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Columna
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Estoy con Sergio Ramírez

Daniel Ortega ha decretado orden de captura y promesa penitenciaria para el escritor nicaragüense y juro que la intención de estas líneas es no solo abrazarlo sino acompañarlo –de ser necesario—a la celda que le asignen

Una ilustración de Jorge F. Hernández.
Una ilustración de Jorge F. Hernández.

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo porque no puede llorar la desgracia de Nicaragua ni reírse ante las ocurrencias autoritarias de un dictador otrora guerrillero y su consorte pitonisa antipática y más la piedra dura porque esa ya no siente los dolores de la represión sigilosa y abierta, la telaraña corrupta del poder omnímodo y demencial. Las nubes que tatúan el lago de Managua o el paisaje que grita ¡Viva León jodido! se libran de las cicatrices abiertas por un miope y astigmático que se engolosinado con su propia efigie en el espejo distorsionante de un circo que lo ha vertido en clon del dictador que él mismo ayudó a derrocar y clon también de un sismo que dejó piedra sobre piedra la imagen de Nicaragua derrumbándose como ahora.

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Al escribir estas líneas pienso en una hermosa monja mercedaria de ojos azules y acento inexplicablemente vasco que luchó en la revolución sandinista contra Somoza desde las trincheras de Chinandega rodeada de patojos heroicos que donaron sus vidas. Era hermana de mi padre y en una FIL de Guadalajara me pidió presentarla con Sergio Ramírez para besarle las manos por tanta bendición que el gigante de Masatepe había hecho por su patria compartida y pienso también en el fantasma barbado y la mirada ya perdida de un poeta vaquero que luchó en la selva nicaragüense y repudiaría con sorna la traición con la que el otrora comandante Daniel Ortega ha pisoteado la lucha por la libertad y la democracia que sigue pendiente en esa tierra que fue coto privado de los Somoza, cementerio de Sandino, paisaje de breve esperanza nutrido de versos y ahora el paisaje humeante del terror desatado.

En las pasadas semanas el régimen matrimonial del dictador y su esposa vicepresidenta ha encarcelado a casi dos veintenas de voces opositoras con pretextos inventados, artimañas de alambique y mentiras puras pinches mentiras como las que acostumbran urdir los erráticos y confusos poderosos. En el colmo del delirio de su propia persecución, Daniel Ortega ha decretado orden de captura y promesa penitenciaria para Sergio Ramírez. Por eso, yo estoy con Sergio y juro que la intención de estas líneas es no solo abrazarlo (y a su esposa y familia entera) sino acompañarlo –de ser necesario—a la celda que le asignen… que se llenen las mazmorras y todas las crujías con la infinidad de lectores que le debemos cada párrafo y cada línea; que vuelva de un calabozo en Argel el mismísimo Cervantes para hacerle coro a Sergio y a todas las almas libres que se oponen al tirano Ortega y que me encadenen de un tobillo a la sombra que llora por un callejón de La Habana, siamés de Sergio por el Premio Alfaguara, para bailar una rumba de mofa y burla con cada gramo de maquillaje de la bruja vicepresidenta Ortega.

Estoy con Sergio en cada página que le debo. En sus cuentos que no se comentan tanto como sus novelas donde ha estilizado la economía amable de desescribir lo que le sobra a una historia para condensar la trama en un trayecto caminable. Celebro sus personajes y el entramado de sus hilos casi transparentes, los que forman los nudos de cuentos que sofocan la tráquea o alivian el pecho, allí donde late el corazón de sus novelas varias. Novelista de la vida palpable y de la imaginación desatada, Ramírez es un autor armado (por lo visto, peligrosamente) de palabras, de todas las palabras que ofenden al Dictador y que embelesan a la Musa, palabras que navegan en murmullos como de Rulfo o en la clara voz de Darío. Ramírez es hombre de letras y libros y al allanar la casa con la demencial orden captura, la policía paramilitar de Daniel Ortega estará clonando la ignorancia talibana de destrozar todo lo racional o musical en abono del silencio de la imbecilidad y la obstinada codicia del poder por el poder.

Estoy con Sergio en el recuerdo intacto de una sobremesa donde recitó a Rubén Darío y me explicó el Humani Corpore Fabrica de Vesalio, allí sobre el mantel recreando escenas de sus andanzas y años después, en una comida de carne asada en Guadalajara donde a ambos ya sólo nos tocaba evocar a Lichi, al gran Eliseo Alberto que anda por el mundo atado siempre a nuestras almas. Estoy con Sergio y Tulita en cada ocasión que veo su sonrisa que nace de los ojos y después, sólo después, llega a los labios para entrecerrar los ojos bajo el dintel de un pelo como gorra de sabio y en ese hablar liviano y sabio con el que va dosificando cada adjetivo. Estoy con Sergio porque consta que con él se abraza a un gigante, más fuerte que Charles Atlas y cuya imbatible dignidad ha de contribuir al derrumbe del dictador.

Daniel Ortega no merece más párrafo que éste en el que le auguro una escena final a la manera del sátrapa rumano y su esposa lunática o una patética y sangrienta venganza del pueblo oprimido por él que ha de colgarlo de cabeza, recreando el cuadro italiano de un Benito con su Clara… y la memoria infalible de que constan ya imborrables todos los discursos de su engaño, toda la retahíla de mentiras y toda la nómina de sus víctimas con la lista de atropellos y locuras. ¡Cómo no dejar constancia de su ocurrencia de contratar a un mago chino de la telefonía celular para trazar un imaginario canal que rivalizara con el de Panamá! En fin, que no merece más párrafo que el breve espacio en el que condeno su despotismo desatado y deseo que algún entienda que un yo se vuelve cientos por milagro y obra de la lectura. Todos esos que en realidad somos miles que estamos con Sergio.

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