Elecciones en EE UU
Tribuna
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Cuando un presidente sabotea su propio país

Resulta que la mayor injerencia en las elecciones estadounidenses no ha venido de Rusia o China, sino del mismo inquilino de la Casa Blanca, que ha sembrado confusión y desconfianza en el sistema

Eduardo Estrada

A la hora de la verdad, la mayor injerencia en las elecciones de Estados Unidos no ha sido obra de Rusia, China, Irán ni Corea del Norte. Ha sido obra del presidente de Estados Unidos.

En el momento de escribir esto, aún no sabemos quién ha ganado las elecciones, aunque todo indica que Joe Biden va a ocupar la Casa Blanca y los republicanos van a conservar el Senado.

Lo que sí sabemos con certeza es que el presidente Donald Trump mintió públicamente en la madrugada del miércoles cuando proclamó su victoria e intentó que los jueces le rescataran de la decisión de los votantes. Su desvergüenza socava el sistema electoral estadounidense y la propia idea de un traspaso pacífico de poderes.

Es difícil pensar que el Tribunal Supremo, por mucho que se haya politizado, vaya a sumarse a semejante farsa. No creo que, si Donald Trump sufre una clara derrota, pueda permanecer en su cargo; si trata de atrincherarse en el Despacho Oval, le obligarán a marcharse el 20 de enero.

Sin embargo, lo que Trump ha hecho ya es lo que los rusos han intentado hacer siempre: arrojar dudas sobre las elecciones y desestabilizar el país. El auto federal de 2018 contra los piratas informáticos rusos que interfirieron con las elecciones afirmaba que habían organizado “una guerra de información contra los Estados Unidos de América” mediante una siembra de confusión y desconfianza que perjudicaba la integridad de las elecciones y minaba la legitimidad del Gobierno resultante. Eso es precisamente lo que está haciendo Trump ahora. Puede abrazar y besar banderas estadounidenses todo lo que quiera y pretender que es un gran patriota, pero lo que ha hecho es traicionar a nuestro país.

Si Biden gana a pesar de encontrarse con este cáliz envenenado, heredará un país terriblemente dividido tras unas elecciones que muchos considerarán ilegítimas, un país más difícil de gobernar y que no tendrá tan fácil ejercer su influencia en el mundo. Una cosa es que unos piratas rusos saboteen nuestro Gobierno desde San Petersburgo y otra, mucho más trágica, que lo haga el presidente desde la Casa Blanca.

El vicepresidente Mike Pence habló justo después de Trump y no repitió su proclamación de victoria ni su llamamiento a que intervinieran los tribunales. Pero tampoco contradijo las mentiras de su jefe, y la mayoría de los líderes republicanos también han permanecido callados.

El último ataque de Trump contra la integridad del sistema electoral estadounidense y el traspaso pacífico de poderes —la prueba de fuego de cualquier democracia— llega después de años de mentiras e intentos de desacreditarlos. No hay duda de que nuestro sistema electoral tiene varios elementos poco democráticos, pero no son esos a los que se refiere el presidente.

Biden va a ganar holgadamente la votación popular, con una diferencia de millones de votos, pero el resultado es incierto debido al Colegio Electoral. Entre 2000 y 2016, en dos de las tres ocasiones en las que los republicanos llegaron a la presidencia habían perdido el voto popular. Y si el Tribunal Supremo interviene en esta elección, hay que recordar que la tercera parte de los magistrados fueron designados por un presidente que perdió la votación popular por 2,9 millones de papeletas.

En el Senado hay problemas similares. Los senadores demócratas actuales representan a 14 millones de votantes más que los republicanos, pero están en minoría por el peso desproporcionado de los Estados poco poblados.

El senador republicano por el Estado de Utah Mike Lee en una ocasión afirmó que “no somos una democracia” sino una república —en realidad, somos las dos cosas—. Lee, junto al senador Ted Cruz, de Texas y también republicano, llegó a recomendar la abolición de la 17ª enmienda de la Constitución, que prevé la elección directa de los senadores. Si su designación volviera a depender de las asambleas de los Estados, los republicanos obtendrían unos cuantos escaños más.

En general, muchos miembros del Partido Republicano parecen tener miedo a los electores y creen que la mejor forma de vencer es impedir el voto o incluso desechar papeletas, como en el condado de Harris, Texas. Ya no tenemos impuestos electorales ni cláusulas del abuelo para impedir que voten los negros, pero las autoridades republicanas simplemente han modernizado los obstáculos. Un estudio publicado en Scientific American el año pasado reveló que los votantes en zonas habitadas mayoritariamente por negros tienen un 74% más de probabilidades de verse obligados a esperar más de 30 minutos para votar que los residentes de los barrios blancos.

El propio Trump dijo en marzo que se oponía a las campañas para fomentar el voto porque “si las aceptáramos, en este país nunca volvería a resultar elegido un republicano”.

Ahora bien, es posible que tanto los republicanos como los demócratas se hayan precipitado al pensar que una mayor participación perjudicaba inevitablemente a los primeros.

Parece que la participación en estas elecciones ha sido la mayor en los últimos 120 años, y quizá tanto Biden como Trump acaben siendo los candidatos con más votos populares en la historia de Estados Unidos. Además, Trump ha obtenido millones de votos más que hace cuatro años. Según las encuestas a pie de urna, a Trump le han votado el 18% de los hombres negros y el 36% de los hombres hispanos, además del 58% de los hombres blancos.

Los demócratas tenían muchas bazas a su favor al encarar estas elecciones: un candidato aparentemente capaz de tranquilizar y ganar, motivos sin fin para estar indignados con Trump, noticias frecuentes sobre casos de corrupción o escándalos en los que está implicado, acusaciones contra él de familiares y antiguos colaboradores y, sobre todo, la mala gestión de una pandemia que ha matado a 230.000 estadounidenses y ha destrozado la economía.

Aun así, muchos votantes ni se han inmutado. El doctor Irwin Redlener, experto en la gestión de catástrofes sanitarias, dice que Trump ha ganado en nueve de los 10 Estados con mayor incidencia de coronavirus.

Por eso, al tiempo que me preocupa pensar en los esfuerzos de Trump para hacerle el trabajo sucio a Rusia y deslegitimar estas elecciones, también me debato con una pregunta: ¿cómo es posible que tantos millones de estadounidenses hayan observado a Trump durante cuatro años, hayan sufrido las dolorosas consecuencias de su mala gestión de la covid-19, hayan oído sus mentiras constantes, hayan visto sus ataques contra nuestras instituciones y, con todo, le hayan votado más que nunca?

Nicholas Kristof es periodista. Durante su carrera ha sido galardonado en dos ocasiones con el Premio Pulitzer.

© 2020 The New York Times Company

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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