Columna
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Carta a la oposición

Las dirigencias del PAN y PRI actuales no tienen una idea de país en la cabeza. Supieron apropiarse del dinero público, pero no han mostrado las ideas democráticas que se requieren para trascender a López Obrador

El presidente Nacional del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Alejandro Moreno, en junio pasado.
El presidente Nacional del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Alejandro Moreno, en junio pasado.Carlos Ramírez (EFE)

Luego de meses de eludir su responsabilidad, el 11 de agosto la Cámara de Diputados desaforó a un legislador que ha hecho fama de infame. Integrante de última hora de un partido aliado al presidente López Obrador, lo notable es que ese diputado resistió el desafuero gracias a la complicidad del PRI. Es el más reciente botón de muestra de que la oposición en México carece de una agenda, y una ética, a la altura del grave momento nacional.

Mauricio Toledo fue desaforado bajo cargos de corrupción. Él ahora milita en el oficialista partido del Trabajo. Pero en las diligencias legislativas para que la fiscalía de Ciudad de México pudiera llamar a cuentas a alguien protegido por el voto, el PRI obstaculizó el procedimiento, se dividió en el trámite para finalmente citar al desafuero, y en la votación de éste 25 de 39 legisladores priístas se abstuvieron de condenar a este controvertido y oscuro personaje.

El Revolucionario Institucional tomando partido por un pillo no es noticia, salvo porque se trata de una organización que en las recientes elecciones solicitó el voto con la promesa de que sería escudo —junto con PAN y PRD— contra las tropelías del nuevo régimen, incluida la impunidad que el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador dispensa para muchos de los suyos.

Así actúa la oposición mientras la marcha devastadora del lopezobradorismo gana impulso: el presidente se lanza contra los órganos electorales, trivializa los reclamos ante una gestión que ha dejado a enfermos sin medicinas y creado más pobres, e inaugura una nueva fase de polarización, una donde los suyos se arrogan la potestad de decidir quién sí y quién no es mexicano deadeveras, y quién debe ser despreciado en su propia tierra.

Tras el 6 de junio se pensó que esa elección —en la que los opositores impidieron la mayoría absoluta del oficialismo en la Cámara de Diputados y propinaron dolorosas derrotas en la capital— suponía el relanzamiento de la oposición, la reinstalación de contrapesos y el momento en que la dinámica ya no iba a depender por entero de Palacio Nacional… Los opositores han vuelto a defraudar.

Dos meses y medio después de la elección, el dominio de AMLO de la agenda, sus temas y sus tiempos, está incolumne. Y ni cuando es derrotado, como en el fracaso de la consulta para enjuiciar a expresidentes del pasado 1 de agosto, pierde el paso. Porque ante fiascos políticos como ese referéndum, o frente a aberraciones como el manejo gubernamental de la tragedia por la caída de la Línea 12, donde al presidente le han importado más sus delfines sucesorios que las 26 víctimas mortales, la oposición se ha mostrado incapaz de evidenciar al gobierno, de hablar por la ciudadanía.

¿Es que no puede la oposición? ¿Es que no quiere? ¿Es que no sabe cómo? ¿Es que gana más sin intentarlo? ¿Es que solo busca no terminar en la cárcel por sus prianistas pecados? ¿Es que no es esta, ni en lo conceptual, la oposición que se requiere?

El defecto opositor

México busca una oposición, mas lo que tiene son cuatro fuerzas minoritarias que en el tiempo transcurrido desde 2018 no han mostrado aún que sepan qué pueden hacer con el hoy.

Esos partidos, además de los ya mencionados está Movimiento Ciudadano, parecen creer que tienen tiempo de sobra para plantarse frente a AMLO. No advierten la urgencia. O si lo hacen estamos ante algo peor: no calan en el ánimo de los mexicanos, ni obligan al presidente a cambiar rutina o discurso.

Quizá eso se deba, en el caso de PRI y PAN, a que hoy son membretes reducidos a agencias de colocación de los leales a sus dirigencias.

