TRIBUNA
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El QAnon castizo: antisemitismo y División Azul

Actos como el discurso contra los judíos pronunciado durante un homenaje franquista en La Almudena merecen, si procede, la vía judicial, pero también resaltan la importancia de educar sobre el Holocausto

EDUARDO ESTRADA

Cada 10 de febrero, una efeméride pasa inadvertida para la inmensa mayoría de la ciudadanía española. Solo algunos centenares saben que ese día se conmemora la última gran batalla en campo abierto sostenida por una unidad militar española. Celebran misas y modestos actos en cementerios como el de La Almudena, o comidas de hermandad. El 10 de febrero de 1943, en el paraje de Krasny Bor (bosque rojo), al sur de San Petersburgo, una ofensiva soviética intentó romper el cerco que la Wehrmacht, con apoyo finlandés, sostenía desde hacía año y medio de la ciudad entonces llamada Leningrado. Artillería, tanques e infantería arrasaron inicialmente las posiciones defendidas por combatientes alemanes y españoles, que opusieron fiera resistencia. El ejército rojo no pudo profundizar en la brecha y tras varios días el frente se reestabilizó. Unos 1.100 soldados españoles murieron; 200 fueron capturados. Aquel día cayeron más de una quinta parte de los cinco mil muertos en combate de la llamada División Azul entre 1941 y 1944.

No fue un desastre comparable a la retirada del Don para los italianos. Franco aún mantendría a la división en el frente ruso hasta el otoño, cuando la repatrió por las presiones de los Aliados; dejó un remanente simbólico, la Legión Azul, para combatir hasta el final. No obstante, en marzo de 1944 también tuvo que retirarla. Los varios cientos de españoles que permanecieron luchando por el III Reich por idealismo falangista, anticomunismo o aventurerismo lo hicieron por su cuenta en unidades de la Wehrmacht y las Waffen-SS.

En 1941-45 no había nazis españoles. Sí muchos germanófilos, y no solo falangistas. Buena parte de los divisionarios eran falangistas convencidos, franquistas a secas que habían hecho la Guerra Civil, católicos y anticomunistas; también hubo voluntarios motivados por incentivos económicos o corporativos, o presionados para alistarse en los cuarteles. Admiraban casi todos a la Alemania nazi. Muchos no gustaban de los judíos en abstracto, pero no tuvieron inconveniente en flirtear con jóvenes judías y jugar con niños hebreos. Aunque no se vieron involucrados en el Holocausto, los divisionarios fueron testigos de las medidas de segregación en Polonia oriental, o de la existencia de guetos en Vilna y Riga. Algunos vieron cosas terribles.

Krasny Bor fue objeto de mitificación por parte de la publicística divisionaria de posguerra. Era un mito palingenésico: los que en Rusia están, que reposaban en tumbas sin nombre en la URSS, eran una permanente admonición a los supervivientes para perseverar en los ideales de juventud. Y un motivo para volver, cuando el comunismo se derrumbase. El recuerdo a las gestas de combate de la División Azul se mantuvo en la España franquista a través de algunos monumentos, actos religiosos, el callejero, la literatura y el cine, así como la actividad de las hermandades de veteranos, con ecos dentro de los cuarteles. Muchos oficiales exdivisionarios ascendieron en el escalafón y ocuparon puestos importantes en las Fuerzas Armadas durante la Transición; muchos veteranos ocuparon puestos relevantes en el Estado franquista, a distintos niveles. Desde fines de los sesenta, las hermandades mantuvieron vínculos con la extrema derecha, en sus diversas manifestaciones. Representaban a una minoría de los exdivisionarios, pero mantenían una presencia visible.

