Celebrar que la democracia ganó

Las lecturas interesadas del golpe del 23-F chocan con la terquedad de los hechos

El teniente coronel Tejero irrumpe, pistola en mano, en el Congreso de los Diputados el 23 de febrero de 1981.
El teniente coronel Tejero irrumpe, pistola en mano, en el Congreso de los Diputados el 23 de febrero de 1981.MANUEL P. BARRIOPEDRO / EFE

El golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 fue el aviso más importante de que el proyecto que estaba entonces en marcha en España podía estropearse, pero la joven democracia logró detenerlo y demostró que había llegado para quedarse. A pesar de sus fragilidades, y en un contexto de severa crisis —el partido que gobernaba estaba descomponiéndose, la situación económica era mala, el terrorismo golpeaba con saña, la sociedad estaba desencantada—, las instituciones aguantaron la asonada y el jefe de Estado, cuando los poderes legislativo y ejecutivo estaban secuestrados en el Congreso por los guardias civiles de Tejero, actuó con decisión y sus iniciativas sirvieron para frenar la acometida. El rey Juan Carlos supo transmitir con determinación a la cúpula militar que su deber era defender la Constitución, favoreció la coordinación de distintos equipos que se organizaron de inmediato para conjurar la rebelión y se dirigió por televisión a los españoles para dejar claro que la democracia no iba a ser derrotada. Y no fue derrotada.

Se ha escrito mucho sobre lo que ocurrió el 23-F y la versión que defendió la extrema derecha para justificar su fracaso se ha visto reforzada por otros sectores, tanto desde la izquierda como desde ámbitos nacionalistas, que han encontrado en sus argumentos la suficiente metralla para desacreditar la democracia que en aquellas jornadas terminó definitivamente por asentarse. Los golpistas pretendieron desde que dieron sus primeros pasos transmitir la idea de que el Rey amparaba su iniciativa, para sumar de esa manera apoyos que pudieran resultar decisivos, y aun cuando la conducta del jefe de Estado desmintió drásticamente aquel falso señuelo ha quedado ahí como una artimaña que favorece las lecturas que tanto festejan algunos de una conspiración fallida. No hubo tal. Los historiadores más rigurosos así lo han acreditado al reconstruir aquellas horas de inmenso desasosiego: el rey Juan Carlos supo que su lugar estaba del lado de la Constitución y puso cuantos mecanismos estaban al alcance de su mano para garantizar su pervivencia.

Los nostálgicos del franquismo han encontrado en los críticos de la actual Monarquía parlamentaria una inquietante complicidad a la hora de reinventar lo que ocurrió hace hoy 40 años. Es muy tentador contarse el pasado en blanco y negro y utilizarlo en el presente para situarse del lado de los elegidos para una causa, sea la que sea. El actual descrédito de Juan Carlos I favorece una lectura emocional de aquellos dramáticos momentos que sirve para erosionar la actual democracia. Con sus numerosas imperfecciones es, sin embargo, la que ha garantizado durante estos últimos 40 años —además de mucho progreso— las libertades que permiten incluso que algunos la cuestionen hoy de manera tan radical.

Lamentablemente, varios partidos se ausentarán del acto conmemorativo. Cuesta entender las razones por las que se declina participar en el recuerdo de la victoria colectiva de los demócratas frente al golpismo brutal. Las críticas son, en una democracia, siempre bienvenidas. Por eso, precisamente, es importante celebrar que el golpe del 23-F fracasó. Y que ganó la Constitución.

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