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Leopoldo López en la era Biden

El opositor venezolano es el único capaz de abogar con éxito por un levantamiento total o parcial de las sanciones de Washington

El opositor venezolano Leopoldo López, en Madrid, el pasado 3 de noviembre.
El opositor venezolano Leopoldo López, en Madrid, el pasado 3 de noviembre.EFE

De todo el elenco opositor venezolano ha sido Leopoldo López el más perseverante en los extravíos que dicta el tener una inmejorable opinión de sí mismo. Sus pares han censurado desde siempre en él su impaciencia por hacer tienda aparte cuando no ha logrado imponer sus pareceres. Bien o mal, ese empeño en singularizarse como cabeza de sucesivas, sangrientas e infructuosas insurrecciones ciudadanas labró la figura definitiva de su actual persona pública.

La oposición venezolana ha dado suficiente muestra, durante más de veinte años, de arrojo físico y valentía moral ante la sanguinaria tiranía del chavismo-madurismo. Mujeres y hombres de coraje no nos han faltado; tampoco vigor y probidad intelectual. Con todo, no es exagerado afirmar que la imaginación pública de mi país ha otorgado a Leopoldo –como familiarmente lo llaman los venezolanos– el estatuto del insurgente civil por excelencia. Una percepción que se afirmó durante los años de Trump, en el curso de los cuales terminó de conformarse una coalición en torno a la política encarnada en Juan Guaidó.

Esa política logró, a comienzos de 2019, hacerse entender de una gran mayoría de los venezolanos como un refinamiento de la estrategia de insurrección ciudadana nacida en 2014 y dirigida, esta vez, a forzar un definitivo pronunciamiento militar que lograse deponer a Nicolás Maduro. El elemento más poderoso y atrayente de esa política fue contar con el visto bueno de Donald Trump y su panda de “cold warriors".

Quede para otros artículos elucidar en detalle cómo fue posible que tantos venezolanos viesen en Donald Trump el espejismo de un nuevo Teddy Roosevelt capaz de ordenar una operación aerotransportada comandada por Tom Hanks. La gesticulación de Trump tuvo su parte en ello, desde luego. No hay duda, sin embargo, de que esa expectativa, alentada, entre otros elementos, por el arrogante pitiyanquismo de la diplomacia de Guaidó, se vio decepcionada por sus inconducentes tejemanejes entre la coalición Guaidó y generales y magistrados culpables de violaciones a los derechos humanos. El fiasco del 30 de abril fue decepcionantemente anticlimático.

Lo cierto es que la noción, en principio muy atendible, de que sostenidas movilizaciones de masa y una fractura del mundo militar podrían lograr que un Gobierno de transición, conformado en diálogo con factores militares no incursos en delitos de lesa humanidad, condujesen a una libre elección presidencial no llegó a cuajar realidades en los cuarteles, pese al decidido apoyo de más de medio centenar de gobiernos del mundo y de los más caracterizados halcones de Washington.

El proceso estuvo orlado de errores, pasos en falso y acusaciones de corrupción. La dictadura logró, entre tanto, corromper a una parte de la Asamblea Nacional, único sostén legítimo de la presidencia interina de Juan Guaidó. Recrudeció la represión contra todo adversario, ensañándose,en muchas ocasiones homicidamente, en la espontánea protesta popular que contra todo pronóstico no ha dejado de crecer.

Característicamente, Maduro ha convocado unas elecciones parlamentarias que todo el planeta, menos los partidos peleles del régimen, repudia como fraudulentas. Sus aliados no han alcanzado a mitigar los efectos de la debacle económica chavista, de la pandemia y, últimamente, de las duras sanciones estadounidenses.

El indiscutible logro mayor de la campaña del 2019 está en haber galvanizado la opinión del mundo libre que hoy juzga tan aborrecible la permanencia de Maduro en el poder haciendo que cada día luzca más delirante su pretensión de presidir un farsa electoral.

La pandemia que asuela el planeta, y la descomunal crisis política estadounidense que Donald Trump cortejó minuciosamente, impusieron una tregua a la insurgencia promovida por López y la coalición Guaidó. Justamente en esa descorazonada bajamar, Leopoldo López dejó el refugio que le brindaba la embajada española y logró salir de Venezuela.

Detractores y adictos coinciden en que, tras siete años de prisión –más de la mitad de la pena que injustamente se le impuso –, el ánimo de lucha de López luce intacto y, también, que hoy su liderazgo cuenta con considerable recursos materiales. El teatro de operaciones para sus especiales talentos se ha ampliado también enormemente.

Su desempeño, desde que pisó Madrid, ha revelado hasta hora resolución y una prudencia quizá recomendada por los reveses pasados. Muestra de ello es el reconocimiento inmediato dado por López a la presidencia de Joe Biden y el papel que, en su estrategia inmediata, otorga a aislar a Maduro –su persona y su protervo séquito– tanto como sea posible en lo interno y acopiar en el universo chavista todo el apoyo político necesario para una libre elección presidencial.

La plena libertad de acción internacional que ha cobrado puede hacer de López, aun dentro de las constricciones de la pandemia, un negociador personal de alto rango ante los aliados de Maduro. Igualmente, es el único líder opositor capaz de abogar con éxito por un levantamiento total o parcial de las sanciones de Washington contra la petrolera estatal venezolana.

No es imposible que, para dicha de sus sufridos compatriotas, Leopoldo López saque honesto provecho de la constelación de circunstancias sin precedente que, al parecer, brindan los astros en estos meses finales de un año que no olvidaremos.

“Con modo todo se puede”, escribió una vez Bolívar a uno de sus generales.

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