Columna
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El odio

Este sentimiento ha desbordado los límites tolerables y contamina ya toda la vida española en una demostración de que la crispación política influye en la sociedad y al revés

Pablo Iglesias durante la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros el pasado 7 de julio.
Pablo Iglesias durante la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros el pasado 7 de julio.EUROPA PRESS/E. Parra. POOL - Eu (Europa Press)

Debe de ser por carácter o porque no tengo redes sociales, el caso es que no considero el insulto normal, y menos una prueba de la fortaleza de una democracia como ha dicho el vicepresidente segundo del Gobierno poniéndose él mismo de ejemplo de receptor destacado de insultos, lo que avalaría su sinceridad. Para mí, el insulto forma parte de lo peor de la convivencia y remite a comportamientos dictatoriales más que a una democracia avanzada, como él sostiene, en tanto que es una manifestación del odio, no de la libertad de expresión. El insulto cortocircuita cualquier diálogo e imposibilita la convivencia misma.

Así que no comparto que se haya de “naturalizar” (normalizar, supongo que quiso decir el vicepresidente) un comportamiento que debería ser desterrado de nuestros hábitos como tantos otros, pongo por caso la corrupción, tan de moda. Pero parece difícil que sea posible, a la vista de las reacciones que la declaración del vicepresidente segundo del Gobierno ha provocado entre sus adversarios políticos y entre el público en general. Confirmando que España está llena de odiadores, los insultos han arreciado contra el vicepresidente Iglesias como si la “naturalización” que él reclamaba para ellos se hubiera producido ya y por partida doble: le insultaron los que siempre lo han hecho y los que no lo habían hecho hasta ahora, pero se han sentido autorizados a hacerlo por sus declaraciones. Como en las atracciones de feria, el vicepresidente segundo del Gobierno se convirtió de nuevo en el mono de goma al que todos apedrean para manifestar su hombría y su puntería, dos méritos muy valorados en algunos ámbitos.

Lo curioso es que muchos de los que se han sentido ofendidos por la defensa que el vicepresidente ha hecho del insulto como manifestación de la libertad de expresión son los mismos que insultan a diestro y siniestro desde siempre no solo al vicepresidente del Gobierno, sino a cualquiera que disienta de ellos, ya sea en el Parlamento o en las redes sociales, incluso en los medios de comunicación. El que escribe puede dar fe de ello, pese a no ser político ni activista en las redes sociales ni haber insultado a nadie jamás, al menos en sus escritos. Y puede dar fe también de que esos insultos han aumentado de un tiempo acá, coincidiendo con la crispación política que empezó a manifestarse a raíz de la crisis económica de 2008, y creció con el llamado procés independentista catalán y la irrupción en la vida española de partidos populistas tanto de izquierdas como de derechas que dinamitaron el bipartidismo histórico para cristalizar en forma de odio durante la cuarentena obligada por la pandemia que aún continuamos viviendo. Un odio que ha desbordado los límites tolerables y contamina ya toda la vida española en una demostración de que la crispación política influye en la sociedad, y al revés. En esa retroalimentación desempeña un papel importante el insulto por cuanto significa la negación del respeto al otro, no ya solo de sus opiniones.

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Decía Antonio Machado que, en España, de cada diez cabezas nueve embisten y una piensa, pero hoy su afirmación queda corta, me temo. Hasta el que piensa embiste a menudo, con lo que la vida pública se ha convertido en un ring en el que todos dan puñetazos, tengan o no razón para ello. El odio inunda la convivencia y, como alguien no lo corrija, que no parece, lo acabaremos pagando todos (lo estamos pagando ya), crea lo que crea alguno.


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