PENSÁNDOLO BIEN
Columna
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Cárdenas y López Obrador, la rivalidad oculta

El presidente ha hecho lo necesario para que su movimiento no tenga deudas históricas con los Cárdenas; y más significativo aún, para no correr el riesgo de que el cardenismo se convirtiera en heredero del obradorismo

El presidente Andrés Manuel López Obrador y Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, hijo del expresidente Lázaro Cárdenas, en julio de 2018.
El presidente Andrés Manuel López Obrador y Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, hijo del expresidente Lázaro Cárdenas, en julio de 2018.Carlos Tischler (Getty Images)

Podría hacerse un libro sobre la relación entre el obradorismo y el cardenismo. O, mejor dicho, sobre la ausencia de una relación. Habría razones personales e ideológicas para que el movimiento político del actual presidente asumiera la obra de Lázaro Cárdenas y la de su hijo Cuauhtémoc como columnas fundantes, como prólogos de su propia obra transformadora. Pero no es así, lo cual no deja de sorprender, aunque tiene una explicación.

De todos los presidentes del siglo pasado o del actual, el general Lázaro Cárdenas (1934-1940), es el único que Andrés Manuel López Obrador podría considerar un precursor, pero no lo hace. Hace casi 90 años Cárdenas introdujo reformas aún más radicales y en la misma dirección que lo hace el Gobierno de la Cuarta Transformación. La expropiación petrolera, un profundo reparto agrario y otras medidas a favor de los más necesitados, fueron los pilares del priismo con conciencia social y pasión nacionalista al que el actual presidente hace referencia con cierta nostalgia. Era otro México y otro contexto internacional, pero lo que hizo el Gobierno de Cárdenas desmontando latifundios y expulsando a las transnacionales petroleras, tiene un valor enorme en momentos en los que las metrópolis aún se sentían con derecho a redactar nuestras constituciones y la Standar Oil y similares deponían gobiernos.

Podría argumentarse que López Obrador prefirió tomar distancia de las muchas versiones que con el tiempo adquirió la reforma agraria. El cardenismo acabó sirviendo como discurso legitimador lo mismo para “un barrido que para un regado”. En un valle servía como narrativa soliviantadora para oponerse a los caciques; en el siguiente valle servía justamente para justificar el control de agraristas devenidos en caciques.

Con todo, llama la atención las escasas menciones del presidente sobre la figura del General durante su reiterado recorrido verbal por el panteón de los héroes, al que es tan afecto. Los padres de la Independencia, además de Benito Juárez y Francisco I. Madero, son las referencias obligadas, pero no Cárdenas, salvo el 18 de marzo, aniversario de la expropiación (tampoco suele ser mencionado Emiliano Zapata, el más humilde de los revolucionarios, aunque eso merecería otro artículo). Paradójicamente, el presidente recuerda con mayor frecuencia a Francisco José Mújica, secretario de Economía del Gabinete de Cárdenas, que a este último.

Con el caso de Cuauhtémoc Cárdenas el vacío que López Obrador hace es aun mas evidente. El hijo del general fue decisivo en la biografía política de López Obrador, al menos en dos momentos. En los años ochenta, el ahora presidente aceptó un puesto en el Instituto Federal del Consumidor en la Ciudad de México, a manera de exilio político tras la experiencia frustrada de cambiar al PRI tabasqueño. Luego de varios años en esa posición, parecía destinado a fundirse en las filas de la burocracia federal. Pero en 1988 Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, entre otros, lanzaron desde la disidencia del PRI una propuesta independiente para disputar la presidencia a Carlos Salinas. Consideraban que los tecnócratas habían desnaturalizado al partido oficial. A instancias de Graco Ramírez, Cuauhtémoc convenció a López Obrador de regresar a la política, en calidad de candidato a gobernador de Tabasco por el recién creado Frente Democrático Nacional. Se requirió, incluso, una segunda cita por las reservas que generaba en la familia abandonar la solidez de un empleo en aras de una aventura peregrina. Lo demás es historia.

Un segundo momento es el encumbramiento de López Obrador, primero como presidente del PRD nacional y luego como candidato victorioso a la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México. Y si bien tal encumbramiento obedece esencialmente a méritos del propio López Obrador, habría que reconocer que en toda esa coyuntura Cuauhtémoc era, por mucho, la principal figura del movimiento: alcalde de la Ciudad de México y candidato a la presidencia del país en varias ocasiones. No necesariamente que el tabasqueño haya sido su delfín, pero sin duda se requirió de la aprobación tácita, o de la ausencia de resistencia, de parte de Cárdenas, para que aquél se convirtiera en su sucesor en la capital del país.

Nunca estalló entre ellos un pleito abierto. No había con qué. Cuauhtémoc Cárdenas siempre ha sido un hombre austero, honesto y recogido en sí mismo, cuyo protagonismo ha tenido que ver más con su circunstancia que con su ambición de poder. Ni como gobernador de Michoacán, todavía en el PRI, se caracterizó por una administración que hiciera historia, ni como candidato presidencial derrotado y presuntamente despojado reaccionó desde la oposición. Algo en él lleva a recordar, y no solo por la fisonomía, al príncipe Carlos de Gales.

Este martes López Obrador invitó por vez primera a Cuauhtémoc Cárdenas a un acto público de la 4T. El último registro de una reunión data del 3 de julio de 2018, cuando Cárdenas fue a felicitar al tabasqueño por su triunfo, todavía en la casa de campaña. Nunca más durante su presidencia. Y no se trató solo de un distanciamiento prudente. En un par de ocasiones el ingeniero señaló que el Gobierno de López Obrador no era de izquierda, en clara referencia a su incomodidad con el estilo o las decisiones de su ex correligionario.

El affaire entre el cardenismo y el obradorismo tiene en Lázaro Cárdenas Batel una tercera vuelta de tuerca. El nieto del general e hijo del ingeniero, tercero en el linaje político, es el jefe de asesores de Andrés Manuel López Obrador. Un puesto que lo dice todo. A sus 57 años y con la experiencia de haber sido gobernador, senador y diputado local, Lázaro II tenía más merecimientos políticos que la mayor parte de las figuras que hoy ocupan secretarías de Estado. Un jefe de asesores de la presidencia es un puesto que puede ser tan poderoso o inútil como lo decida personalmente y en cada momento el soberano. Y está claro que otros funcionarios de la presidencia asumieron tareas de responsabilidad directa en el manejo político de proyectos fundamentales de la 4T. No así el heredero del cardenismo. Y más relevante aún, el jefe de asesores carece de visibilidad política para el gran elector. De haber sido ministro de Estado, Cárdenas Batel hoy sería un nombre obligado en las listas de aspirantes para suceder a AMLO. De alguna manera este se ha asegurado de que no sea el caso.

En suma, por razones políticas, no exentas de orgullo y competencia personal probablemente, el presidente hizo lo necesario para que su movimiento no tuviera deudas históricas con los Cárdenas; y más significativo aún, para no correr el riesgo de que el cardenismo se convirtiera en heredero del obradorismo.

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