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Políticos ludópatas

Si queremos que la política deje de ser un casino, quitemos los dados a quienes nos gobiernan

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, conversa con la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, y el alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida el pasado 12 de octubre.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, conversa con la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, y el alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida el pasado 12 de octubre.Kiko Huesca (EFE)
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¿Qué gobiernos de nuestro país lo están haciendo mejor? Con la excepción de las personas más ideologizadas, creo que la mayoría coincidiríamos en que las administraciones que están gestionando la pandemia de forma más razonable son las más pequeñas y silenciosas: los ayuntamientos y las autonomías con menor peso político. Estén gobernadas por la izquierda o la derecha, han buscado soluciones originales a la crisis; por ejemplo, activando la capilaridad de sus servicios sociales ante los retrasos en la llegada de las ayudas de instancias superiores.

Su gran virtud es su escaso pedigrí. Sus dirigentes políticos no se pasan las mañanas en los platós de televisión descalificando a sus adversarios y las tardes pergeñando crisis de gobierno. Porque, ya sea por ley o costumbre, la clase política de estas administraciones no puede tirar los dados a mitad de la legislatura. No pueden convocar elecciones anticipadas con la calculadora de las encuestas en la mano. Y, como no controlan el tiempo que les queda en el cargo, se tienen que dedicar a gobernar.

En el extremo opuesto tenemos a la santísima trinidad de las administraciones —el Gobierno central, la CAM y la Generalitat— junto a un creciente grupo de autonomías con ínfulas de grandeza. Su élite política, en el Gobierno y la oposición, invierte esfuerzos ingentes en manipular los tiempos políticos, retrasando investiduras, acelerando mociones de censura, precipitando elecciones y arrastrando al país a una permanente campaña electoral. Más pendientes de la partida de póquer con sus rivales que de los problemas de sus ciudadanos, no son tan gobernantes como ludópatas de la política.

Por suerte, hay cura para esta adicción: la abstinencia electoral. Como en otras democracias, podríamos obligar a que todas las elecciones —generales, autonómicas y locales— se celebraran el mismo día (por ejemplo, el primer domingo de mayo) cada cuatro años. Desprovistos del botón nuclear, nuestros presidentes deberían centrarse en gestionar la cotidianidad con los socios que tuvieran a mano, les gustaran más o menos. Obviamente, en circunstancias excepcionales podría haber elecciones en medio de la legislatura, pero entonces sus convocantes pagarían el alto precio de interrumpir los cuatro años de paz. Si queremos que la política deje de ser un casino, quitemos los dados a los políticos. @VictorLapuente

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