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Pobre Ninette

La política es un teatro de pasiones

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, se lava las manos durante la presentación de la nueva zona de restauración del centro comercial  Intu Xanadú, en Arroyomolinos, Madrid (España).
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, se lava las manos durante la presentación de la nueva zona de restauración del centro comercial Intu Xanadú, en Arroyomolinos, Madrid (España).Alberto Ortega (Europa Press)

La política es un teatro de pasiones. Hace unas semanas, unos señores de Murcia, pertenecientes a Ciudadanos, planearon cambiar sus alianzas en el poder municipal y autonómico. Pero el movimiento se invirtió por la deserción de tres piezas del partido naranja que han desencadenado un dominó de bajas en la formación, hoy asediada por el PP en su intento de fundar una especie de ultracentroderecha que me temo que espantaría a Angela Merkel. El aleteo en Murcia invitó a la presidenta madrileña a convocar elecciones anticipadas, satisfecha con su popularidad ganada en la oposición al Gobierno central a falta de política local digna de mención. Su coalición con Ciudadanos rozaba la violencia doméstica. Ella y su vicepresidente se daban la espalda en las reuniones y si uno decía algo en los medios, el otro lo refutaba. Se contraprogramaban los actos y les faltaba tan solo envenenarse los cafés, si es que acaso no lo hicieron ya. El teatro de pasiones se transformó en una comedieta en las que las Ninettes son los ciudadanos vapuleados por las veleidades de esos señores ya sean de Murcia o de Madrid. Shakespeare con esto no podría hacer ni un sainete de cuarta, lo siento por los que en una ven a Lady Macbeth y en otros a Ricardo III.

Díaz Ayuso persigue la mayoría absoluta, pero los madrileños saben que esas mayorías solo han servido para robar. Si uno escucha las propuestas electorales pensaría que asistimos a una competición de los bares contra las UCI. Siempre atento, Pablo Iglesias decidió dejar la vicepresidencia segunda y competir en Madrid al grito de “no pasarán”. Desde el minuto inicial, el tono era un delirio. Entre Díaz Ayuso y él se produjo una especie de electrolisis, que es el fenómeno por el que una corriente eléctrica permite separar los diferentes elementos de un compuesto. Los madrileños fueron invocados a elegir entre el Ánodo y el Cátodo. Parecía que las elecciones estuvieran convocadas para julio de 1936. Hay que tener cuajo para pedir en 2021 que se vote con esa estremecedora dicotomía en la cabeza después de haber leído El holocausto español de Paul Preston. Supongo que así logran que los madrileños dejen de pensar en la precariedad de su asistencia primaria, en los poblados chabolistas, en la crisis de consumo, en las deficiencias educativas y en la red de cercanías.

Hoy día la memoria no es ni siquiera una hemeroteca, sino los tuits borrados. En esa realidad paralela, se ha sabido que Díaz Ayuso e Iglesias compartían cañas cuando salían de tertulia y eran tan solo aspirantes a youtuber. Ambos deberían mostrarse felices y agradecidos a un país que les ha permitido progresar tan adecuadamente. A cambio le deben algo a ese país, un esfuerzo por afianzarse en sus fines sin abrazar cualquier medio. Liberen a los madrileños de ese discurso frentista, absurdo e irresponsable que los caracteriza. Hay demasiados ingresados en los hospitales por covid como para meter aún más por pedradas, mordeduras y cascotazos. Los madrileños están llamados a votar el 4 de mayo de 2021, que es martes y ya puente festivo. Sería bueno que los candidatos trataran con sosiego e inteligencia los problemas que sacuden a su ciudad desde una perspectiva contemporánea. Hablen con la gente normal, asómense a sus conflictos y escuchen. Porque entre el teatro de las pasiones y los títeres de cachiporra hay una distancia notable.

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