Relación México - España
Columna
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Un problema postal

Que se deje de mancillar la relación inquebrantable entre México y España con posturas populacheras que ensucian la oportunidad histórica de compartir las dos caras de una memoria compartida

Ilustración de Jorge F. Hernández.
Ilustración de Jorge F. Hernández.

El presidente de México insiste en quejarse por la falta de respuesta a una carta que envió hace dos años y medio al Rey Felipe VI en donde pide que el monarca pida perdón a los pueblos indígenas de México por las atrocidades y atropellos cometidos por soldados de diversos orígenes en la Península Ibérica durante la Conquista de lo que se llamó Nueva España.

Abnegados carteros mexicanos del lánguido Servicio Postal Mexicano juran haber realizado una notable de carreras en relevo con dicha carta desde el Antiguo Palacio de Correos (de arquitectura neogótica catalana) en la esquina del ahora Eje Central Lázaro Cárdenes y la antigua calle de Tacuba (allí, al lado del Palacio de Minería… obra de Manuel Tolsá, el del Caballito) y consta que a pesar del estado de la mochila del último relevo, la carta llegó salva al puerto de Veracruz donde no sabemos si abordó un buque o si se pagaron timbres de envío aéreo. Por lo mismo, no consta si la carta llegó a Madrid por vía de un avión que aterrizó en el Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid Barajas o si se logró no arrugar sobre ni sellos en un supuesto desembarco en Cádiz y de allí, a lomo de mula, tren de Renfe o furgoneta hasta un palomar de misivas en Madrid, donde se anidó fugazmente en el casillero marcado: “Rey: cartas y postales”.

A partir de aquí se espesa la trama. Es probable que con uso de lupa y a trasluz algún cartero genial originario de la colonia Bondojo oteara a escondidas un problema nodal en la rotulación del sobre (al parecer, de delgadísimo papel cebolla con ribete tricolor a la antigua; es decir, con borde verde, blanco y rojo) o bien, fue gracias al sistema de baño-maría en una buhardilla de Lavapiés, donde dos distinguidos funcionarios de Correos de España lograran abrir el mentado sobre (para luego volver a sellarlo con cola o goma de tragacanto).

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Lo cierto es que desde hace más o menos dieciocho meses estamos ante un problema postal: el destinatario a quién debería ir dirigida la carta en busca del perdón debería ser descendiente directo del rey Carlos I de España y V de Alemania y no el actual monarca de la casa Borbón (ni su padre, ahora llamado Emérito habitante de los Emiratos Árabes) y el remitente firma con nombres (dos al hilo) y apellidos (paterno y materno) de origen no sólo peninsular, sino particularmente españoles, por lo que carteros de ambos lados del Atlántico cuestionan sus párrafos escritos en nombre de los indígenas de México.

Ya entrados en tertulia (vía correo electrónico para mayor rapidez y eficiencia) los carteros de ambos lados del charco oceánico han mantenido una tertulia continua donde se han expuesto los siguientes silogismos. Según una cartera originaria de Zaragoza (vecina de Madrid desde hace seis años) se necesita que “pida perdón el Imperio Romano —y los fenicios— para formular perdones con sombrero ajeno” a lo que un noble cartero de Morelia, Michoacán (al filo de la jubilación) subraya repetidas veces “¡Que pida perdón el PRI y el sindicato de PEMEX!... y de paso, que ya pida perdón la pinche Liga Mexicana de Fútbol (creo que ahora financiada por un banco español) y un antiguo telegrafista, ahora ejecutivo de Correos de España en Toledo, pregunta en cada sesión si el remitente es el verdadero portavoz de los pueblos que él ahora llama originarios o, como le informó Chonita la eterna cartera de la Colonia Tabacalera en la ciudad de México: “La verdadera voz indígena de México y su auténtico portavoz encapuchado, pero que ha vivido y sobrevivido ya media vida en la selva Lacandona, le han advertido que mejor pidan perdón por el proyecto del Tren Maya (cuya modelo a seguir es el trenecito de Disneylandia) y que ni los humos de copal, los panes en el cráneo o los listones de colores convierten a un ladino en chontal o zapoteco”. Otras muchas voces indígenas que se han unido al coro de correos preguntan con insistencia si España también aprovechará para pedir perdón por las películas de Julio Iglesias, los gestos de Raphael, la horchata de chufa y la madrileña costumbre de llamarle callos a la pancita o mondongo.

