Tribuna
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Apuntes sobre una oportunidad

Los años veinte del siglo XXI han comenzado con un extraordinario hecho, la pandemia, que, unida a una transformación mundial ya en marcha, pone a Europa ante un enorme desafío para su futuro

EDUARDO ESTRADA

Parece indiscutible que esta pandemia se configura ya como el hecho fundacional de la nueva década. Los años veinte partirán desde la estela de un fenómeno sin precedentes en la historia reciente que, cuando quede atrás, se habrá llevado cientos de miles de vidas humanas y generado la mayor parálisis de producción y movilidad que se recuerde. El mundo en manos de la ciencia continúa, todavía hoy, dentro de una pesadilla cuyas consecuencias son de una enorme magnitud. En primer lugar, en vidas humanas. Pero tras ellas, en la economía. Según las proyecciones del Fondo Monetario Internacional, la riqueza mundial sufrirá en este año 2020 una contracción del 4,9%. Aterrizando el impacto por regiones, EE UU caerá un 4,3%. Y la eurozona, un 8,3%. Capítulo aparte merecería España, con la mayor caída de toda Europa; un 12,8% de su PIB.

Dentro de este panorama de hundimientos económicos generalizados, solo China crecerá. Lo hará lejos de sus ritmos de crecimiento de las últimas décadas pero quedándose muy cerca del 2% para este año.

Así es como se inicia la década, en el interior de una crisis económica de enorme magnitud. Si a partir de aquí diéramos un salto en el tiempo preguntándonos por cómo terminará, las proyecciones del Banco Mundial nos ayudan a visibilizar la escena. En ella se confirma lo que hoy es ya más que una sospecha; el océano Pacífico, epicentro geopolítico del mundo de hoy, se habrá terminado de consolidar como el epicentro económico, productivo y comercial del mundo de mañana. Lo hará hasta el punto de que el 60% del crecimiento económico acumulado del conjunto de la humanidad quedará situado en Asia en el año 2030. La región habrá triplicado así su PIB en una década y media y concentrado hasta el 90% de las nuevas clases medias del mundo, casi 2.400 millones de personas habrán accedido esa consideración en la región cuando la década termine. China, India y Sudeste Asiático consagrarán su avance en un proceso de transformación cuya velocidad y volumen poblacional es completamente desconocido en la historia. El desplazamiento productivo, económico y comercial se completará con una de las variables claves del siglo; Asia alcanzará el liderazgo en inversión tecnológica en el año 2030, con el 50% del total de inversión mundial en el ámbito clave del desarrollo del siglo; la tecnología avanzada. Superará así al gran inversor tecnológico actual, EE UU, y quedará convertida en el primer referente global.

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Las derivadas de este inmenso proceso de transformación son de una dimensión extraordinaria. Es en ellas donde se percibe bien el verdadero alcance del desafío que Europa tiene por delante.

Todo indica que, en ese sentido, son enormemente acertadas las líneas planteadas por la Comisión Europea; centrar los esfuerzos en mejorar la formación de nuestro capital humano y elevar la inversión en investigación científica, desarrollo e innovación, apostar decididamente por la adaptación del aparato productivo europeo a la revolución tecnológica y a nuevos estándares de sostenibilidad e incrementar la competitividad de la economía europea. Asimismo, se podría añadir la necesidad de dar pasos decididos para reeuropeizar aspectos estratégicos de la producción, reduciendo de manera progresiva las vulnerabilidades por dependencia productiva con sistemas políticos contradictorios con los principios fundadores de la Unión Europea.

Con todo, parece haber surgido un aliado inesperado de las últimas elecciones norteamericanas con vistas a la modificación de la conversación global para los próximos años. La victoria de Joe Biden abre una enorme oportunidad para recomponer las dinámicas de cooperación en la comunidad internacional y pasar página de los destrozos aislacionistas del ciclo de Trump. Por ejemplo, con el retorno de EE UU a una posición activa en el sistema de Naciones Unidas, incluyendo aquí su vuelta a la Organización Mundial de la Salud. O al acuerdo antinuclear. O al de París, en la lucha contra la crisis climática. O a un relajamiento de las tensiones comerciales de la enloquecida carrera arancelaria de estos últimos años.

Quizá EE UU y la Unión Europea —desde su identidad política propia— puedan entrar en un ciclo distinto para enfocar los desafíos regionales o globales tras la buena noticia de las últimas elecciones norteamericanas.

Es indiscutible que en ellas ha sorprendido Joe Biden. El que decían que era el peor cartel electoral de cuantos hubieran sido posibles en el Partido Demócrata. El demasiado mayor y demasiado visto, el demasiado de centro y demasiado establishment, ha batido todos los récords electorales de su país con más de 75 millones de votos y más del 50% de voto popular con la participación electoral alcanzando registros históricos y situándose por encima del 65%.

Todo indica que la tarea que los demócratas tienen, de aquí en adelante, consiste en la consolidación de su victoria. Conseguir que la derrota de Trump sea la derrota definitiva del trumpismo, esa tela de araña en la que EE UU quedó atrapado, un fenómeno populista y zafio que rompió con su institucionalidad histórica, colocó el poder político al servicio de un personaje indescriptible y destrozó su reputación de país ante el mundo. Un fenómeno que además operó como faro de legitimidad para un buen número de procesos similares en no pocos países occidentales.

Durante todos estos años, no han sido pocas las voces que han insistido en que para superar esta pandemia populista de los Trump y los Bolsonaro, de los Le Pen y los Boris Johnson había que hacerse cargo del conjunto de amenazas, miedos e incertidumbres de su votante. Ha gozado de un enorme prestigio intelectual el mensaje recurrente de que había que entrar en su psicología.

No es descartable, sin embargo, que de estas elecciones norteamericanas se desprenda otra conclusión. Quizá la clave para superar este ciclo populista esté en avanzar decididamente en la superación de los problemas reales. Y que para ello sea clave la defensa de la institucionalidad democrática, el blindaje de sus normas, sus códigos y sus procedimientos. Apostar, de manera decidida, por la creación de una nueva conversación global sobre los desafíos tangibles. Los que, en el caso europeo, detecta bien la agenda de la Comisión Europea. Quizá la clave también se encuentre en la vuelta a dinámicas saludables de cooperación entre las principales potencias occidentales en el marco de los organismos multilaterales.

Quizá la fórmula con la que entrar en un ciclo de derrota consolidada de la pandemia populista sea coincidente con la vía por la que afrontar las inquietantes tendencias de fondo que trae la década. Y quizá esté situada ahí; algo más lejos de los prestigiosos miedos del votante de Trump y algo más cerca de las minusvaloradas razones del votante de Biden.

Eduardo Madina es socio de la consultora KREAB y director de KREAB Research Unit, unidad de análisis y estudios de la firma en su división en España.

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