ELECCIONES CATALANAS
Columna
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Waterloo

Mi esperanza es que Puigdemont no pueda reeditar su primogenitura secesionista porque sus seguidores decepcionados le dejen en la estacada, prefiriendo ERC, la CUP o la abstención

La candidata a la presidencia de la Generalitat, Laura Borràs, atiende la intervención telemática del expresident de la Generalitat Carles Puigdemont en el acto de inicio de campaña de JxCat.
La candidata a la presidencia de la Generalitat, Laura Borràs, atiende la intervención telemática del expresident de la Generalitat Carles Puigdemont en el acto de inicio de campaña de JxCat.Marta Perez (EFE)

Comienza la campaña catalana en las peores condiciones posibles. La victoria de Illa es improbable porque sólo la pronostica un CIS que ya perdió toda su credibilidad, aunque ojalá me equivoque. Solo queda por tanto el duelo entre las dos almas del separatismo, la trumpista del prófugo en Waterloo y la indecisa del inquilino de Lledoners. ¿Cuál vencerá? Aunque mejor sería preguntarse, ¿quién perderá? Mi intuición me dice que el fugado. Y lo intuyo así por la misma razón que impedirá a Trump volver a ganar la presidencia en 2024: porque se ha evaporado su carisma tras convertirse en un patético perdedor.

Weber sostuvo que el carisma de un líder no se debe a sus cualidades sino a la fe de sus seguidores, como demuestra el caso de Trump. Pero también señaló que, por ciega que sea esa fe, el carisma se esfuma con las derrotas; y puso el ejemplo de Napoleón, que a pesar de creerlo invencible, los franceses dejaron de creer en él tras su doble derrota: la primera en Leipzig, que le hizo abdicar por primera vez, y la segunda en Waterloo, tras sus Cien Días de fuga de Elba. Pues bien, a Trump le ha pasado algo parecido aunque sin ninguna grandeza, sólo haciendo el ridículo con bravucona grandilocuencia.

Primero fue derrotado el 3 de noviembre por siete millones de votos populares y 74 votos electorales. Entonces emprendió cien días figurados de fuga de la realidad tratando de negar su derrota hasta que fue derrotado por fin en su Waterloo del Día de Reyes, cuando se produjo el patético gatillazo de su asalto fallido al Congreso. Y así, como expresidente doblemente perdedor, ya no se puede creer en él. Por eso, con su credibilidad de matón y abusador en jefe por los suelos, no creo que se atreva a presentarse a una futura e inverosímil reelección. Y si lo hace, no creo que sea capaz de volver a engañar a demasiada gente.

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Pues bien, al prófugo de Waterloo puede pasarle igual. La comparación es legítima porque toda la épica secesionista, con sus hechos alternativos de las leyes de desconexión y transitoriedad, el referendo del 1 de Octubre y la DUI, son tan fraudulentos e ilegales como el MAGA (Make America Great Again) de Trump, pues sólo se sostienen por la fe de sus seguidores. Al igual que Napoleón, con quien sin duda desea compararse, Puigdemont se refugió en su figurado exilio de Elba tras sufrir su primera derrota, pues no fue capaz de ejecutar la proclamación de la república y se fugó a Waterloo tras ser intervenida la Generalitat por aplicación del artículo 155 de la Constitución. Después logró rehacerse al superar a ERC en las elecciones del 21-D, imponiendo a su vicario Torra al frente de la Generalitat. Pero estos cuatro años de estéril mandato han sido como los Cien Días del Emperador retornado, tras los que ahora le llega en Waterloo su hora de la verdad. Mi esperanza es que no pueda reeditar su primogenitura secesionista porque sus seguidores decepcionados le dejen en la estacada, prefiriendo ERC, la CUP o la abstención. Pero quizás esté confundiendo mis deseos con la aciaga realidad.

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