Cartas de Cuévano
Columna
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Yo me libro

Hoy siento que me libro de la estulticia oficial, del fango gubernamental, del sinsentido de creer que el Estado es cosa ajena al Gobierno

Jorge F. Hernández en la Feria internacional del Libro de Guadalajara en 2019.
Jorge F. Hernández en la Feria internacional del Libro de Guadalajara en 2019.Pedro Andrés (FIL)

Que nos vean con un libro en la mano. Que nos vean leyendo y que vean lo que somos. Que lee por placer el pobre y el rico, la enfermera y el mecánico y que se lee para saber. Que nos vean con un libro para no olvidar y para imaginar. Que nos lean con inteligencia y no burocracia, que somos de votos y no bots, que somos devotos y heterodoxos. Que se lea cada párrafo que cae por su propio peso o por sus erráticas erratas y que se lea quién es autoritario y quienes son las víctimas de todos los días. Llevo años repitiendo que lo único que nos salva como personas, país y planeta está en los libros, en la lectura de los tres principales credos del mundo que fincan su fe en la palabra escrita, que si una ley no está escrita no tenemos por qué obedecer a quien intenta inventarla como norma y que los amores incluso contrariados se vuelven humo si no hay palabras en tinta de corazón. Llevo tanto tiempo repitiéndolo que hoy siento que me libro de la estulticia oficial, del fango gubernamental, del sinsentido de creer que el Estado es cosa ajena al Gobierno y que el alto honor de representar a México en el extranjero no merma ni clausura la opinión personal, la capacidad de raciocinio o la búsqueda del sentido común. Pensándolo bien, hoy me libro.

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El sábado pasado fui cesado como ministro para Asuntos Culturales de la Embajada de México en España. Lo informó por teléfono el director ejecutivo de la diplomacia cultural de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México, pero al escribir estas líneas aún no llega ningún documento oficial que exponga el cese de mi contrato y las razones de mi despido no han sido expuestas, salvo en insinuaciones, versiones, correcciones y aberraciones varias. En una primera instancia, el director de la diplomacia cultural me acusó de “comportamientos graves y poco dignos de una conducta institucional” y luego, editó la palabra “graves” y horas después, abiertamente recurrió a la calumnia irracional: el citado funcionario publica lo que tituló como “Avance” para aludir a una comida a la que asistí hace unas semanas en Ciudad de México. Afirma que en esa comida me referí en “términos ofensivos y misóginos” de la señora embajadora, quien hasta el día de hoy –y pendiente de que me indiquen a quién entrego mis responsabilidades—es mi jefa. Me enteré del malogrado avance junto con la señora embajadora (a quien el director ejecutivo cambió su nombre entre otras desgracias de su pésima redacción) y ambos no podíamos creer el abuso y la injusticia de arrastrar a su persona y figura como parapeto o pretexto para intentar justificar una decisión que –dicho por él mismo—se refiere a una conversación privada, de sobremesa con tres de mis mejores amigos y nuestras esposas, donde lo que “está documentado” (según parece querer revelar) son otros asuntos, muy ajenos a la embajadora, a las mujeres, a la igualdad de género y a mí mismo… pero eso es otro tema que insinuaré más adelante.

Con todo, el desesperado avance artero revela una nebulosa improvisada e incómoda, pues no responde ni clarifica el marasmo de interpretaciones varias que se le han asignado a mi despido. Quiere aclarar sin hacerlo que la incomodidad que genera lo que escribo y publico pudo haber afectado seriamente a uno o más funcionarios púbicos y que efectivamente, hay muchas veladas maneras de obstruir la opinión pública, la libertad de expresión y sí –lo sabíamos desde el principio—la voz del escritor vuelto funcionario público debe modularse y autocensurarse no solo para la alineación cívica. Mea culpa: en un ridículo afán por estar a la altura de grandes intelectuales que han honrado el Servicio Exterior Mexicano, trabajé por rescatar no solo a la Biblioteca Octavio Paz de Madrid, sino al propio Instituto Cultural de México en España que prácticamente había sido ya amortajado al filo de mi llegada.

Perdonen el párrafo, pero es necesario informar públicamente que el milagro con el que sobrevive dicho instituto de la Embajada de México en España se debe al esfuerzo encomiable, al trabajo infatigable y al verdadero amor por servir a México del diplomático Jaime Viña, la vocación artística y cultural de Manuela Lema y Mónica Sotos, así como la titánica labor de todos los días de Eloy Barajas, bibliotecario y encargado de toda literatura que se presenta, ventila y lee en dicho instituto. Todo ello sin que al día de hoy recibamos el presupuesto correspondiente al año en curso, pergeñando ahorros de partidas pasadas e incluso, poniendo de nuestra parta, amén de la vergüenza con la que seguimos pidiendo prórrogas a por lo menos una institución española a quien quedamos a deber euros el año pasado. Cierro el párrafo con el mismo alivio, razón de más para sentir que me libro.

Abanderado involuntariamente por el ridículo de un cese de facto que se encharca con baba burocrática y bots con mentiras, me honra defender lo que escribo, la crítica en general y la libre expresión de las ideas… pues de veras se me acusa por supuestos dichos en la sobremesa que sostuve ante mi mujer y mis mejores amigos y amigas tengo pruebas escritas donde consta que yo no dije ni insinúe lo que ahora quieren poner en mi boca y sí, por el peligroso contrario, constancia legal de que en esa mesa estuvo un advenedizo incómodo que, a la postre, dio muestras de una latente psicopatía y nefanda obsesión contra mi persona: durante no pocos días ese individuo me acosó, intimidó y amenazó con el invento de haberme grabado (lo cual es delito federal y no creo que la Secretaría de Relaciones Exteriores quiera justificar mi despido con ese fundamento ilegal). Por supuesto que yo no dije eso y quienes me conocen ya huelen la mentira poderosa para confundir, emborronar y en última instancia ocultar lo siguiente:

Intenté informar a mis superiores de las amenazas e injurias que inundaban mi teléfono con mensajes ofensivos que ofendían –no a la embajadora Oñate—sino al canciller Marcelo Ebrard. Eso es lo que está documentado y obra en mi defensa como muestra de que intenté denunciar y seguir el debido proceso contra el individuo acosador (también acusado por otros muchos motivos), a la sazón funcionario menor de la Secretaría de Relaciones Exteriores y miembro del Servicio Exterior Mexicano y por lo visto, queriendo mejor cortar por lo sano, el doctor Enrique Márquez tomó unilateralmente la decisión de cesarme, sin consulta alguna a la propia embajadora Oñate y sin referirle de antemano que la mencionaría como justificación de una decisión arbitraria que enreda al intentar explicarla y sin considerar todas las posibles interpretaciones, explicaciones y elucubraciones.

Lo dicho: yo me libro. Sé lo que dije en una y otras muchas sobremesas. Parafraseando a Jorge Ibargüengoitia: “¿Misógino, yo?...”. Más bien consta contra Otro la misoginia, el alcoholismo y el autoritarismo acomodaticio de los cuales siento que hoy me libro para poder leer por placer sin afectar a nadie, en silencio o voz alta y para poder escribir en absoluta libertad… y exhortar con estas líneas a que nos vean a todos con un libro en mano, que nos lean como somos, lo que llevamos tatuado en la piel de la memoria y todo lo que imaginamos. Librémonos todos de quienes ofenden a los libros y leamos lo que se nos pegue la gana para aliviarnos de tanta sangre derramada, tanto desahucio, mentira y abuso.

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