Columna
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La literatura ya no es como era, esa estupidez

Últimamente he encontrado incluso más declaraciones de escritores y escritoras que aseguran que la literatura está acabada. Queridos heraldos del ámbar, háganse un favor y pónganse a leer, antes de repartir extremaunciones

Libros en una estantería.
Libros en una estantería.picture alliance (dpa/picture alliance via Getty I)

“Todo tiempo pasado fue mejor” no es únicamente uno de esos lugares comunes que ponen en pausa el raciocinio, es también y sobre todo la condensación de las mil y una formas que la esperanza tiene de capitular. Si pudiéramos vernos desde fuera, si fuéramos, pues, un ser llegado de otra galaxia, parecería consustancial a nuestra especie, es decir, al ser humano, esa suerte de rendición que no es sino la peor de nuestras derrotas morales y que no responde sino a nuestra perspectiva temporal de la muerte. Por supuesto, a cada individuo le sucede en un momento diferente —puede alcanzarnos a una edad temprana, en ese periodo cada vez más largo que es nuestra edad media o en aquel otro renglón que conocemos como vejez—, pero no hay manera de evitar el minuto de la hora del día en que nuestro propio fin nos mira a los ojos y nos asumimos carne en proceso de descomposición.

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Digo esto, lo de ese instante inesperado y a la vez inevitable que por lo regular nos toma por sorpresa —en el funeral de un ser querido, en un rapto de angustia, en un pozo de desesperanza, pero también en la cima de una alegría, ante el nacimiento de un hijo, justo después de hacer el amor—, porque es a partir de ese minuto de esa hora que, además de asumirnos simples números en una lata, empezamos a extrañar nuestro pasado y no solo a recordarlo. Aunque quizá extrañar no sea la palabra correcta, pues extrañar, extrañamos siempre —de ahí que la memoria sea un lugar al que regresamos una y otra vez y una vez más y de ahí que el recordar sea el acto al que nuestro cerebro dedica más energía y más tiempo—. La palabra correcta sería, entonces, embellecer. Y la frase debería decir: es a partir de ese minuto que, además de asumir que el reloj que hemos mirado siempre avanzaba en sentido estrictamente inverso al que creíamos, empezamos a embellecer y, por lo tanto, a sobredimensionar nuestro pasado.

Sí, sí… todos sabemos que el ser humano es mortal y todos convivimos con esa idea desde que somos chicos. Pero no es lo mismo conocer el destino de nuestra especie que mirar el de uno mismo. No es lo mismo, pues, saber que la vida se termina que saber que se acaba la experiencia. Es justo ahí, en ese instante inesperado y a la vez inevitable en el que descubrimos que nuestra experiencia —en toda su plenitud y en toda su potencia— es la que habrá de perecer, que se embellece y se sobredimensiona lo que está siempre pereciendo, pues se embellece y sobredimensiona la experiencia, no la vida; los recuerdos, no el pasado.

Por supuesto, aunque podría parecerlo, el problema no son ese embellecimiento ni esa sobredimensión que, a fin de cuentas y por desmesurados que puedan resultar, no son sino actos afirmativos de la voluntad, la vitalidad y la experiencia personal, todo aquello, pues, que —ingenuamente, por supuesto— nos convencemos de que será lo que habremos de dejar. El problema es que muchas veces, demasiadas, en realidad, al embellecimiento y a la sobredimensión se añade el encapsulamiento, la petrificación de la experiencia propia: es entonces que aparece toda esa gente cuya última y más grande aspiración es la del insecto en el ámbar, toda esa gente que pretende, pues, que su experiencia sea la última que brille bajo el sol.

Es esa gente que anhela convertirse en pieza estrella de museo la que, sin darse cuenta, ha sido derrotada moralmente, la que perdió la esperanza y la que escupe esa frase que asevera “todo tiempo pasado fue mejor”, mediante sus mil y una variantes: “Estos médicos no son como los de mi generación”, “uy, los ingenieros de antes, esos sí que sabían construir”, “si supieras cómo se cosían los vestidos cuando era joven”, “no, no, no… la comida de hoy no vale una mierda”, “para zapatos, los que hacían con tu horma”, “arte, lo que se dice arte de verdad, no se encuentra en este siglo”, “la crítica, la única, está muerta y enterrada”.

Traigo esto a cuento porque últimamente he encontrado incluso más declaraciones de escritores y escritoras —no sé si sea que la pandemia multiplicó los instantes en que se transparenta la perspectiva temporal de la muerte— que aseguran que la literatura está acabada, que ya no tiene sangre, que está vacía, que carece de fuerza. Son las mismas frases que he escuchado mil y una veces en festivales literarios, ferias del libro, presentaciones, coloquios y demás encuentros en torno a los libros, justo antes de sonreír y sentir lástima.

Y esta vez no tengo duda: lástima es la palabra correcta. Porque eso es lo que siento ante los escritores y escritoras atrapados en el ámbar, ante esos escritores y escritoras cuyo único anhelo es convertirse en la pieza estrella del museo, ante esos escritores y escritoras de edades múltiples —muchos de ellos y ellas pertenecen incluso a mi generación, es decir, nacieron a finales de los setentas— que han optado por negar toda experiencia que no sea la suya. La suya y, claro, la de los suyos, pues, en tanto gremio, la capitulación funciona también en plural: el museo expone a todos juntos, porque después de ellos no hay ni deberá haber nada. Pero no quiero que se confunda lo que digo: no me da lástima el lugar común, no me da lástima lo que aseveran quienes solo son capaces de mirar para atrás, negando no sólo el futuro sino también el presente.

Me dan lástima ellos y ellas, los escritores y escritoras derrotados moralmente que han perdido la esperanza ante las puertas de su infierno personal y que —aunque siempre creen que encontraron la más ingeniosa de las mil y una frases de capitulación—, no hicieron otra cosa que rendirse, acotando, paradójicamente, su experiencia. Y es que sólo se puede escupir una frase como “la literatura está acababa” o “la literatura ya no tiene sangre” si se cree —¡si se cree en serio!— que la literatura es del mismo tamaño que uno o que uno y su manada. Por todo esto me dan lástima, por todo esto y porque sólo puede creerse que la literatura tiene fin, si uno ha dejado de leer, si uno no lee aquello que llegó después de sí.

Queridos heraldos del ámbar, háganse un favor y pónganse a leer, antes de repartir extremaunciones.

Lean, por ejemplo, a quienes aún no se han rendido, aunque ustedes lo hayan hecho.

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