Estar sin Estar
Columna
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El sacrificio de las piedras

Sobra decir lo ridículo que se ve Santiago Abascal en casco de conquistador y también la desafortunada reproducción a escala del Templo Mayor en cartón

Ilustración de Jorge F. Hernández.
Ilustración de Jorge F. Hernández.

El partido Vox de España se equivoca rotundamente cada vez que sus militantes celebran la impostura conquistadora; la baba neofascista con afán falangista trasnochado farda como orgullo de la “España una grande y libre” la caída de Tenochtitlán en 1521 y al hacerlo confirman —sin saberlo— una lección de Perogrullo. En 1987, el entrañable profesor José Cepeda Adán —catedrático emérito de la Universidad Complutense de Madrid— tuvo a bien asignarme una exposición que desglosara el hecho trágico e inmisericorde de la matanza del Templo Mayor de Tenochtitlán como parte de su cátedra en el doctorado de Historia Moderna; llegado el día tuve a bien explayarme ampliamente en adjudicarle la entera culpa al capitán Pedro de Alvarado que, aprovechando que Hernán Cortés se hallaba en Veracruz para enfrentar a la hueste de Pánfilo de Nárvaez que pretendía apresarlo, confundió una fiesta multitudinaria con motín y azorado por los concheros ordenó la mansalva que terminó en masacre. Cité fuentes originales de ambos bandos y diversa estirpe, y con lo que podría calificarse de ardor tabasqueño, llegué incluso a insinuar que Alvarado estaba en estado de ebriedad (sin documentación que lo sustentase)… y en eso alzó la voz un corpulento compañero del doctorado que me gritó de punta a punta en el aula: “¡No permitiré que habléis así de mis ancestros!”.

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Con sabia serenidad y la parsimonia de profesor añejo, Cepeda Adán calmó la tormenta diciendo que a ese nudo quería precisamente llegar: “Dígame de dónde es usted”, le preguntó al orgulloso y confundido fortachón. “De Ávila, a mucha honra y el primero de una luenga estirpe de hombres que han trabajado el queso de oveja…”, a lo que Cepeda intervino diciéndole que “luego entonces, si de varias generaciones de Ávila proviene usted, es evidente que no desciende de conquistadores y que cuando Hernández habla con justificada rabia (no exenta de la licencia etílica) y evidentes rencores en contra de Pedro de Alvarado y otros compañeros de Cortés, habla en realidad de sus ancestros… es decir, los que ensangrentaron junto a guerreros mexicas la simiente del mestizaje que llamamos México y por ende, el enredo es de ancestros de Anáhuac y no va contra sus abuelos de Ávila”.

Evocado lo anterior, sobra decir lo ridículo que se ve Santiago Abascal en casco de conquistador y también la desafortunada reproducción a escala del Templo Mayor en cartón (además, iluminado con fluorescencias). En vez de rehabilitar o restaurar debidamente las piedras que son huella palpable de lo que quedó del Templo Mayor, a alguien se le ocurrió el numerito ridículo de la simbología populachera y chafa: se sacrificaron las piedras del pretérito en favor de una falsificación innecesaria y tan impostada como la baba engreída del peninsular desquiciado que olvida que lo Cortés no quita lo Cuauhtémoc.

Sacrificaron las piedras para un simulacro incongruente donde el moderno Tlatoani lleva la voz cantante en pausas nada náhuatl, pues gracias a los estudios de Ángel María Garibay y Miguel León-Portilla sabemos que el heroico pueblo mexica hablaba con voz tipluda y acelerada. Es decir, cuando se enredan los ánimos del presente en una necia imposición de pretéritos al gusto nos topamos por igual con Tony Soprano creyéndose descendiente de Cristóbal Colón o cualquier taquero que se cree la reencarnación de Cacama.

Síganle removiendo al pasado, sigan improvisando en aras de una humareda banal de copal con monóxido, confundan los signos y los símbolos y llegarán al filo del abismo donde se enredarán con el Guadalupanismo, insinuado en el anagrama o acrónimo anacrónico con el que se abrevia en Morena el llamado Movimiento de Regeneración Nacional. Si todo lo que llegó con los conquistadores incluye apellidos, recetas de cocina, árboles genealógicos, bautizos, matrimonios y primeras comuniones, el Tlatoani en turno tendrá que explicarnos al pueblo bueno si debemos o no creer en el milagro del Tepeyac o si hemos de volver a la Piedra de los Sacrificios, ahora que se han sacrificado las piedras por el plástico, el tezontle por el cemento Tolteca y las trajineras por microbuses.

De seguirnos enredando en la historia como distracción, podríamos volver a poner en escena ese momento glorioso de la historiografía histriónica donde Cantinflas en el papel de guía de turistas explica a un grupo de curiosos extranjeros, mientras Medel se esconde tras las faldas de la Coyolxáuqui, que la inmensa rodela de piedra “como ustedes verán es —según cuentan los arqueólogos— la Piedra de los Sacrificios. En esta piedra las doncellas venían ¿verdá?, es decir las traían y las agarraban así… quedando completamente sacrificadas y por esa ranura que está allí que es como canal, corría la sangre… Según Chicaspiar, parece ¿verdá? Yo no estoy muy seguro porque cuentan, son anéglotas ¿verdá?... que una vez, en cierto detalle, una doncella ¿verdá? no se dio cuenta y dijo ‘bueno.. pus…” cosas así, ¿verdá?, pero yo creo que esta piedra no es de los Sacrificios… es de los sacrificios porque ha de haber costado mucho sacrificio traerla aquí, ¿no cree usté? “, ante lo que una de las turistas pregunta cuánto pesa la piedra y Cantinflas responde que “esta piedra pesa… según cómo la cargue usté”.

Dejemos de cargar el pasado con miopías y astigmatismos que no corresponden a la memoria, sino al afán de una política presente o a pavimentar un futuro impostado. Dejemos de cargar la Piedra de los Sacrificios o la Piedra del Pípila en escenografías fosforescentes y aclaren si se le pidió al Vaticano una explicación mística sobre los milagros del cerro del Tepeyac al tiempo que se le exigió pidiera perdón por la Santa Inquisición, o bien se formula un modelo de renovación de los sacrificios desde la simbólica altura del improvisado teocalli para justificar la censura contra la libre expresión, la alineación autoritaria ante el sentido común y la retahíla de improvisaciones, ocurrencias y mentiras ante el axioma inapelable de que las cosas caen por su propio peso. Como un montón de piedras.

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