La falta de un debate interno en ambas organizaciones, la ausencia de una autocrítica depuradora de cuadros o procesos tras la derrota de 2018, y lo mismo luego de los no pocos descalabros del 6 de junio, deja en claro que no les interesa la ciudadanía.

Acción Nacional hace cuanto puede para enviar un mensaje nítido: son solo un partido donde sus dirigentes buscarán explotar el presupuesto. No pretenden ser alternativa al gobierno, pues ganan con rotarse en los cargos desde los cuales tendrán acceso a millonarios fondos. ¿Quién quiere luchar una brega de eternidad si se puede cosechar, con apenas algunos triunfos y así se pierdan gubernaturas, un abultado presupuesto? El nuevo PAN es un changarro con flujo de caja garantizado a costa de los ciudadanos. ¿Para qué buscar la presidencia si las migas de las derrotas son tan jugosas?

Los del PRI, por su parte, descansan con sosiego en su enésima sepultura. Viejos zorros como son, lo hacen a la espera del momento de volverse necesarios para el gobierno. ¿Serán ellos quienes cobren las 30 monedas para traicionar al nonato bloque opositor en San Lázaro? Quién mejor que los priístas para ese rol, como ya se vio en el desafuero de Toledo.

Movimiento Ciudadano y el partido de la Revolución Democrática tienen chispazos discursivos, no ausentes de falta de congruencia en sus decisiones o posturas, mas su peso marginal se refleja en la balanza: al final no figuran. Por ahí, hoy no es.

Así que a los mexicanos les queda la certeza de que mientras el presidente no dudará en colapsar todo a fin de no ceder en su plan preconcebido, los opositores jugarán de forma ratonera: son parte del sistema y con eso tienen subsistencia para rato. El país puede esperar.

Porque hoy por hoy no muestran nada. Están arrinconados en la esquina que le conviene a AMLO, sin piernas, reflejos o estrategia para pasar a la ofensiva.

Esta carta que no es carta —lo que hoy es moda, por cierto— quiere decirles que no han mostrado nada para creer que quieren ser parte de un mañana mejor.

De aquí al 2024 los de Morena harán todo lo que haga falta para ganar. No en un afán de que siga la “transformación”, qué va, sino para garantizar que los que lleguen sean sus cómplices en ocultar los saldos de este desastre. Para ellos es la pugna por la impunidad: llueva, truene o relampaguee, es decir, sin escrúpulo alguno, buscarán la presidencia.

Si lo de hoy no puede salir bien, una genuina oposición estaría ya puesta en marcha. Reclamando para sí la bandera de la urgente e impostergable justicia social, causa que quedará atrapada en las obsesiones miopes de una persona que no supo que había ganado en el México del 2018, que no es el de 2006, cuando él fraguó su plan.

La desesperación de Morena por la necesidad de impunidad futura traerá oportunidades a una oposición que se muestre capaz de constituirse en un eje de debate y propuestas, a una que entusiasme y aglutine: voces opositoras que capturen la atención y provoquen acciones de otros colectivos. De una oposición que active la democracia, no solo retobe a la presidencia.

Pero el PAN y PRI actuales no son esa oposición. Sus dirigencias no tienen una idea de país en la cabeza. Supieron apropiarse del dinero público, pero no han mostrado las ideas democráticas que se requieren para trascender a Andrés Manuel López Obrador.

El colapso gubernamental

El momento no puede ser más delicado. La pandemia azota con la mayor tasa de contagios en año y medio, pero la carta de navegación de López Obrador ordena el regreso a clases. Mujeres y niños primero es el grito del capitán que en un naufragio quiere, en la hora extrema, ser humanitario. En cambio en México el presidente llama a la resignación, a volver a las aulas al precio que sea, pues vivir es arriesgarse, nos explica, es entender que los caminos de la vida no son como se pensaba. Si hay que exponer primero a los niños, sea. La mañanera ha hablado. Pongan vallenato, si enferman los críos, quién nos quita lo bailado.

