Estar sin Estar
Columna
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Cebadinas

Quiero celebrar ese raro filamento de tranquilidad y sosiego que nos permite desacelerar tanta mala adrenalina que nos inunda por todas partes

JORGE F. HERNÁNDEZ

Irapuato y León, Guanajuato son quizá las únicas dos ciudades del mundo donde sus habitantes llevan décadas saludándose con eructos bajo los portales en el jardín central, allí donde ahora llaman ficus a los laureles achatados por jardineros escultores. Es decir, en el corazón de León tenemos el alivio cotidiano de ingerir un néctar de dioses que nos provoca esa pequeña erupción gástrica como propósito de enmienda para los excesos de la noche anterior, energía para encarar las salsas de cada día y ligero bufido o exhalación de la más pura humanidad. Hay quienes exageran el efecto y prácticamente se retan a pronunciar Popocatépetl mientras se alarga el eructo y hay muchas familias que fueron educadas bajo la discreta consigna de que había que taparse la boca y soltar el soplido con delicadeza y donaire. Al volver de la peste o en plena pandemia, desconozco si el ritual se ha desvirtuado o agilizado con el telón facial del tapabocas.

Entre la infancia y la adolescencia pasé por la disyuntiva de inventar coloquios etimológicos –heredados de mi padre—en torno a grandes temas epistemológicos como por ejemplo: ¿se dice anéglota o anécdota? ¿eructo o erupto? ¿pantunflas o pantuflas? Y luego, grandes disquisiciones filosóficas que rayaban también en la criminalística: ¿realmente existe la fiebre uterina? ¿No sabías que la reina de Inglaterra regala un millón de libras esterlinas para el primer hombre que se embarace?… Y así con estas y otras muchas tribulaciones pasábamos mis hermanos y un inmenso ejército de primos hermanos de la cebadina roja, sabor jamaica con cucharadita de bicarbonato de sodio para el excuse me, a la cebada ya fermentada conocida mundialmente como cerveza.

Habrá otras páginas para honrar las tertulias de cebada etílica, pero a ver si me puedo dar a entender con lo que se proponen estas líneas: evoco y celebro el desparpajo aunque escatológico de sonreírle a un prójimo en pleno eructo de descargo y celebro el distendido momento en que te cruzas con alguien en la plaza y no tienes que exagerar mayor ceremonia que la de inclinar un poco la cabeza, tocar el filo del sombrero y entrar en una breve conversación al paso. Al margen de esto, nunca me ha parecido prudente ni agradable el mamonazo que sale con su batea de babas para aclarar a los lugareños que la cebada –así sea aliñada con bicarbonato de sodio— no es más que una jalada inventada por un jalisquillo que migró al Bajío y que no está científicamente comprobado que sea ni digestiva ni energética y me jode cuando se subraya el efecto microexplosivo del eructo saneador como indicativo de vulgaridad y bajeza… Digo que a muchos cuevanenses, de tres o más generaciones, nos ha vuelto levitantes habiendo sido penitentes, nos aligera la tripa habiéndonos empachado, ese suave elíxir como placebo y por ende, nadie lleva razón en reprobarnos o conminarnos a la suspensión de la bella libación, nomás porque algún prófugo de la facultad de química no se puede quitar la bata blanca ni en época de carnavales.

De esa sana liviandad, entre el ocio y el trabajo, entre las premuras y el sosiego que tanto honraba la vida en todos los Guanajuatos posibles, recuerdo el momento en que mi abuelo Pedro Félix se topó con un tío que venía cruzando el jardín a toda prisa, como si llevara en el buche la combustión de una efectiva cebadina. Mi abuelo lo frenó tomándolo del brazo y preguntándole la razón de su prisa. El tío abuelo, sacando su relojito de leontina le informó tembloroso que iba veloz a pescar la diligencia que salía para Lagos de Moreno, Jalisco… donde agonizaba en ese momento su esposa. Mi abuelo lo mandó a la buena de Dios y deseando pronta recuperación para esa mujer… Dos semanas después, mi abuelo Pedro Félix se volvió a encontrar al tío en la fila de las cebadinas, con un periódico en las narices, y al preguntarle con gran delicadeza cómo seguía la tía en Lagos, el interfecto respondió: “¿Creerás que no he tenido tiempo de ir a verla?”.

Quitado de la pena le llaman a la calma irresponsable y chiflando en la loma le llaman a la distracción rayana en la estulticia… pero hoy quiero celebrar ese raro filamento de tranquilidad y sosiego que nos permite desacelerar tanta mala adrenalina que nos inunda por todas partes, tanta efervescencia de mala leche, mentiras y pavores… y sugiero ingerir de un solo trago ese rojo néctar del agua de cebada saboreada ligeramente con infusión de flores de jamaica que cobra un alto voltaje volcánico que –una vez pasado por el esternón— vuelve a ascender por el cogote convertido en exhalación y alivio de resoplido tan primario y primoroso que conocemos vulgarmente como el eructo mañanero.

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