Columna
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El fin de una élite

La izquierda colombiana, hasta hace pocos años una fuerza pequeña, pisa fuerte en su camino a las elecciones de 2022

Un cartel electoral de Gustavo Petro en Medellín, durante la campaña presidencial de 2018.
Un cartel electoral de Gustavo Petro en Medellín, durante la campaña presidencial de 2018.JOAQUIN SARMIENTO (AFP)

Colombia hasta hace pocos años fue gobernada por unas pocas familias, no más de diez. Ahora, son 57 familias las que gobiernan casi 50 millones de habitantes. Esto habla de lo abierta que es nuestra democracia. Sin embargo, a pesar del panorama desolador, las cosas comienzan a cambiar. Las élites nacionales y regionales siempre habían estado unidas, se repartían el poder cada cuatro años. Esto cambió con el proceso de paz. Una parte de las élites se fue con el Centro Democrático o el uribismo, la parte rural, tradicional, es su mayor fuerza. Las élites urbanas, más progresistas, apoyaron el proceso de paz y rompieron con el uribismo. Por ende, el bloque en el poder se dividió.

Mientras esta división se profundizaba gracias al acuerdo de paz, las fuerzas políticas progresistas, la mayoría de izquierda, comenzaron a aumentar su caudal electoral. También fue gracias al acuerdo de paz que por primera vez la izquierda fue una alternativa de poder en 2018. Antes, en medio de la guerra, eso era imposible ya que las élites tradicionales siempre acudían a la misma estrategia: satanizar y macartizar a las fuerzas políticas emergentes. Los acusaban de ser aliados de la guerrilla. Con el proceso de paz y el fin de las FARC, esa estrategia quedaba cada vez más vacía. En 2019, vino un golpe demoledor, ya que, las fuerzas progresistas lograron las alcaldías de las tres principales ciudades del país: Bogotá, Cali y Medellín.

En el 2022 se realizarán las elecciones nacionales y todo indica que las élites tradicionales, rurales, aliadas con algunas urbanas, tendrán una fuerza importante y, a pesar de la crisis del Gobierno de Iván Duque, pasarán a la segunda vuelta. Por su parte, las fuerzas alternativas son llamadas a competir de forma importante por la presidencia y las élites tradicionales urbanas, por primera vez en la historia, llegan derrotadas a unas elecciones. Estas élites siempre pasaban a segunda vuelta y lograban el apoyo de la izquierda para la segunda vuelta. La izquierda en Colombia, hasta hace pocos años, fue una fuerza pequeña, pero con un número de votos importantes. En el 2022, la historia será al revés, la izquierda llegará con fuerza y las élites urbanas llegarán derrotadas.

Con este escenario pueden ocurrir dos cosas. Por un lado, en la medida que las fuerzas progresistas no logren un acuerdo y entren en la política vetos a candidatos y movimientos políticos por considerarlos tradicionales y clientelistas, perderán una oportunidad y dejarán escapar la posibilidad de convertirse en una alternativa real de poder. La otra posibilidad es que las fuerzas progresistas entiendan que necesitan esa vieja élite para ganarle a la derecha y logren hacer acuerdos. Es decir, no basta la unión entre los progresistas, entre Petro y Fajardo, además necesitan al Partido Liberal, sectores de Cambio Radical y el moribundo Partido de la U. Deben entender que solos no van a ganar.

De no lograrse dicha alianza, no solo las fuerzas alternativas van a perder, sino que posibilitarán la unión, de nuevo, entre las élites, las urbanas y rurales y nuevamente se repartirán el poder como siempre lo han hecho. La ceguera, el radicalismo y los prejuicios podrían entregarles o regresarle las élites urbanas al viejo establecimiento rural.

Las próximas semanas serán claves para entender el mundo político del 2022. Las conclusiones iniciales son, en primer lugar, que la derecha, a pesar de la crisis en que ha sumido al país y de no tener candidatos viables, ha diseñado una ruta electoral bastante eficiente. La otra es que las fuerzas políticas alternativas están cometiendo todos los errores necesarios para no ganar. Tienen una gran oportunidad, pero es como si no quisieran: error, tras error, tras error.

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