Marcelo Ebrard
Columna
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Ebrard, el títere

El controvertido político parece destaparse como presidenciable. Pero no, no se trata de él

El canciller mexicano, Marcelo Ebrard, durante una conferencia de prensa en Palacio Nacional en junio pasado.
El canciller mexicano, Marcelo Ebrard, durante una conferencia de prensa en Palacio Nacional en junio pasado.LUIS CORTES (Reuters)

Encandilado por Andrés Manuel López Obrador, cegado por su propio ego, el secretario de Relaciones Exteriores le ha dado vuelo a su imaginación: cree que puede ser presidente. Lo cree porque el presidente se lo dijo: lo puso en la lista de los seis ungidos.

Así, en el epicentro del engreimiento, la ceguera o ambos, Marcelo Ebrard ha sucumbido a pensar que puede, por segunda vez, darle carpetazo a algo que a todas luces es evidente: el hecho de que fue él, su corrupción o su incompetencia, la que hizo que la Línea 12 del metro de Ciudad de México colapsara. En el expediente de Ebrard hay una gran sombra.

Pero la desvergüenza genera descaro y el descaro, ingenuidad. Y en esa profunda ingenuidad, Marcelo Ebrard no se da cuenta de que su presencia en la lista de presidenciables solo tiene por meta volverlo un títere. Su transformación tiene tres ángulos.

El primero es poner a Claudia Sheinbaum en ventaja. Hacerla brillar como alguien competente y honesta que desenmascaró la corrupción de la Línea 12. Ebrard está allí para modular las expectativas. Junto a él, cualquier otro candidato parece aceptable. Su destape es el antecedente del ascenso de Sheinbaum. Él es títere de un concurso que todos saben quién va a ganar.

El segundo es desviar la atención. López Obrador quiere dejar de gobernar. Quiere que hablemos de los presidenciables y no del presidente. Se siente más cómodo en campaña que en la silla presidencial. Experto en crear cortinas de humo, el Gobierno mexicano quiere que comencemos a discutir 2024, como si 2021 no fuera una tragedia humana de muerte y pobreza.

El tercero es mandar un mensaje claro de qué es aceptable y qué no en el obradorismo. En el obradorismo es aceptable hacer obra pública que eventulamente colapsa, pero no es aceptable hacer disidencia dentro del partido. Esa es la diferencia entre Ebrard y Monreal.

Ebrard estuvo a cargo de la construcción de la Línea 12 que colapsó hace unos meses. Ricardo Monreal pecó de hacer que Dolores Padierna perdiera la elección de la delegación Cuauhtémoc en Ciudad de México. Para López Obrador lo primero se perdona, lo segundo no. Por eso la principal característica de los ungidos y de su títere, Ebrard, es una: su lealtad. Y la de los que se quedaron fuera, su ambición.

Esta visión recuerda lo peor de la vieja política mexicana: la lealtad por encima de la ética. Misma política que ahora abandera el presidente de México. En esta visión maniquea, hipócrita y corrupta, Monreal es culpable de la caída de Morena en Ciudad de México, y no Ebrard. Se culpa al operador del voto y no al evento que abrió las conciencias. El obradorismo no cree que la política pública cambie votos. En su visión solo la movilización lo hace. Cortinas de humo.

Y al centro de esta cortina de humo está Ebrard. Representando no solo la desvergüenza sino también uno de los errores más profundos del obradorismo: su aislamiento. Alejado de la crítica, allegado del halago y desamparado de sentido común, Ebrard piensa que realmente está siendo tomado en cuenta. Que llegado el tiempo, dijo, estará preparado para competir por la presidencia.

No es así. La Línea 12 del metro de Ciudad de México transportaba miles de personas que depositaron su confianza en manos de un Gobierno de izquierda. Los traicionó. La avaricia, la ineptitud o ambas, convirtieron a Ebrard en un traidor.

Todos los días miles de personas lo saben o lo reviven en su camino al trabajo.

De no ser por la llegada de López Obrador al poder, Marcelo Ebrard seguiría exiliado en Francia, temeroso de ser sancionado penal o administrativamente por su manejo de la Línea 12. En cambio, se pasea por las conferencias del presidente, siendo su única virtud tener un mínimo de capacidad operativa. Un mínimo que es superior al de muchas otras personas dentro del gabinete. Tuerto en tierra de ciegos.

Es tiempo de una nueva política. Ha sido tiempo desde hace mucho.

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