Abriendo trocha
Columna
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La covid-19 y los “locos años veinte”

2021 es la antesala de mayores desequilibrios y desencuentros globales. Salvo que se haga algo, bien y a tiempo

Una prueba para detectar la covid-19 en Bogotá, Colombia.
Una prueba para detectar la covid-19 en Bogotá, Colombia.Fernando Vergara (AP)

¿Después de la pandemia, qué? Hay una previsión singular: que vendría una fase de desenfreno sexual y derroche. Como en los años 20 del siglo pasado luego de la llamada “gripe española”.

Así lo sostiene Nicholas Christakis, profesor en la Universidad de Yale. Suena sugerente –y hasta divertido-, pero es una arriesgada generalización sobre un mundo tremendamente desigual. Aunque, es verdad, la pandemia ha tocado a todos. Contagiando incluso a veteranos como Trump, Johnson, Macron, Bolsonaro, López Obrador o Carlos Slim.

Entre los diez países con más alta mortalidad por millón de habitantes –sobre los 221 países afectados- destacan el Reino Unido (quinto), Italia (séptimo) y EE UU (décimo). Los 660.000 decesos ocurridos solo en estos tres países equivalen al 30% del total de fallecimientos en el mundo. Cierto que el impacto es mayor entre las comunidades pobres y étnicamente discriminadas, pero las muertes tocan a todos los escalones sociales.

En el otro extremo, a pesar que América Latina tiene escasamente el 8,2% de la población mundial, la suma de fallecimientos ocurrida solo en los cinco países con más población (Brasil. México, Colombia, Argentina y Perú) representa casi el 25 % del total de los ocurridos por la covid-19.

Así que entre tres países ricos del norte y cinco de América Latina se da cuenta del 55% del total de fallecimientos oficialmente registrados. Cifra que, por cierto, no creo refleje fielmente la realidad dada la imprecisa contabilidad, por ejemplo, en el África subsahariana donde en los dos países con más alta población (Nigeria y Etiopía), que llegan al total de 330 millones (igual a la de EE UU), no suena verosímil que el número “total” de fallecidos sea de 3,730 (como Honduras …).

Pero, cuidado, sería facilista concluir que la pandemia impacta igual en los países ricos y en los que eufemísticamente algunos llaman “en vías de desarrollo”. Las condiciones son muy distintas en asuntos claves como la salud pública y la economía.

En cuanto a las condiciones institucionales de los sistemas de salud, la brutal incapacidad de responder en el sur, que ha quedado en evidencia, es resultado del marginal espacio que el tema ha tenido en las políticas públicas y los presupuestos.

Esto se extiende ahora a la vacuna. La escandalosa desigualdad global en su administración hace que mientras en pocos países disponen ya más del 95% del total de vacunas, allí podrán vacunar este año a quienes lo necesitan. Viene siendo lento e ineficiente su proceso de aplicación en casi toda Europa y EE UU, sí, pero la vacuna está; o estará pronto.

Para los demás, el lento y muy desigual acceso a la vacuna diferirá su aplicación generalizada; para algunos países, estiman algunos que hasta 2023-2024. La facilidad Covax anuncia 337 millones de dosis (es decir menos de 170 millones de personas “vacunables”) para el primer semestre. Parece mucho, pero sería solo una parte de los 2.000 millones de dosis previstas para todo el año.

El hecho es que ha quedado como papel mojado lo acordado en la Asamblea General de la ONU en abril sobre “acceso equitativo” a las “futuras vacunas” contra la covid-19. En este cuadro de procesos desiguales de vacunación, ¿qué viene? Pues parece no advertirse una verdad contundente: no habrá fin a la pandemia mientras la vacunación no sea global.

Segundo, la economía. A nivel mundial se ha contraído -4,4%, pero el impacto ha sido mayor en buena parte del “sur global”.

La pandemia en EE UU redujo su PBI el 2020 en -2,4%; mientras que en la “eurozona” bajó -5,1% abriéndose allí, sí, un año de recesión. En el sur ha sido peor. En América Latina, por ejemplo, el pronóstico más reciente del FMI sugiere que ha caído 8,1% lo que está ya impactando en el aumento de la pobreza (a 37,3%).

Unos, sin embargo, tienen cómo salir de la crisis; otros no. Planes y recursos brillan en un lado; son inexistentes en el otro. Los países ricos producirán este año, para sí mismos, una enorme inyección fiscal. La que se definió en tiempos de Trump para EE UU por 900.000 millones de dólares, que con Biden aumentará a casi 2 mil millones de millones. En Europa, se ha aprobado ya el mayor paquete de estímulo jamás financiado a través del presupuesto de la UE: 1,8 billón de euros que ayudarán a reconstruir una Europa “más ecológica, digital y resiliente”. Qué bueno.

Pero en el “sur global”, cero. En América Latina no solo no hay inyección fiscal sino inmanejables déficits. Tampoco un Plan Marshall –o análogo- previsto. Si 2020 fue de vacas flacas, este 2021 que está empezando, será de vacunos agonizantes…

El momento es, pues, dramático. Por lo que es antesala no de unos locos y fulgurantes años 20, sino de mayores desequilibrios y desencuentros globales. Salvo que se haga algo; bien y a tiempo.

Un paso necesario sería apostar al nuevo clima multilateralista que ha puesto en el escenario la gestión Biden. Que debería incluir que los países del sur y, dentro de ellos, los latinoamericanos, recuperen su capacidad de articulación y de gestión; organizándose a sí mismos para avanzar al menos en tres direcciones.

Una primera y central: invertir en serio en la salud de la población. Aquí, en el “sur global”, se deberá al menos triplicar los recursos anuales para que el sistema de salud deje gradualmente de ser tan precario. A ahorrar mucho y priorizar estos gastos. Poco quedará, pues, para el derroche.

Segundo, batallar para que lo acordado en la Asamblea General de Naciones Unidas en abril sobre la vacuna no quede en el papel. Lo de Covax, bien, pero, ¡cuidado!, se espera demasiado. Está ya llegando muy tarde y de a pocos y no basta. Tendría que trasladarse completo –o en su gran mayoría- en el primer semestre para que tenga impacto.

Tercero, lo crucial: recursos financieros extraordinarios para enfrentar la recesión y crisis en buena parte del sur global. De lograrse esto no vendrá, por cierto, el desenfreno o el derroche al que alude Christakis. Pero sí una población mejor alimentada, con mejor salud, estabilidad institucional y rutas viables de afirmación democrática.

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