COLUMNA
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El martes 3 atañe a América Latina

Temores fundados ante la votación que van desde la temida manipulación de tribunales para tumbar resultados, hasta valerse de la movilización de partidarios enardecidos y armados

Una mujer reparte guías electorales en Houston, Texas, el pasado 25 de octubre.
Una mujer reparte guías electorales en Houston, Texas, el pasado 25 de octubre.CALLAGHAN O'HARE (Reuters)

Temores fundados ante una votación que culmina el próximo martes 3 de noviembre cuando ya votaron cerca de 80 millones del total de 150 millones que se estima lo harán. Temores por un presidente/candidato que se niega a anunciar que reconocería un resultado adverso, asoman grandes nubarrones. Que van desde la temida manipulación de tribunales para limitar votantes o tumbar resultados, hasta la de valerse de la movilización de partidarios enardecidos y armados.

Todo esto también concierne a América Latina para la cual se plantean cuatro grandes temas de reflexión.

Primero, de confirmarse las peores de las previsiones sobre posibles reacciones confrontativas por un Trump perdedor, nos encontraríamos ante un escenario insólito: la América Latina de los otrora militarismos y fraudes electorales observando como en el “guardián de la democracia” –EE UU– el perdedor de una elección presidencial patea el tablero.

Paradoja: las crisis y protestas sociales que en aquel tiempo –como se dice en los evangelios– en Latinoamérica se resolvían –o complicaban– con golpes militares, represión o el intervencionismo de Washington, hoy encuentran caminos institucionales de salida.

Luego de las elecciones bolivianas del 18 de este mes, al candidato que quedó en segundo lugar –Carlos Mesa– no se le ocurrió anunciar, por ejemplo, que vería primero como irían las cosas para ver si la acataba o no. Prontamente reconoció el resultado. En Chile, las protestas sociales de hace un año han tenido un curso de salida también institucional y democrático. Una masiva votación y la contundente decisión nacional de dejar atrás la Constitución de Pinochet.

Segundo, se quiere hacer marchar el reloj al revés reviviendo el espíritu de “bloque” de la vieja guerra fría o embarcando a la región en una nueva con China. La derrota de Trump impactaría sobre esa lógica cerril.

La expresión más visible de ese espíritu de guerra fría viene de ser la manipulación diplomática para poner a varios países latinoamericanos a marchar disciplinadamente en la insólita elección de un estadounidense que no entiende de multilateralismo como presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). “América para los americanos”.

Con Trump derrotado, el presidente estadounidense del BID elegido en esas circunstancias se quedaría “sin piso”; Biden anunció en su momento que su Gobierno no lo respaldaría.

Un nuevo gobernante en la Casa Blanca para la región se plantea una agenda de reencuentro con EE UU en varios espacios multilaterales que el saliente ha dinamitado. Desde el Acuerdo de París para enfrentar el cambio climático, pasando por el BID o el Consejo de Derechos Humanos hasta la Organización Mundial de Comercio, cuyo vital tribunal para solución de controversias –el llamado “Órgano de Apelación”– está trabado por el boicot del Gobierno de Trump.

Tercero, la democracia y los derechos humanos. Agenda esencialmente abandonada por Washington en su relación con el mundo y la región en los últimos tres años y medio en lo que destaca el abandono del multilateralismo.

Arrancó Trump –en tiempos de Bolton– pateando el tablero de los derechos humanos con el abandono del crucial Consejo de Derechos Humanos de la ONU. En donde –profecía autocumplida- China y Rusia son ahora activos integrantes; en buena medida por el walk over de Washington.

Quedaron mermados, así, espacios de alianzas globales en el Consejo a favor de los derechos humanos en las que EE UU debía ser partícipe relevante. No se ha contado con la interacción estadounidense en temas como los derechos de la mujer, la libertad de expresión o el enfrentamiento a la tortura. Esa página puede y sumar se a los esfuerzos de Europa, Canadá, Japón, Latinoamérica.

Cuarto: el urticante asunto de las migraciones. No ha podido estar manejado de forma más torpe, confrontativa y violatoria de elementales estándares de respeto del derecho internacional. Obsesiva y monotemática prioridad en la agenda de Washington hacia la región arrasando con las normas internacionales sobre asilo y refugiados; fueron arrojados al traste como parte de una política oficial que dividía familias y arrancaba a los niños de los brazos de sus madres.

Dos asuntos son especialmente llamativos.

De un lado, en el tratamiento a los migrantes ya en EE UU o en camino. Todo salió mal y los derechos fundamentales aplastados: presión a México con el cuestionable programa Quédate en México (que ya hizo colapsar al sistema de asilo mexicano), imponer a países centroamericanos –como Guatemala–, que se conviertan en la primera tierra de asilo o, ¡agárrense!, “tercer país seguro”, y la insistencia de Trump de deportar migrantes desde EE UU, aún en las peores condiciones de la pandemia.

Lo que ofrece Biden está en las antípodas: legalización de los 11 millones de inmigrantes que ya viven desde hace años en EE UU, acabar con el programa Quédate en México y también lo de pintar como “tercer país seguro” a los territorios centroamericanos con más altas tasas de homicidios del mundo.

Por otro lado: haber soslayado las causas de las migraciones desde Honduras, El Salvador o Guatemala. Estas ya se conocen y son, esencialmente, la violencia, la pobreza y el desempleo. Poco o nada se hizo en estos tres años para programas de desarrollo o para fortalecer la lucha contra el crimen organizado y la corrupción.

Los dos proyectos multilaterales más importantes en la región para enfrentar la corrupción y el crimen organizado –Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) y la Misión de Apoyo contra la Corrupción y la Impunidad en Honduras (MACCIH)– estaban arrojando progresos importantes. Fueron dejados morir por Washington privilegiando asuntos de menor entidad en la agenda bilateral con ambos países.

Temas, pues, que en la agenda de Biden podrían ocupar un espacio relevante hacia una Latinoamérica necesitada de una interacción constructiva con un Washington abierto al diálogo.

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