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Un año ‘horribilis’ de 18 meses

Por desgracia para México el año electoral no pinta para que en la reconstrucción unamos lo que en la crisis nos separó. Todo lo contrario

Un hombre vota en las elecciones en Hidalgo para elegir presidentes municipales en octubre de 2020.
Un hombre vota en las elecciones en Hidalgo para elegir presidentes municipales en octubre de 2020.Juan Pablo Zamora / Cuartoscuro

Vientos optimistas recorren la faz de la Tierra. El mundo se ha librado de Donald Trump, o al menos de su acceso a la Casa Blanca y al maletín nuclear, y más importante aún, las vacunas acuden presurosas a la batalla decisiva para liberarnos de la covid-19 y la pesadilla que ensombreció el 2020. No hemos salido totalmente del túnel al que nos condena el cierre de actividades productivas y los semáforos restrictivos, pero contemplamos la primavera-verano con el ánimo de los sobrevivientes que sienten que lo peor comienza a quedar atrás. El entusiasmo de Joe Biden y sus ambiciosos planes constituye un enorme estímulo al optimismo. Y no se trata simplemente de un contexto favorable para los que vivimos cerca. La simbiótica manera en que el bienestar de muchos mexicanos está relacionado con el mercado estadounidense hace suponer, de entrada, tiempos mejores.

Tiempos para reconstruir, remontar lo perdido, poner en marcha lo tantas veces reflexionado en este confinamiento obligado. Tiempos propicios para que los pueblos se unan, los líderes exhorten a mirar por encima de las diferencias y a unir esfuerzos para trepar juntos las paredes del barranco en el que nos hemos despeñado.

Por desgracia para México el año electoral no pinta para que en la reconstrucción unamos lo que en la crisis nos separó. Todo lo contrario. La lucha por el poder no suele extraer lo mejor de los actores políticos, que de por sí deja bastante que desear. Con 15 gubernaturas, 500 diputaciones y miles de alcaldías en disputa, los partidos políticos y sus líderes se están jugando, literalmente, el porvenir. Un contexto muy poco propicio para la solidaridad. Desde hace tiempo las campañas políticas han adquirido la perniciosa costumbre de concentrarse en los defectos del adversario y cada vez menos en las propias virtudes. Es cierto que se trata de un rasgo que prolifera en todo el mundo, las redes sociales han dejado en claro que hay algo en la condición humana que hace de las emociones negativas la materia prima de las comunicaciones; es mucho más poderoso un mensaje de odio, resentimiento o miedo que cualquier elogio o mención positiva. Y la competencia política ha convertido a la descalificación y al vituperio en el más rentable de los mensajes políticos. Y tampoco es que debamos cargarles la mano, en cierta manera simplemente reaccionan al contexto; el cinismo instalado en la conversación pública nos predispone a darle más credibilidad a los defectos que se atribuyen uno al otro, que a cualquier virtud que se adjudique alguno de ellos. “Si no puedo convencerte que mejoraré al país, al menos puedo intentar convencerte de que mi adversario le infligirá un daño mayor”.

Por razones excepcionales nos esperan elecciones aún más viscerales que las usuales. Las dos principales fuerzas, por motivos puntuales, tienen poco que decir en su favor y mucho en contra de sus rivales. Por un lado, más allá de los méritos o deméritos que pueda tener el Gobierno de la 4T, asunto sobre el cual, por demás está decirlo, cada uno de los lectores tiene una opinión categórica en un sentido u otro, lo cierto es que la crisis económica y social se llevó mucho de lo que el Gobierno podría presumir. Los enormes esfuerzos redistributivos realizados por López Obrador fueron barridos por la debacle en la producción, el turismo y el comercio. No hay políticas públicas para generar empleo o incremento del poder adquisitivo de las mayorías que resista una caída del 9% en la economía de un país.

Frente a esta durísima realidad lo único que queda es presumir las intenciones, lo cual podía ser atractivo en los primeros meses pero resulta mucho menos efectivo a dos años de distancia. Por consiguiente el mayor recurso de López Obrador para retener el control de las cámaras, algo imprescindible para sacar adelante la segunda mitad de su sexenio, o conquistar Gobiernos estatales para su partido, reside en convencer a los votantes de la perfidia del PRI y el PAN. Nos espera pues un desfile de mañaneras cargadas de denuncias sobre la corrupción de los Gobiernos pasados, escándalos de funcionarios de Administraciones anteriores, descripciones dantescas de los infiernos provocados por el sistema neoliberal.

La oposición, por su parte, está dispuesta a devolver misiles por cada dardo recibido. Su argumento para regresar al poder reside esencialmente en explotar los desaciertos reales e inventados de la 4T y ampliar la repulsa en contra de López Obrador en los segmentos que les son afines. Muy poco tiempo o ninguno han dedicado a construir una alternativa real para proponer soluciones frente a los grandes problemas del país, la mayor parte de los cuales sus propios Gobiernos generaron. Al no tener una respuesta frente a la inseguridad pública, la pobreza, la desigualdad social o la corrupción, lo único que les queda es convencer a la opinión pública que Morena lo está haciendo fatal.

Por lo demás no se trata solo de que viviremos un clima narrativo aún más intoxicado por las campañas negativas. Peor aún, la dura rivalidad entre actores políticos y partidos se cobrará un alto precio en materia de desacuerdos legislativos y en fricciones entre Gobiernos federal, estatales y municipales. Ninguno querrá ceder un proyecto, una ley, una partida presupuestal que pueda ser presumido por el rival. Por el contrario, por encima de las responsabilidades públicas y la búsqueda del bien común, las autoridades de uno y otro partido intentarán hacer ver mal a su competidor.

Me gustaría equivocarme y pensar que los líderes políticos comprenderán el momento histórico que viven y la necesidad de unir esfuerzos ante la profunda crisis en la que nos encontramos. Pero me temo que no será así. Ambos bandos actuarán como fieles de una cruzada sagrada; unos para detener los cambios de la 4T y “salvar al país”, los otros para sacar adelante la transformación a favor de los pobres. Imbuidos de sus respectivas místicas, las dos partes están dispuestas a incendiar la pradera para conseguirlo y pisotear lo que sea necesario. Mala cosa; el año horribilis habrá sido de 18 meses.

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