Durante el franquismo se elaboró además un relato benigno acerca de los combatientes españoles en el frente del este, que ha impregnado la cultura histórica más difundida, a derecha y también a izquierda, de forma capilar. Basta ver las películas Ispansi (2010) y Silencio en la nieve (2011) para apreciarlo. A diferencia de los alemanes, los españoles habrían sido en Rusia unos ocupantes benignos, ajenos a cualquier racismo; no habrían sido bien tratados por los alemanes, y habrían simpatizado con rusos, polacos y judíos. La caída del comunismo habría mostrado que la Rusia eterna, aquella que los españoles habían sabido apreciar, era más fuerte que el comunismo. Los divisionarios lucharían junto a Alemania, pero no por el nazismo.

Los que en Rusia están, muchos de cuyos restos han sido reinhumados desde 1995 en el cementerio militar alemán de Pankovka (Novgorod), con apoyo del Ministerio de Defensa —esos muertos sí fueron desenterrados—, fueron invocados como cada año en el cenotafio a la División Azul del cementerio madrileño de La Almudena. Pero esta vez no lo fueron solo por las decenas que congregan las asociaciones de veteranos, sus descendientes, los publicistas y aficionados más o menos pintorescos que suelen venerar su recuerdo.

Ante varias decenas de personas de todas las edades, desde neofalangistas de mediana edad hasta jóvenes de estética neonazi o skin, los caídos de Krasni Bor fueron evocados por un personaje peculiar, con un discurso viejo en odres nuevos. Una joven estudiante de Historia, parece, dirigente de una renacida Sección Femenina, cogía el micrófono con aire resuelto, después de que un representante de la Hermandad de Defensores de Oviedo, descendientes se supone de los que comandó en 1936 el anglófilo y monárquico coronel Aranda. Tradición y modernidad reaccionaria reunidas. Con camisa azul, retórica alucinógena y pose pizpireta —Pilar Primo de Rivera, la cara de la Sección Femenina durante décadas, se haría cruces si la viese— escupía en su discurso todos los lugares comunes que se podrían leer 80 años atrás en el órgano de las SS, Das Schwarze Korps. La conspiración judaica contra Europa, las SS como ejército europeo, la División Azul como parte de ello. Rezumaba un antisemitismo de proclama fascista de época, con sus tropos literarios (el judío, en singular, como epítome del financiero y oligarca mundial), un populismo pseudorrevolucionario que responsabilizaba a una conspiración sionista de todos los problemas del mundo pasados y presentes. Presentaba a los divisionarios como luchadores por Europa y recordaba a los irreductibles que lucharon en Berlín hasta el final. Incluso evocaba —algo leyó— un pasaje de las fantasiosas memorias del capitán de las SS Miguel Ezquerra, falangista oscense que comandó una pequeña unidad española en las ruinas de Berlín, en el que aquel afirmaba que Hitler se disponía a condecorarle en el búnker de la Cancillería, pero que se habría negado por ser español, mi Führer. Nada menos.

¿Un QAnon castizo? El discurso, inusual incluso en el falangismo radical de los años cuarenta, contradice a los propios exponentes de la memoria divisionaria, que llevan décadas intentando espantar el fantasma del antisemitismo y del nazismo de sus proclamas, sus memorias, sus publicaciones y sus libros de pseudohistoria. Tanto esfuerzo para esto. Hasta Vox sería un partido sionista y acomodaticio. Y a saber qué piensa esta nueva generación de Franco. Cría cuervos…

Probablemente solo sea una anécdota. Una Marie Kondo más, ahora en camisa azul, antes presa que sencilla, que busca seguidores en las redes sociales a base de proferir la barbaridad más gorda. Lo que fue tragedia repitiéndose como comedia. Pero también sugiere que algo falla en la transmisión de valores democráticos y de la historia reciente a través del sistema educativo. Mejor prevenir que curar. Por vía judicial, si procede; pero también cabe empezar por la base, por la enseñanza de lo que fue el Holocausto y el siglo XX europeo en los institutos. No es para frivolizar con ello.

Xosé M. Núñez Seixas es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidade de Santiago de Compostela. Ha publicado, entre otros títulos, Camarada invierno. Experiencia y memoria de la División Azul (1941-1945) (Crítica).

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