Columna
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El craso error de las infantas es no conocer este país, donde el resentimiento mediático es considerado afán de justicia y se ha levantado la veda para cuanto suena a dañino contra la monarquía

La infanta Cristina, a la izquierda, y la infanta Elena, en una foto de archivo de 2008, en Madrid.
La infanta Cristina, a la izquierda, y la infanta Elena, en una foto de archivo de 2008, en Madrid.Daniel Ochoa de Olza (AP)

Fue en París, antes de la era Sarkozy. Un amigo periodista hacía cola pacientemente en una oficina de Correos para enviar un paquete. Llevaba bastante rato y estaba a punto de llegar cuando apareció Carla Bruni. Magnética, recorrió la fila hasta llegar al colega y musitó: “¿Me deja pasar? Tengo un poco de prisa”. Mi amigo es francés comme il faut, por tanto, galante (aún no existían los micromachismos): “¡Por favor, pase usted! Carla Bruni, ¿verdad? ¡Qué grata sorpresa! Conocerla así, en una cola de Correos...”. Ella sonrió brevemente. “No, ya ve que cola no hago”. Y pasó a la ventanilla. Eso sí fue saltarse la cola, no lo de las infantas vacunadas en Abu Dabi. Hombre, nuestras colas a veces son largas, pero no llegan hasta allí... ¿Qué de malo tiene aprovechar un viaje privado para inocularse, pagando de su bolsillo, en un país en el que la vacunación va más rápido que en España? ¿A quién se perjudica? Lo realmente perjudicial es que se “extravíen” miles de dosis sin que lleguemos a saber qué ha pasado con ellas. ¿Mal ejemplo? Será para quienes se sienten humillados ante las muestras de sensatez. Que pregunten a bastantes que están haciendo lo mismo sin salir en titulares... El craso error de las infantas es no conocer este país, donde el resentimiento mediático es considerado afán de justicia y se ha levantado la veda para cuanto suena a dañino contra la Monarquía. No sé si las infantas son modélicas, pero de que abundan los opinadores ignaros y los politicastros tóxicos no me cabe duda.

Si la gestión de lo público es mala, distraigamos a los damnificados señalando los vicios reales o inventados —para eso están los medios— de los particulares notorios. Y que Santiago cierre España...

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