Pensándolo bien
Columna
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El PRIAN al rescate

Los dos partidos están en su derecho de poner a un lado sus diferencias. Lo cuestionable de su alianza es que no hay una visión mínima para responder a los problemas que llevaron a López Obrador al poder

Marko Cortés, presidente del PAN, Alejando Moreno, del PRI, y Jesús Zambrano, del PRD, en una reunión sobre su alianza.
Marko Cortés, presidente del PAN, Alejando Moreno, del PRI, y Jesús Zambrano, del PRD, en una reunión sobre su alianza.Rogelio Morales (Cuartoscuro)

El PRI y el PAN han decidido ir juntos en muchas candidaturas electorales del próximo año para evitar, afirman ellos, que el partido en el poder gane las 15 gubernaturas o la mayoría en el Congreso de la Unión.

A muchos puristas esta alianza les ha resultado un engendro ideológico y una traición a los principios fundantes, particularmente en el caso del PAN, el partido de los sectores conservadores cuya razón de ser en buena medida era oponerse al PRI. Sin embargo, con cierta lógica los panistas podrían responder que ellos siguen en la misma línea, combatiendo a las viejas banderas priistas del presidencialismo y el estatismo a ultranza que ahora ya no son enarboladas por el PRI sino por Morena, el partido en el poder. Y por lo demás, durante los últimos años el PRI y el PAN transitaron a una convergencia ideológica que terminó por desdibujar sus diferencias. Por un lado, el PRI se acercó al PAN a medida que se echó en brazos de un modelo que privilegiaba al sector privado; y por otro, la manera de gobernar del panismo se convirtió en una copia del PRI moderno en cuanto llegó a Los Pinos. Lo cierto es que hoy en día los líderes de esos dos partidos parecen intercambiables, como también lo eran sus dos candidatos a la presidencia hace dos años.

Esta convergencia ha sido denunciada por el lopezobradorismo como una demostración fehaciente de algún tipo de complicidad vergonzante. No coincido; por un lado, la lógica política conduce a asumir males menores frente a un mal mayor. Solo así se explica que la izquierda, y quiero pensar que una parte del lopezobradorismo lo sigue siendo, haya asumido una alianza con el PES, el partido de los cristianos con tal de llevar a AMLO al poder en 2018. PAN y PRI están en todo su derecho de poner a un lado sus diferencias, cada vez menores, para enfrentar lo que consideran un enemigo mayúsculo o, para ponerlo en sus términos, evitar el cambio de régimen que el Gobierno está en vías de instalar.

Lo cuestionable de la alianza entre el PRI y el PAN no es el hecho de que lo hagan sino la forma. Es una convergencia para oponerse, para estorbar, para evitar, para desandar. No hay la construcción de una visión mínima en común, o peor aún por separado, para responder a los problemas que llevaron a López Obrador al poder: injusticia social, indignación ante la corrupción, inseguridad pública, riesgo de inestabilidad política, oposición a un modelo que generó desigualdad regional, sectorial y social. La pretensión del PRI y el PAN de retomar el poder sin el menor asomo de lavarse la cara, sin reflexión autocrítica y mucho menos una propuesta constructiva para paliar el descontento que generaron, entraña de entrada un problema ético. Cabría preguntarse cuál es la calidad moral de quien, a falta de virtudes propias, concentra su argumento de venta en los defectos de su rival.

Pero además de ser moralmente incorrecto apostar exclusivamente por el descontento (fomentarlo y ampliarlo, como lo está haciendo) sin ofrecer otra alternativa que regresar al estado de cosas que condujo a su propio desplome, podría derivar en una crisis política insondable.

El objetivo explícito es conseguir mayoría en el Congreso para estar en condiciones de detener las reformas de la 4T, paralizar los cambios que intenta el presidente, modificarle sus presupuestos. Si detrás de esta resistencia hubiera una propuesta alternativa podría entenderse, pero utilizar el andamiaje institucional esencialmente para obstaculizar, puede provocar males mayores. Después de todo, lo que está intentando hacer López Obrador es responder a las expectativas de la población más necesitada que, en este momento, equivale a la mayoría de los mexicanos. Se podría argumentar que intenciones no son realidades, y que las acciones del Gobierno no están consiguiendo el beneficio de las mayorías. Quizá, pero lo cierto es que ese México indignado que votó en 2018 percibe que el presidente habla en su nombre y eso es lo que mantiene sus expectativas y, en buena medida conjura, todavía, el riesgo de un estallido social.

López Obrador es la respuesta a un descontento real y cada vez más preocupante; por ello es que propiciar el fracaso de las soluciones que intenta AMLO para responder a ese descontento supone un enorme riesgo, a menos que se ofrezca una alternativa viable, pero esta no existe. Se dice que la 4T gobierna solo para una parte de los mexicanos e ignora al resto, a las clases medias y superiores, y puede ser cierto. Frente a la urgencia, el gobierno ha planteado muy claramente sus prioridades. Pero ahora la oposición estaría haciendo algo similar aunque de signo contrario: al proponerse detener los cambios que, al menos en el papel, favorecen a las mayorías y pugnar por un regreso al modelo anterior, estarían desdeñando al México que exige esos cambios.

Si el PRIAN fracasa en su intento de conseguir la mayoría del Congreso el próximo verano, simplemente confirmará que su aritmética entre anti y pro lopezobradorismo no fue bien calculada. Pero si el PRIAN tiene éxito y en efecto convierte al Congreso en la fuerza que paralice las propuestas de la 4T, como lo sostienen tantos paladines de la democracia, la pregunta es qué va a pasar con las mayorías desencantadas. Siempre hay el riesgo de que frente a la oposición institucional, AMLO recurra al apoyo popular para desafiarla, con el consiguiente riesgo de turbulencia e inestabilidad política. Pero todavía existe un peor escenario: que con el fracaso de la 4T nos quedemos sin respuestas institucionales o cauces políticos para la exasperación social, para esa crispación que exige un cambio. Hay muchos incendios desatados en la pradera, detener al bombero porque no coincidimos con su método es absolutamente insensato, a menos que ofrezcamos otra manera de responder al fuego y eso no lo estamos viendo.

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