Columna
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Síndromes venezolanos

La mayoría migrante batalla por la supervivencia y sufre la xenofobia de países machacados por la pandemia y los problemas estructurales, sin apenas oportunidades de empleo e integración

Migrantes venezolanos en una cabaña al norte de Bogotá, en junio.
Migrantes venezolanos en una cabaña al norte de Bogotá, en junio.RAUL ARBOLEDA (AFP)

Venezuela es un acelerador de cuadros psicológicos asociados al Síndrome de Ulises: la añoranza de patrias y vidas arrebatadas por dictaduras, autoritarismos y Estados fallidos. “Ulises pasábase los días sentado en las rocas, a la orilla del mar, consumiéndose a fuerza de llanto, suspiros y penas, fijando sus ojos en el mar estéril, llorando incansablemente…” (Odisea). Al igual que los 20 años de lejanía de Ítaca atormentaron al héroe mitológico, un estrés crónico y múltiple prospera entre los millones de venezolanos emigrantes, consumidos por la pérdida de derechos, familias, apegos y futuro.

Son víctimas de una camarilla aquejada del síndrome de hibris, un trastorno psiquiátrico adquirido que afecta a personas que ejercen el poder en cualquiera de sus formas, y se arrogan la potestad de imponer la definición de justicia social, soberanía y democracia.

Cuando el exiliado Leopoldo López pide a los suyos fuerza y convicción para seguir adelante, habrá tenido en cuenta que los compatriotas huidos con lo puesto hacia Colombia o Brasil no son semidioses, ni pertenecen a la burguesía acomodada.

La mayoría migrante batalla por la supervivencia y sufre la xenofobia de países machacados por la pandemia y los problemas estructurales, sin apenas oportunidades de empleo e integración. El Imperio y una oposición apátrida, desalmada y terrorista tienen la culpa de todo: del duelo migratorio y la separación forzada, del miedo a las mafias que encaminan el éxodo hacia a la frontera y del imaginario persuadido de que Maduro no va a ceder y la oposición no va a poder. López hizo bien en advertir que la lucha por la alternancia en democracia será larga, y Maduro, en anticipar que Guaidó acabará abandonado Venezuela porque le harán la vida imposible.

Nada permite el optimismo. La académica Mireya Fernández explica en La nostalgia en la narrativa de las diásporas caribeñas que el padecimiento del espíritu, abordado por los médicos europeos del siglo XVII con opio y viajes a las montañas, devino en condición incurable por el ensanchamiento de las diferencias raciales, culturales y religiosas, entre otros factores. Las diferencias políticas transfiguradas en aversión son el alma de Venezuela.

El desánimo es generalizado porque las transformaciones nacionales engendradas con las regalías petroleras no compensan los destrozos causados por el totalitarismo, ni aguantan el juicio del exilio, interno y externo. La revolución bolivariana atendió a la mitad pobre, olvidó a la otra mitad y ha conseguido la convergencia de todos en la indigencia.

La añoranza, la incertidumbre y la ansiedad seguirán acompañando el proceso migratorio originado por el síndrome de las ideas fijas preconcebidas del chavismo. El enfermo de hibris puede seguir enganchado al poder o intentar la curación sin prepotencia ni narcisismo, admitiendo que la oposición también puede patriota. No caerá esa breva, salvo que lo logren las gotas milagrosas del beato José Gregorio, recomendadas por Maduro contra el coronavirus.

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