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Columna
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El PAN convertido en caricatura

La reunión de senadores panistas con el líder del partido ultradechista español Vox, Santiago Abascal, es un error casi inconcebible para un partido que aspire a ser considerado con seriedad

Panistas en una campaña electoral en Ciudad de México.
Panistas en una campaña electoral en Ciudad de México.Victoria Valtierra/ CUARTOSCURO

Acción Nacional es un partido que, desde su aparición en la política mexicana, en 1939, ha cargado el sambenito de representar a la derecha. Ha sido acusado, por tanto, de estar al servicio de la aristocracia y la burguesía mexicanas y de abanderar el clasismo y el racismo; y de estar a los pies de los intereses empresariales; y de ser un instituto huelesotanas y servil con la Iglesia; y de dar asilo a abiertos fascistas; y de oponerse, desde luego, a toda clase de progresos sociales, desde el derecho al aborto al matrimonio igualitario, por citar ejemplos sangrantes.

Dos veces ha ganado el PAN la presidencia de la República y no puede decirse que sus administraciones hayan sido un éxito. Además, desde luego, su ejercicio del poder federal no es que haya desvanecido las críticas perpetuas al partido, que, de hecho, aumentaron exponencialmente, en especial por la hiperviolencia que detonó en todo el país la fallida estrategia de enfrentar a los cárteles del crimen organizado que preconizó Felipe Calderón. Una hiperviolencia que seguimos sufriendo hoy mismo y que ha dejado un reguero de sangre espantoso, cientos de miles de víctimas y deudos y un costo incalculable de horror y zozobra para millones de mexicanos (y que no borra el hecho de que los sucesivos gobiernos hayan sido incapaces, también, de detenerla y revertirla).

El PAN perdió el poder en 2012 y no estuvo ni siquiera cerca de recuperarlo en 2018. Más aún, en muchos de los Estados donde se encontraban tradicionalmente sus electores más numerosos y leales, el partido se ha desvanecido casi completamente del panorama (Jalisco o Nuevo León son dos ejemplos clarísimos).

Algunos entusiastas han dado en pensar que su pertenencia a ese bloque opositor que tanto obsesiona y frustra al actual mandatario, Andrés Manuel López Obrador (aunque no es que haya logrado grandes cosas para acotarlo, a decir verdad), podría revivir a Acción Nacional como alternativa política. Todavía algunos se empeñan en recordar que ciertas figuras del partido, en sus orígenes, estaban cerca de los postulados de la Democracia Cristiana y casi podrían ser considerados intelectuales. Y que el PAN, durante años, se aferró a unas costumbres de democracia interna que ni siquiera sospechaban los demás partidos.

Pero todo esto no pasan de ser alucinaciones. La reunión de senadores del PAN con el líder del partido ultradechista español Vox, Santiago Abascal, con quien firmaron la llamada Carta de Madrid, un compromiso de diferentes fuerzas políticas para “frenar el comunismo”, es un error de una dimensión casi inconcebible para un partido que aspire a ser considerado con seriedad.

Y más allá del paso en falso político, se trata de un síntoma preocupante de que el PAN es, en realidad, todo eso que sus detractores siempre han dicho. Tomarse la foto con un personaje impresentable como Abascal (bien recordado por sus posiciones antiinmigrantes y reaccionarias extremas, y por disfrazarse de alabardero del Imperio de los Austria a la menor provocación) y darle crédito y estatura es un dislate si es que en realidad, como arguyen ahora algunos panistas, no piensan como él, y es una calamidad si de verdad están sincronizados con ese ideario.

Y, por otro lado, el “episodio Abascal” facilita que el Gobierno mexicano y sus abundantes matraqueros les coloquen a todos sus críticos y opositores el saco de fascistas. No tardaron nada en hacerlo, y en darle vuelo a la nota, lo que además les da un pequeño balón de oxígeno ante el desastre en que se les ha convertido el sexenio.

El PAN tomadito de la mano con la ultraderecha. Así de ominoso como suena. Un partido entregado a encarnar su propia caricatura.

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