Que cada quien pida perdón por lo que hizo a su hermano o que cada quien espere lo que haya que esperar para que su hermano lo perdone. Que se aterricen los equivocados afanes de humanismo impostado e ignorante y que se psicoanalice colectivamente si cada quien ha de responsabilizarse por las culpas y crímenes de bisabuelos, choznos o antepasados lejanos; que se defina si la carta clonada que se envió al Vaticano intenta pedirle al Papa Francisco una postura definitiva o definitoria sobre los milagros guadalupanos y el creciente poder, presencia y polémicas de las iglesias llamadas evangélicas… o por lo menos, que se deje de mancillar la relación inquebrantable (o inevitable) entre México y España con efervescencias transitorias y posturas populacheras que ensucian la oportunidad histórica de compartir las dos caras de una memoria compartida, debatir en el reino de las ideas y el pensamiento los mutuos problemas y cuentas pendientes, recorrer sin ojos oportunistas el pretérito que nada o poco tiene que ver con las circunstancias del presente, recomendar los libros que nos salvan, los documentos que quedaron, las huellas palpables del habla, sabores, usos y costumbres, los apellidos y la fe, el credo de los agnósticos y los trajes de luces, los versos de un poema que acorta las olas o clona las nubes de ambos paisajes, el humor que nos hace reír, los dobles sentido de cada palabra, la verdadera piel de los indígenas (que no precisan el criterio de un güerito para definirle sus estatuas), la verdadera descendencia de un descarado conquistador que echó raíces en lo que ahora llamamos México y la caridad o condescendencia de los frailes que enseñaron a no pocos a leer y que de paso, escribieron con eñe y gramática funcional las lenguas que ellos mismos ayudaron a salvar del olvido.

Que se ponga de una vez un orden concordante con el sentido común y una racional serenidad ante el desdén, desorden o desprecio con el que se ha dejado naufragar no solamente la relación diplomática de México con España, sino la caprichosa, esquiva, equívoca, enredada, improvisada y caprichosa enredadera de chismes, insinuaciones y gazapos con las que se han maltratado a funcionarios (mexicanos y españoles) que se desviven por mantener en alto la Embajada de México con sede en Madrid, el Instituto Cultural de México en España y la Biblioteca Octavio Paz.

Lo que nos une está muy por encima de cualesquier herida que nos separa. España y México se unen en el espanto y en el espasmo, en el mestizaje de la arquitectura y del zapote con la naranja, en los murales policromados de ambos paisajes y en las novelas de ida y vuelta, el son jarocho fusionado con soleá y el bolero que llevamos ambos en la piel. México y España se hablan hasta en silencio, se miran en el espejo aunque a menudo el reflejo refracte, se recuerdan por sus nombres y su diversidad de lenguas, su tenaz oposición al fascismo y sus rebozos de luto, sus películas a colores y sus caminos de tierra adentro… Lo que nos une está en la caligrafía con la que nos traducimos a diario una lengua compartida; lo que nos une es el sueño y las pesadillas, la inteligencia brillante y la estupidez del estorbo inevitable… la clara conciencia de coexistencia allende el mar y más allá de políticos y politiquerías, pero sobre todo nos une el silencio y por lo mismo, incluso los carteros ante un necio problema postal como el que nos ocupa o preocupa, sugieren que nos dejemos de cartitas y pasemos directamente a recrear una paella con mole.

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