Pensándolo bien
Columna
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El presidente que leía periódicos

Para López Obrador, la confrontación diaria con la prensa es la madre de todas las batallas

Periodistas piden la palabra a López Obrador en una 'mañanera', en septiembre.
Periodistas piden la palabra a López Obrador en una 'mañanera', en septiembre.Presidencia de México (EFE)

Alguna vez leí una declaración de Nelson Mandela según la cual pasaba casi dos horas leyendo los diarios, antes de hacer cualquier otra cosa. No es que no confiara en los resúmenes de prensa o en el reporte de sus colaboradores, simplemente afirmaba que el viejo hábito de tantos años no había cambiado al llegar a la presidencia. Recuerdo haber pensado dos cosas: una, que el mandatario sudafricano habría necesitado un curso de lectura rápida, y dos, la enorme responsabilidad que esa auscultación entrañaba para los periodistas de su país. No sé cuanto tiempo le dedica Andrés Manuel López Obrador a revisar los diarios, pero a juzgar por sus comentarios puntuales en casi cada mañanera, está claro que también constituye una rutina cotidiana.

De entrada, me parece que esa es una buena noticia para los editores, reporteros, moneros y columnistas de la prensa nacional. No hay nada más frustrante para un profesional de la información que ser ignorado por el poder, trátese de halagos o de críticas. En teoría se supone que el periodismo se ejerce de cara a la comunidad, o por lo menos eso es lo que se enseña en las escuelas y en los manuales del gremio. Pero la verdad es que desde que existe este oficio, gran parte de la tarea de los periodistas va dirigida a los protagonistas del poder, para bien o para mal, y ninguno más relevante que el soberano en turno.

Así que, sin duda, debe haber sido muy halagador para el editor de un diario o el redactor de una columna de aquel país saber que al día siguiente su texto sería leído por Mandela, se estuviera o no de acuerdo con él. No sé si sea igualmente halagador para un columnista mexicano porque la atención presidencial en muchas ocasiones culmina con un adjetivo descalificativo.

Entre otras diferencias, Mandela no asistía a una mañanera inmediatamente después de su revisión de prensa, con lo cual las opiniones que le merecieran los titulares no trascendían al público, o al menos no antes de ser revisados con sus colaboradores, cuando el caso lo ameritaba.

El bote pronto de nuestro presidente en materia de contenidos periodísticos es un hecho inusitado en las relaciones entre prensa y poder en nuestro país. Y no es que a presidentes anteriores les diera lo mismo lo que se difundía, por el contrario, en cierta manera la reacción era mucho más contundente bajo la lógica, a veces en versión sutil o a veces brutal, del viejo dilema “plata o plomo”. Se gastaban cantidades ingentes para asegurar una cobertura favorable para el soberano y, en el otro extremo, tampoco se ahorraban molestias para suprimir a quienes lastimaban su imagen. México es todavía el país de mayor riesgo para ejercer el periodismo en el hemisferio occidental.

Lo que no existía era la “curaduría” prácticamente diaria que el mandatario comparte con el público. Para sus adversarios esta reacción inmediata, en ocasiones verbalmente muy agresiva, es una muestra de “mecha corta” y de intolerancia. Y salvo los seguidores incondicionales, tiros y troyanos nos hemos preguntado en más de una ocasión si esta guerra en contra de sus detractores realmente le beneficia. Desde luego es algo que crispa a la opinión pública y polariza el ambiente político y social.

Con el tiempo he llegado a la conclusión que no se trata de un rasgo de carácter o un impulso “que le gana al presidente”, sino de una estrategia. En realidad López Obrador está muy lejos de ser una persona de mecha corta, no es alguien que se deja llevar por la impaciencia o el enojo. Se necesita atole en las venas para enfrentar, por ejemplo, cientos de mañaneras y miles de preguntas, muchas de ellas retóricas, repetitivas, desinformadas y ocasionalmente de mala leche, sin reprender, apurar o levantar la voz.

No se trata pues de exabruptos, sino de una estrategia calculada. Para López Obrador la confrontación diaria con la prensa es la madre de todas las batallas. A diferencia de presidentes anteriores, insiste una y otra vez, los medios de comunicación le son adversos y eso significa que distorsionan, exageran, manipulan y engañan con la información para perjudicar a su Gobierno. En su lógica la 4T está intentando un cambio de fondo que afecta los intereses de muchos privilegiados entre los que se encuentran los dueños de los medios y la élite de los comunicadores. Por extensión, toda crítica a su Gobierno, sustentada o no, conlleva una intención aviesa que exige ser aclarada y respondida para evitar que se manipule a la opinión pública (o pueblo, dicho en sus términos).

No sé si Mandela leía la prensa para estar informado; ciertamente no es el caso de López Obrador. Él la analiza como el parte diario de guerra. La revisión inmediata del estado de la muralla tras recibir la metralla del adversario; una confrontación en la cual las municiones son las apreciaciones e informaciones publicadas sobre su Gobierno, y la muralla es la imagen que los ciudadanos tengan de su presidente. “El apoyo del pueblo es lo que verdaderamente importa”, ha dicho una y otra vez. Y la clave para mantenerlo, está convencido, es salir al paso de todo lo que pueda minarlo.

A juzgar por sus niveles de aprobación, hasta ahora el presidente ha conseguido mantener su narrativa por encima de la de sus opositores. No es poca cosa, aunque alguien podría decir que solo es cuestión de tiempo para que la narrativa se desempate con respecto a la realidad que viven los ciudadanos. Quizá, responderían los lopezobradoristas, pero impedir que se destruya la esperanza es una manera de ganar tiempo, hasta que los cambios impulsados impacten al pueblo y legitimen la 4T. El tiempo lo dirá, pero ese es otro tema.

Por lo pronto, el presidente mantendrá el pulso diario con la prensa respecto a las versiones que difunden de su Gobierno. Y aunque no sin riesgos, por la polarización reinante, lo cierto es que los periodistas, particularmente los cuestionados reiteradamente por López Obrador, nunca habían sido tan importantes como ahora. Para bien o para mal, para preocupación o para la soberbia de medios y comunicadores, es un sexenio de un protagonismos como nunca antes.

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