Columna
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El corazón del racismo en México: carta al PAN

Parte de la clase gobernante, como la candidata a diputada María Elena Pérez Zermeño, no entiende ni se da cuenta cuando está siendo racista y clasista

María Elena Pérez-Jaén Zermeño (derecha), en una reunión del Instituto Federal de Acceso a la Información en 2012.
María Elena Pérez-Jaén Zermeño (derecha), en una reunión del Instituto Federal de Acceso a la Información en 2012.Misael Valtierra (CUARTOSCURO)

A la dirigencia del Partido Acción Nacional (PAN):

Cada vez es más raro encontrar a personas que se atrevan a emitir declaraciones abiertamente racistas y sin tapujos. Quienes las hacen, usan foros privados, grupos afines o fraseos velados. Se cuidan de no ser percibidos como tales. No así su candidata a diputada federal suplente, María Elena Pérez Zermeño, quien hace unos días tuvo a bien referirse a mí públicamente diciendo: “Desperdicio de recursos en Harvard con la colaboracionista Ríos. La Viri siempre responderá a su origen, ni los filtros que utiliza la disimulan. La mona, aunque se vista de seda, mona se queda”.

El racismo del mensaje es tan prístino que resulta extraordinario. La candidata no parece creer que valga la pena invertir recursos públicos en la educación de alguien con mi origen y tono de piel. Y se jacta de que yo siempre seré un ser inferior (un simio) por ser más morena de lo que, según ella, me veo. Ella sabe que yo crecí en un vecindario pobre de la Ciudad de México, que soy morena y que, con apoyo de becas, estudié en el extranjero. Sabe que hoy soy columnista de EL PAÍS. Y todo eso le parece una afrenta.

Pero no escribo esta carta al PAN, por esto, sino por algo aún más grave. Porque cuando Pérez Zermeño se vio acorralada por organizaciones antirracistas, periodistas y líderes de opinión que la criticaron, reaccionó indolente, ofreciendo una disculpa “si mi tuit se entendió así”. Y eso, PAN, es el corazón del problema: su candidata no entiende cuando está siendo racista y clasista. No se da cuenta. Por el contrario, cree que nosotros, el resto, así la malinterpretamos. Malamente. Y peor aún, como me lo hizo saber posteriormente, cree que al condenar el racismo nos victimizamos, inventando agravios que, supongo, ella en su privilegio, considera inexistentes.

El corazón del racismo en México es eso que vemos retratado en Pérez Zermeño. Una clase gobernante y educada que cree que el “racismo” es solo eso que se ve en las películas extranjeras, la esclavitud y la segregación racial hacia los afroamericanos. Y que no se da cuenta de que en nuestro país el racismo es, en realidad, eso que ella hace y dice.

El racismo mexicano es condenar a las personas a quedarse en el estrato social en el que nacieron porque no importa cuánto trabajen, qué hagan o qué digan, siempre se verá en su piel de dónde vienen. Es pensar que el moreno, “moreno” se queda. Y deleitarse en ello. Ese racismo ha triunfado en México de la mano de partidos políticos, gobernantes y de la industria del entretenimiento que lo han normalizado.

El resultado es un México de castas donde las personas de tonos de piel café obscuro ganan en promedio un 53% menos que las personas de tonos más blancos, aun si tienen la misma educación y el mismo nivel cognitivo. Y por eso mismo, los mexicanos con piel blanca tienen una probabilidad del 25% más de pertenecer a los estratos medios altos de ingreso que las personas de piel morena obscura con el mismo nivel educativo.

El racismo mexicano es, además, profundamente misógino. No es fortuito que el refrán mexicano que Pérez Zermeño cita para referirse a mi tono de piel sea femenino, es decir que hable de “la mona” y no de “el mono” en genérico. El refrán es femenino porque refleja el hecho de que la movilidad social en México es penada para los morenos, pero nunca tanto como para las morenas. Por eso, las mujeres de tonos de piel más obscura son más pobres que los hombres del mismo tono de piel. Nacer mujer y con este tono de piel en México reduce en 60% la probabilidad de llegar a tener niveles altos de ingreso.

Señor Marko Cortés, presidente del PAN, el racismo no es un agravio inventado y sus candidatos deberían saberlo. Dígame, ¿le importará a su partido hacer algo contra este racismo o seguirán pretendiendo que les importa y manteniendo sus cuadros políticos racistas? ¿Dirá el PAN algo contra esta casta gobernante que no solo se cree superior al resto, sino que piensa que llamar a cuentas a los racistas es una falla de carácter?

Señora Teresa Jiménez, alcaldesa de Aguascalientes, usted aceptó como su compañera de fórmula a Pérez Zermeño para ser diputada federal. Dígame ¿Cómo se atreverá a pedirle el voto al 88% de la población mexicana que es morena, si su suplente aparentemente piensa que, quienes lo son, son simios? Y peor aún si parece justificar que haya baja movilidad social para las personas morenas, porque si nacieron simios, no importa lo que hagan, se quedarán así.

Diputados y senadores panistas, el racismo no se termina viendo a hacia el otro lado como el PAN ha decidido hacer ante este incidente. Se termina tomando medidas concretas para evitar que haya racistas infraganti pretendiendo representar a ciudadanos. Le llamo “infraganti” a este racismo porque yo sí le creo a Pérez Zermeño: la candidata no se dio cuenta de su racismo. Se le salió. Ella se comporta así sin darse cuenta. Quizá en sus círculos sociales es normal decir estas cosas. La señora no sabe que es racista. Y el que no sepa la hace aún menos adecuada para gobernar. No se da cuenta de que odia cualquier mérito que no sea heredado o genético. Que le molestan los morenos y la gente que viene de abajo. Le incomoda que yo, una morena, piense distinto a ella y se los diga viéndola a los ojos.

Varios altos miembros del PAN me contactaron en privado al ver las ofensas de la candidata para mostrar su solidaridad y decirme que ella no representaba al partido. Lamentablemente no es así. Ella no solo representa al PAN, sino que es una joya del partido. Tiene el cargo de suplente del primer lugar de la lista de representación proporcional de la circunscripción más panista de todo México. Parece increíble, pero ella es lo mejor que el PAN tiene en esta elección para ofrecerle a sus electores más leales.

Siento una profunda tristeza. Debo confesar que, reflexionando sobre todo esto, me doy cuenta de mi gran privilegio. Como columnista de EL PAÍS tengo el espacio, la fuerza y el coraje para poder hablar sin miedo sobre este tema. Mi yo de hace 30 años, esa niña morena de vecindario pobre, probablemente se habría quedado callada. En una de esas, hasta me hubiera creído el cuento ese de que decir algo era de mal gusto porque “me victimizaba”.

Cierro diciendo algo que Pérez Zermeño me escribió y que me parece lo más revelador de todo este episodio: la única diferencia entre nosotras, dijo, es el origen ideológico. Y tiene razón. Su ideología es el racismo y el clasismo, se dé cuenta o no.

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