ESTAR SIN ESTAR
Columna
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Sudar tinta

La patética imagen de Rudy Giuliani chorreando tinte por las mejillas en una más de sus desafortunadas apariciones confirma que estamos ante el vodevil hilarante del gran festival de las mentiras

Ilustración de Jorge F. Hernández.
Ilustración de Jorge F. Hernández.

Supongo que a no pocos escritores, editores e impresores les viene bien la sintomatología de inesperadamente sudar tinta para sobrellevar la vida. A pesar de que la expresión se encajonó como sinónimo del arduo trabajo o de los estragos de un esfuerzo descomunal, sudar la gota gorda de tinta pura me suena a digna condecoración de prosa depurada o huella de haber cuajado versos transpirados a fuego lento. Olvidábamos quizá el doloroso final de Gustav Aschencach en las arenas de Venecia, al filo de la muerte que le da título a la novela protagonizada en película por Dirk Bogard, donde el enrevesado personaje suda la tinta con la que acaba de teñirse las canas, maquillarse las arrugas de la cara y simular una juventud ya devorada por los años contemplando a muy pocos metros la vibrante encarnación de la belleza: Tadzio sin edad ni tiempo como una estatua inalcanzable.

Y en eso llega Giuliani y se rompen las pantallas. La patética imagen de Rudy Giuliani chorreando tinte por las mejillas en una más de sus desafortunadas apariciones y declaraciones públicas confirma que estamos ante el vodevil hilarante del gran festival de las mentiras, el frenesí ya ilimitado de lo fake y filfa donde se derrite lentamente el maquillaje de los payasos. El otrora rudo Rudy alcalde de Nueva York que triunfó militarizando Manhattan para limpiarla de tanto vicio y convertirla en escenografía ascéptica a lo Disneylandia, es hoy el bufón al servicio del Clown Mayor en la Corte de todo lo Falso; desde que milita como abogado personal de Donald J. Trump el otrora Rudo Giuliani no ha logrado más que salpicar en su estercolero los muros de la desgracia.

Hace apenas unas semanas se le ve ya eternizado como viejo rabo verde, engañado por el incontrolable e ilimitadamente vulgar Borat (experto en la cruda revelación de todo tipo de porquerías) en una escena que pasa de la carcajada al contagio instantáneo del coraje. A pesar de que Giuliani niegue la veracidad de lo visto, en la escena de la película de Borat donde se le ve insinuándose como incontenible onanista ante una jovencita menor de edad, Giuliani no había logrado maquillar en amnesia la cruda realidad: es un cerdo machista, abusador y corrupto convencido de fabulaciones conspiracionistas que justifica hasta ahora con ese halo de empañada impunidad que tienen este tipo de bichos. El espectador puede o no reír con el humorismo desaforado de Borat, pero el hecho queda signado como una muestra más del túmulo que eleva y sostiene no sólo a Trump como torre del horror sino al trumpismo que alentó a millones de votantes que realmente quisieron reelegirlo como presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.

Luego del resbalón cinematográfico, el otrora Rudo Giuliani (que tanto dinero ganó como asesor de empresas, ciudades enteras y gobiernos al pasar de ser Alcalde a Ejemplo de Resurrección Urbana) cerró filas con su Jefe convocando a una patética conferencia de prensa con el anzuelo de celebrarse en un hotel de lujo, tan sólo para resultar en una ridícula mímica pública en el parking de lo que algún día puede ser un complejo hotelero, en la acera de enfrente de un crematorio y a pocos pasos de una librería porno.

Ahora la guinda parece insuperable. El ridiculazo de esbozar patadas de ahogado y apuntalar falsedades para disfrazar lo que a todas luces se arma como un golpe de Estado, le escurrió por las mejillas como sangre negra. Dice el sabio Augusto que en alguno de los círculos del Infierno del Dante penan su martirio los hipócritas coronados por lodo; es decir, en el inframundo los Giulianis llevan lodo como mierda en el cráneo y el sofoco de las llamas provoca que los hilos negros con los que cobijan las canas de su nefanda ancianidad desciendan sobre sus caras como pequeños ríos, necia nervadura de la mentira cruda y dura.

Se le saltan los ojos y le cambia la voz. Se le mueven las lonjas y gesticula obesamente su fervor. Oscila como primate hambriento y es ya inevitable recordarlo tendido de espaldas en una cama, a un metro de la jovencita que protagoniza la escena donde el manatí se cree seductor y mete su arrugada y alunarada mano vieja entre los pliegues de su pañal para adulto con el penoso afán de sentirse erótico, siendo no más que el alopésico anciano que –por una fortuna que cobra todos los días por sus servicios como abogado personal—ha sido capaz de derretirse en vida, desmantelándose como persona al servicio del supremacismo racial, desarticulando la descarada llamarada del neoracismo de siempre, derramando la negra melaza pútrida del peor poder… sudando la gota gorda de la tinta más analfabeta y anacrónica.

Se vuelve deseable que el video del cráneo entintado de Giuliani al derretirse con su verborrea irracional no sea más que el aperitivo para el anhelado instante en que llegue el siroco desde Venecia soplando el ventarrón que logre por fin despelucar el copete amarillo del anaranjado Don Trump y trastoque absolutamente todos los disfraces, máscaras y maquillajes del inmenso circo que tantos daños ha causado al mundo entero.

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