Ya sabemos que el deporte favorito de los heraldos es cantar victoria incluso en medio de pandemias, recesiones y masacres. Son expertos en negar la evidencia.

Vaya inquietud, pues, la de vivir en un país en donde el queso que uno almuerza no reúne las mínimas condiciones para ser considerado queso. Y en el cual la institución que está obligada constitucionalmente a defender la soberanía y (desde hace unos meses) combatir al delito, tuvo un jefe al que se acusa (y no a la ligera: la DEA llevaba meses de reunir pruebas gracias a teléfonos intervenidos, como en la serie The Wire) de asociarse con un grupo criminal de primera magnitud.

El Ejército suele aparecer en las encuestas, consistentemente, como la institución en la que más mexicanos confían, muy por encima de los gobiernos, los legisladores, los tribunales, las policías y los partidos políticos. La obligación que le impusieron de mantenerse fuera de los cuarteles y meterse a la trinchera de la Administración pública diaria significa una carga considerable y representa el riesgo de un desgaste de imagen imposible de pensar hace unos años. Y el costo político de quemarse como un queso puede resultar altísimo.

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