Eso ocurrió el viernes. Una muestra más de la obcecación de un presidente. El tlatoani pide sacrificios a la población. Él que no ha estado dispuesto a sacrificar —a pesar de la pandemia y su durísima crisis económica, la más profunda en un siglo— uno solo de sus proyectos, a revisar una sola de sus políticas. Ni uno, ni una.

Esa es la lógica del lopezobradorismo. Está lo que importa, y lo que ha de sacrificarse, aunque justos paguen por pecadores. Porque la transformación va. Con Covid-19 o sin él; con cárteles criminales amenazantes, empoderados y entrometidos en las elecciones y en la libertad de expresión; con víctimas que ante la ausencia gubernamental ya negocian directo con los narcotraficantes para buscar a sus desaparecidos en campos de exterminio; con millones de nuevos pobres, con 18 millones de nuevos desamparados de los servicios de salud… la transformación va, manda decir el supremo gobierno.

La transformación que está hecha de esperanzas sin pies. Dividamos ese cuento propagandístico en sus tres elementos.

Primero: está hecha de obras de infraestructura —un aeropuerto, una refinería y un tren— que no van a cambiar a México, a menos de que se crea que lastrar es transformar; de programas sociales que no por justos tienen la viabilidad financiera garantizada, menos con un gobierno afanado en espantar la inversión con persecución fiscal y caprichosos cambios de reglas, y de una obsesión por privilegiar a Petróleos Mexicanos y a la Comisión Federal de Electricidad al costo que sea. Al costo que sea: legal o financieramente hablando.

La partitura del resto del sexenio es fácil de adivinar. El presidente exprimirá todos los recursos de eso que solíamos conocer como gobierno para destinarlo a lo arriba descrito. Si los servicios de salud acaban en los huesos, mala tarde. Si la oferta de educación pública se devalúa, ni modos. Si los mecanismos de gobernanza y de equilibrio institucionales quedan inoperantes, al fin provenían de la era neoliberal. Todo el dinero para lo que el presidente quiere. Lo demás no importará. Las consecuencias de ese desmontaje por la vía presupuestal, tampoco.

Si el elefante burocrático, como le dice Andrés Manuel al gobierno, deja de caminar será por mucho más que los recortes derivados de una supuesta austeridad republicana. No es austericidio, es un decreto de muerte: llevan años quitando los recursos a todo aquello que no sea las pensiones de adultos mayores, Pemex, CFE, Santa Lucía, Dos Bocas, Tren Maya y las fuerzas armadas. Una de las 20 economías del mundo reducida a cosas que se pueden contar con los dedos de las manos.

Segundo elemento: y para que nadie desnude en prime time que un país como México no funciona como cree López Obrador, el presidente inaugura capítulos polarizadores. Ahora con tabla roca construyó en el Zócalo no una pirámide chafa, sino algo más peligroso: una pira simbólica para exacerbar los sentimientos nacionalistas. Que la división aumente, que los agravios de siglos separen a los mexicanos en mucho más que el discurso. Y las festividades patrióticas septembrinas, y por el 200 aniversario de la consumación de la independencia, están a la vuelta de la esquina. Fuego de artificio para meses.

El tercer, pero para nada menor, elemento de la idea de la “transformación”, hoy se declara sin tapujos, son las Fuerzas Armadas. El presidente que ganó con más votos que nadie, quien como candidato se presentó como abanderado de un proyecto de izquierda y al reprobar el uso del Ejército en las labores de seguridad prometió regresarlos a los cuarteles, ha dicho el viernes que el mayor apoyo a su gobierno proviene de los uniformados. Salud por la democracia mexicana, que será civil y no verde olivo.

Si el presidente no hará más grande al país, si lo que pretende es reducirlo, dividirlo o uniformarlo, si ha de anular a grupos y acosar sin descanso a la prensa y otras voces críticas, ¿habrá oposición que tenga un proyecto alternativo? Es más, rectifiquemos la pregunta, pasémosla del hipotético futuro al presente llano: ¿Hay oposición para contener al mandatario y encabezar a una ciudadanía plural, antes que monolítica, diversa antes que encapsulable, democrática y no sumisa?

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