Estar sin Estar
Columna
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Defensa de palabra

La negra saliva con la que insulta el anónimo sicario pretende volverse puñetazo, pero el paño intacto de los Justos solo se palpa de veras con palabras plenas

Una ilustración de Jorge F. Hernández.
Una ilustración de Jorge F. Hernández.

Intentaré defender con palabras lo que se antoja aclarar con los puños. Elvira Lindo y Antonio Muñoz Molina han sido atacados mas no intimidados e insultados desde el anonimato no solo en el amenazante formato de una carta depositada en el buzón de su casa, sino quizá también entre las cambiantes pantallas de lo que el propio Antonio llama redes fecales, esas plataformas que han degenerado en portales del odio (por ejemplo, esa rama del inmenso árbol donde se supone que podemos piar todos en concordia a contrapelo de la diatriba constante, el insulto gratuito y la no tan velada amenaza). En sobre sellado con celo, el anónimo acosador ha logrado despertar en la pareja de mis amigos esa nefanda sensación que aqueja a tantos en este mundo donde cualquier transeúnte es sospechoso y uno se queda mirando al buzón como una ligera raja en la realidad por donde invaden nuestra intimidad tanta palabrería innecesaria de la publicidad, pero también y por lo visto las palabras anónimas de la ira.

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Elvira y Antonio son de palabra, son de palabras y ambos han florecido como personas y pareja en la sintonización de los párrafos y páginas que leen como sustento diario y con los libros que nos han compartido pergeñando a deshoras todas las virtudes del pensamiento andante, de la prosa de imaginación, del arte de narrar y volar en tiempos y espacios que parecerían lejanos. Ambos han sellado un ejemplo de la decencia callada y el sobrio pensamiento de quien apuesta por lo ecuánime en medio de tanta violencia vehemencia… y sí, lamentablemente parecen reptar los frustrados autores alimentados por la envidia y el encono, ya por las redes o en fojas que se dobaln pulcramente para esconderse en sobres anónimos.

Aúlla con amenazas huecas el prófudo del psiquiátrico y el desolado deprimido, tiene el anonimato a mano no solo porque es capaz de intentar su apellido, sino porque no tiene más que una cara ovoide y mal planchada con la que babea la bilis con la que escribe insultos, bravatas y amenazas. Entre colmillos de una soledad lamentable, el hacedor de estos males no repara en el daño concéntrico que provocan su gamberradas, en la preocupación de quienes nos rodean y en el coraje que crece entre quienes nos quieren y procuran, dispuestos como estas líneas a radiografiar la mala leche de los acosadores para flagelarlos ante es espejo de su propia estulticia, allí donde ellos mismos miren sin poder hacer nada la decantación de su estúpido empeño.

¿Qué gana el anónimo acusador con la cobarde artimaña de fingir que es muchos? ¿Qué goce puede digerir de veras una cuadrilla de enconados cuyo fervor no puede expresarse en público o tribuna alguna? ¿Cómo ronronea con su mascota el agrio imbécil que cree haber cumplido un deber autoritario con denostar al prójimo, vapulear películas que no ha visto en pantalla o novelas que dizque leyó al vuelvo? Nada… absolutamente nada.

O algo. Quizá lo único que se desprende de estas noticias cada vez más tristemente comunes y compartidas es que en realidad no están solos quienes reciben el agrio tufo del odio en cualesquiera de sus formas y, aunque tampoco andan tan solos los solitarios gandallas que tiran piedras como si fueran orgasmos, siempre estará muy por encima de la putrefacción del rijoso la clara dignidad de quien camina con la mirada leyendo al mundo y los pasos como prosa; hablo de pensamiento por encima de la necedad hueca del intolerante, hablo de la paciencia que lidia como birlibirloque la desesperación del demente, hablo de la callada serenidad de quien opta por la sobriedad ante la embriaguez azucarada de los enanos y cobardes… e intento hablar en defensa de quienes ejercen y transpiran una vida de letras en pareja y en persona a contrapelo del esfumado energúmeno que no tiene ni la palabra con la que lo nombran.

La negra saliva con la que insulta el anónimo sicario –o aquel que sin vergüenza alguna hace público lo podrido de su corazón—pretende volverse puñetazo, empellón o navaja, pero el paño intacto de los Justos solo se palpa de veras con palabras plenas, palabras como aliento, palabras sinónimas o mejor aún, solo se tocan esas almas con el abrazo que intento enviarles.

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